Bigotón, Bigotón. No dejo de
pensar en ti. El parche encima de tu boca, el sombrero negro, las camisas
claras, tu sentido del humor e incluso esa voz que adquiere tintes ácidos
cuando decides hacer un reclamo.
¿Qué pasará en tu sangre? ¿Por
qué dices cosas sin sentido? Tú, tan acostumbrado a caminar de un lado a otro,
de vigilar tus trabajadores, de saber en qué lugar de Colombia están tus
camiones y ver, ahorita, que no puedes dejar de hablar de ello. Tú en una cama inmóvil
y tu familia llorando, llorando.
-Niña, llévese ese mercadito-,
le dice a la enfermera cuando entra a su cuarto.
Ves perros en un zarzo, pides
que vendan unos bultos que sólo caben en tu imaginación. ¿Qué será? ¿Arena,
cemento? Ay Bigotón, cuánto me cuesta escribir esto. No entiendo cómo tu piel
ya no es tu piel. Me pregunto cuándo tu cuerpo empezó a evaporarse. Cómo esa
piel curtida y trabajadora se ha llenado de burbujas y luego, sin más ni más,
explotan y dejan a la luz ese rojo ardiente de tu carne.
¡Bigotón! ¡Explícame Bigotón!
Dime qué será, ¿por qué otra vez? ¿Por qué otro hospital? ¿Por qué otra enfermedad?
Ya no es el corazón. Es la suma de un montón de excusas de la vida para llevarte
a esa cama límpida.
Dicen que un riñón está en
época de retiro. Una sonda va de tu vejiga a una bolsa. Quisieras ir al baño a
orinar, pero no sientes ese líquido amarillo que baja al suelo.
-Mija, ¡no siento nada!-, decías
desesperado hace un par de días.
Las burbujas han explotado poco
a poco. En tu pierna derecha hay un cráter con lava ardiente a punto de bullir
nuevamente. Esa cara tan redonda está más inflada que un buñuelo. Dicen los
médicos que ya pasó lo peor, porque ese virus no se quedó adentro, sino que se
expresó como la lava de un volcán y, de paso, ha arrasado con tus vellos, con
esa piel quemada por el sol.
También, el médico contó que tu
piel se va a evaporar y que este es el comienzo. ¡Aguanta, Bigotón! Mira cómo
nos tienes, mira cómo la sensación de verte también nos está evaporando. Estas
lágrimas que deshidratan nuestros corazones no son más que por ti. ¿Cómo puede
ser la vida sin ti? Así nunca vaya a saludarte, te veo todos los días por unos
segundos mientras caminas. No, Bigotón, no puede ser así.
No hay nadie más terco que tu.
Y no es soberbia que te lo diga o rabia. ¡Cómo sentir rabia por ti! Siento
impotencia con esa piel, como un bosque que desaparece ante el incendio, ante
las motosierras.
Explícame, Bigotón. Respóndeme por
qué es este castigo. Hablas con euforia, con ese don de mando, con bultos y
animales imaginarios, con personas que no están. Acaso, vida, ¿es esa tu acción
decente para llevar a la muerte a alguien?
El Bigotón llora como un niño,
desvaría. Ahí, en ese cuarto, hay lágrimas que crearon un embalse. Aguas
estancadas que se alimentan por más dolor que mana. Tanta tristeza nos da verte
ahí, Bigotón.
Después de muchas semanas he
vuelto a escribir. Este no es el ejercicio literario que debía redactar. Esta
es una voz que quiere desahogarse. Una ronca voz que se llena de preguntas y
que trata de averiguar dónde está el Dios misericordioso en el que tanto crees.
¿Dónde está? Nunca está, nunca lo veo, nunca lo siento. ¿Por qué tanto
sufrimiento? ¡Dios misericordioso, ¿una vez más te escondiste?!
Bigotón, explícame, por favor.
Hace un tiempo te dieron por muerto. No sabemos cómo te repusiste, cómo
volviste a tu casa. Hoy, con estos días tan lentos, con un sol abrasante, el
corazón se nos quema poco a poco. Se deshidrata, se lastima, se encoge.
Quisiera pensar que es una
batalla más, Bigotón. Pero esta vez no lo sé, no estoy tan seguro. Tampoco
imagino todo esto sin ti. Ni tu negocio, ni tus propiedades, ni tu familia.
Nada, ¡cómo pensarlo! Si cada centímetro, cada adobe, cada casa, cada carro,
cada papa que sale de tu finca, todo, todo eso se dio por ti, por esa
terquedad, por ese empeño.
¡Como nos defrauda esa piel y
esa sangre obsesiva y ambiciosa! Bigotón, explícame de una vez
por todas si esta es una batalla más. No soporto verte así. Bofetea a ese “Dios
misericordioso”. Hazlo, por favor. Regresa tu vida, recupera esa piel hiriente,
devuélvenos esas lágrimas, no nos hagas sufrir más. Bigotón, por favor.
