jueves, 16 de agosto de 2012

MALDITO ISMAEL



¡Qué decir! Me preocupa que Ismael no avance más y se detenga en contar cosas que no me importan. Necesito que me trague de una buena vez ese cachalote, que emerja de la profundidad con su cabeza gigante y me devore, sin esperar el momento en el que el maldito Ismael lleve la historia hasta allá y aparezca el cetáceo y lo engulla. Quiero que ese maldito pez lo haga conmigo y no con él, que me lleve a los confines de su búnker y me presente el acuario que tiene en su interior: atunes, pulpos, calamares, sardinas.

Maldito Ismael, empiezo a odiarte. Me urge que el capitán Ahag lleve esta maldita nave hasta el confín, en donde lo único que nos rodee sea ese monstruo azul. Y que llueva y llueva y truene y esos rayos fugaces iluminen la lluvia y esas aguas hoscas sobre las que flotamos. Y así, tan feroz, que salte de las aguas este cachalote. Y sin necesidad de que Quiqueg le lance el arpón para cazarlo, saltaré entre la oscuridad para que el cetáceo me lleve a otro mundo, uno desconocido, imaginario, lúgubre, estrecho. Pero, igual, otro mundo, otra realidad. 

lunes, 13 de agosto de 2012

EL MILAGRO DEL CURA


Esa tarde de septiembre, cuando fue a reclamar unos documentos al pueblo, al noreste de la capital, Eduardo encontró extraños a los pájaros de fuego, revoloteando a cada paso que daba. A medida que llegaba la noche y las persianas de las nubes empezaron a cerrarse y la luz del sol se difuminó entre las montañas, entendió que lo mejor era emprender camino hacia la ladrillera.

Abordó un taxi imaginando lo que iba a sucederle. Mientras avanzaba hasta la casa, observaba por el espejo retrovisor un vehículo que lo seguía.

-Estos hijueputas ya vienen por mí- suspiró, y se guardó las palabras para no alertar al taxista.

En el camino, pensaba en su hermana Lucrecia y en su cuñado  José Luis, desaparecidos dos semanas atrás, en agosto de 1996. Sabía que algunas personas querían que abandonara la alfarera, porque los terrenos donde se asentaba eran ricos en una arcilla que haría más próspera a la familia.

Cuando llegó a la ladrillera, bajó corriendo del taxi y fue a buscar a su papá, don Facundo, antes de que los pájaros de fuego lo mataran. El viejo estaba distraído, acompañado de Bam Bam, un perro pitbull.

-¡Padre, padre, tenga los papeles! ¡Ya me llevó el hijueputa, me van a matar, ya vienen por mí!

Quince hombres se acercaron apuntando con sus fusiles y don Facundo se lanzó al suelo y se aferró llorando de los pantalones de su hijo.

-¡No me vas a matar el perro, hijueputa, no me lo vas a matar!-, le dijo Eduardo a Carlos, un negro fornido de mirada oscura.

Bam Bam mostraba sus dientes a Carlos, y Eduardo y don Facundo veían 15 monstruos vestidos de camuflado dirigiendo sus fusiles hacia ellos.

-Venga, que lo necesitamos es a usted-, gritó Carlos, exasperado ante los ladridos del perro.

Pam, pam, pam, se escucharon los tiros que dejaron moribundo a Bam Bam. Los pájaros de fuego se dispersaron entre las tierras de la ladrillera a reunir los 30 trabajadores que estaban terminando su jornada.

Dos hombres agarraron a Eduardo, lo llevaron hasta su oficina y cerraron las puertas. Era un cuarto amplio de paredes blancas con dos escritorios y varias sillas en su interior. Desde allí se podía observar todo lo que sucedía afuera, desde la entrada de la ladrillera hasta los arrumes de ladrillos. Miró por las ventanas y encontró a su papá sentado en un butaco agarrando la cabeza con sus manos, previendo que su hijo correría la misma suerte que Lucrecia, su hija mayor.

-¿Dónde están las armas?-, preguntó Carlos, con voz firme.

-¿Cuáles armas?-, respondió Eduardo con un tono de resignación.

-Sabemos que aquí hay armas, las informaciones son muy precisas-, resopló.

Eduardo recordó que en los últimos meses la policía, el ejército y los pájaros de fuego visitaban constantemente la ladrillera. Se repartían en el territorio y hacían sus ejercicios de polígono. Unos días llegaban unos, luego los otros y así. Pam, pam, pum, se escuchaba el eco de los disparos a la distancia.

Un ganadero, propietario de un medio de comunicación de la capital había invitado a comer meses atrás a Lucrecia, a don Facundo y su esposa, doña María, a la hacienda La Gitana, en el pueblo de Oropel. Allí, les propuso que lo dejaran entrar al negocio. En esa finca, Lucrecia dejó retumbando en el aire una respuesta que a Eduardo y don Facundo les rondaba en la cabeza desde dos semanas atrás: “A mí no me gustan las sociedades ni con la almohada”, respondió ella.

-Venga, yo les ayudo a buscar las armas-, respondió Eduardo, recobrando la razón.

Afuera de la oficina había un movimiento de personas, y poco a poco fueron filando los empleados frente a la oficina. Entre las bodegas encontraron a un niño de 10 años mezclado con los trabajadores. Era el hijo de Eduardo. Al ver encerrado a su papá, rompió en llanto y se sentó a un lado de don Facundo. El viejo le pidió que se callara y la noche guardó silencio ante el diálogo de Carlos y Eduardo.

-Es que las informaciones son muy precisas-, volvió a increpar el jefe.

-Si ustedes saben que aquí hay armas, venga yo voy y les ayudo a buscarlas. Lo único que sé es que mi trabajo es esto aquí y bregar con los trabajadores.

-¡Allá viene un carro!-, interrumpió alarmado con un grito uno de los hombres.

Carlos guardó silencio y los pájaros se repartieron rápidamente entre la ladrillera, esperando el vehículo que dejaba un rugido flotando entre el frío de la noche.

-¡Ojo, que allá viene la mujer mía!-, respondió Eduardo, dirigiendo su mirada hacia la entrada de la ladrillera.

Mientras tanto don Facundo tenía en sus manos un devocionario católico. Abrió en una página cualquiera y se encontró con el Salmo 141 y empezó a rezar, seguro de que en esas palabras estaba la salvación de su hijo: ‘Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda/ escucha mi voz cuando te llamo/ que mi oración suba hasta ti como el incienso/y mis manos en alto, como la ofrenda de la tarde/ Coloca, Señor, un guardián en mi boca/ y un centinela a la puerta de mis labios’.

Los hombres se acercaron a un taxi vetusto con la piel amarilla descascarada. Con sus fusiles apuntaron al vehículo y le preguntaron el nombre a la mujer que iba a bordo. Era Graciela, de 32 años y piel trigueña. Los pájaros de fuego le dieron la orden de que se bajara y que caminara hasta la oficina. Eduardo guardó silencio y la siguió con la mirada. Ella, al cruzar frente a uno de los ventanales, le lanzó una mirada de resignación y de sus ojos brotaron un par de lágrimas.
Carlos volvió a dirigir su mirada hacia Eduardo, recorriéndolo de arriba abajo una y otra vez. Estaba pensativo y fruncía el seño, sin saber si lo mataba o lo dejaba vivir.

-Y entonces, ¿qué vamos a hacer con este hombre, pues? ¿Qué hacemos con usted?- afirmó sereno Carlos.

En la oficina, los pájaros de fuego señalaban con sus miradas a Eduardo, sentado en su escritorio, como disminuido ante la presencia de los hombres que estaban de pie; afuera don Facundo, rodeado por su nieto y Graciela, dirigía su cabeza hacia el salmo, mientras sus oídos estaban en el diálogo de la oficina.

Eduardo guardó silencio, sin saber qué responder a esa pregunta fulminante. ‘¿Qué hacemos con usted?’, rebotó un par de veces en su mente. Sin tiempo para responder, sonó el teléfono. Turrurrurururunnn.

Asombrados, dirigieron la mirada hacia el aparato y luego se volvieron hacia Eduardo, confiados que la llamada era la prueba que necesitaban.

-A ver, a la orden-, contestó Carlos. Rápidamente, miró confundido a Eduardo y le preguntó:- ¿Usted es cura?

-Sí señor, yo soy cura.

Carlos le entregó la bocina, caminó hacia otro extremo de la oficina y puso un oído sobre un teléfono para seguir la conversación.

-Aló, a la orden-, dijo Eduardo.

-Habla el padre Jesús Hernández, ¿cómo está?

-Muy bien padre, cuénteme.

-Padre, yo sí me acuerdo que recogí hace ocho días a su papá en Chirodó y me lo traje, pero no encuentro los papeles que usted me dijo ayer que él dejó.

La oficina guardaba silencio y Carlos miraba con recelo a Eduardo.

-Padre, -continuó Jesús Hernández-, ¿si se acuerda que necesito unos ladrillitos para la parroquia?

-Claro padre, bien pueda. A la hora que quiera viene que aquí están sus ladrillitos.

-Bueno mijo, mi Dios les pague

-Hasta luego padre-, se despidió Eduardo y colgó el teléfono. Se quedó en su lugar sin saber qué decir, mientras Carlos caminaba hacia él, moviendo sus ojos de arriba abajo, sin tomar una decisión.

-¿Es que usted es cura?-, volvió a preguntar Carlos con duda.

-Sí, señor, yo soy el cura,- afirmó Eduardo.

Carlos agarró un teléfono satelital e hizo una llamada. Lo único que se le escuchó fue cuando levantó la voz.

-¡Hombre!, el hombre que usted dice que está aquí, ese no es. El que está aquí no coincide con lo que usted me está diciendo, aquí está es otro, ¡es un cura!

Eduardo aguardó sentado en el escritorio y Carlos volvió a caminar hacia él. Lo miró unos segundos, tratando de hallar una respuesta y levantó la voz dirigiéndose a sus hombres.

-¡Nos vamos!

-Y, ¿qué van a hacer conmigo?- respondió inmediatamente Eduardo, preocupado.

-No, no, no, quédense tranquilos, nosotros vamos a estar pendientes de ustedes, pero nos tienen que entregar todo.

Todos salieron de la oficina y don Facundo se acercó a Carlos.

-¿Qué es todo?

Carlos se quedó en silencio, dio la vuelta y se fue con sus hombres. Eduardo y don Facundo entendieron que lo mejor era marcharse lo más pronto posible de la ladrillera.

Los empleados se esfumaron temerosos entre la bruma de la noche y Eduardo abrazó a su esposa, a su hijo y a su papá. Guardaron silencio y se volvieron ante el cuerpo de Bam Bam, vuelto un harapo ante los tiros de fusil.

-Como quería al perrito. Pero por lo menos fue él y no yo- dijo desconsolado Eduardo.

Don Facundo afirmó con la cabeza y le dijo:

-Mijo, donde a este se le zafe la pistola y diga que se llama Eduardo Tuberquia y le dicen el cura, no era más.

sábado, 4 de agosto de 2012

GRACIAS BIGOTÓN, GRACIAS


Cuando tomo un álbum de fotografías vienen a la mente un montón de historias y esas vacaciones en el mar. Aún recuerdo sus olas violentas golpeando la playa, el agua salada ardía y un río helado desembocaba a pocos metros de donde estabas.

Bajo una carpa tomabas cervezas, como nunca te había visto, y destapabas el dorso ante la brisa que soplaba en esa tarde soleada. Agarrabas de la mano a una mujer diminuta y la llevabas caminando hasta el río y se bañaban allí, porque las aguas del mar eran demasiado furiosas como para dedicarse a lidiar con ellas.

En esas vacaciones, no te desprendías de lo que siempre creímos era un apéndice de tu cuerpo. En la sombra se notaba una pequeña sombrilla sobre tu cabeza redonda. Siendo niño, creía que habías nacido con sombrero. También estaba convencido que el pequeño parche de vellos bajo la nariz había estado ahí por siempre. ¡Qué ingenuidad!

Antes de nacer, cada uno de nosotros ya tenía un nombre predeterminado. Éramos, para todo el pueblo, los pandequesos. En Guarne, nos acostumbramos a escuchar hablar del abuelo como ‘el pandequeso’ o ‘Don Jesús’, y nosotros, tus nietos, te decíamos ‘papito’, como si desconociéramos tu nombre.

Cuando eras pobre y vivías con tus primeros hijos en el Alto de la Virgen, tus días se debatían entre la estrechez de dos cuartos, la tierra y los pandequesos que vendía tu familia. ¡Allá nació el pandequeso y así empezaste a progresar! ¡¿Cómo lo ves, Bigotón?!

Ojeo y te encuentro aún con el cabello negro peinado hacia atrás. La nariz gruesa y los cachetes, como siempre los recuerdo, eran dos montículos de carne que provocaban agarrarlos y sacudirlos de un lado a otro.

Ya vivías en el pueblo, y al pequeño depósito de materiales que decidiste crear, le habías dado el nombre del barrio: San Vicente. Oíste Bigotón, hace tanto tiempo que pasó eso que las calles estaban llenas de polvo y piedras. En la imagen cargas una niña, y un camión te da sombra. ¡Qué digo camión, es una escalera!

Claro que no me olvido Bigotón. ¿Cuántos paseos nos dimos en esa chivita colorida? Muy temprano te dio por vender el carro y nosotros, aún tan pequeños, nos lamentábamos de tan grande pérdida.

Y luego vino un carro tras otro. Me quedo observando la misma fotografía y me acuerdo cuando nos llevaste a Río Claro. Cuando nos bañábamos, una de las tías decía que ese río de claro no tenía nada. Recogía agua entre las palmas de sus manos y decía: ¡Qué agua tan sucia!
En la sombra de los árboles nos recogíamos y la comida que preparó la abuela y las tías en casa, eran el banquete del mediodía. ¡Qué paseos, Bigotón! Hubo otros que no recuerdo, seguramente los viví nadando al interior de mi mamá cuando acababa de casarse y yo me balanceaba de un lado a otro dando brinquitos en la chivita.

Desde que tengo memoria eras un hombre redondo. Abro bien los ojos para percatarme de lo que veo y encuentro una fotografía a blanco y negro. Mi abuela vestida de negro y tú de camisa blanca. Tu mano izquierda la rodea y no veo el montículo de la barriga. Eras un joven longilíneo con una primera versión del bozo de pelos negros que no conocí.

En la siguiente página hay una volqueta de color rojo. Sobre ella, nos tomábamos todas las fotografías el día de los brujitos. Jaime, Ferley, Óscar, el mono y yo estábamos disfrazados. Sobre mi pecho había una ese y en mi espalda una capa roja. En cada ocasión, nos acostumbramos a reunirnos en tu casa, Bigotón. Una fecha especial o una cosecha de fríjol para desenvainar eran motivo para reunirnos y hablar, y hablar.

Así nos juntamos cuando iban a llegar las religiosas Sorana y Sorgabriela, como nos acostumbramos a llamarlas, sin saber que Ana y Gabriela eran sus nombres. Arribaban al aeropuerto de Rionegro y tus carros se llenaban de pequeños y grandes para ir a recibirlas. A los mayores les emocionaba ver a sus tías después de cuatro años y a nosotros, los niños, nos encantaban los regalos que ellas traían consigo. ¡Qué cosas, Bigotón!

Como no era de extrañar, siempre ese carro de largas bancas laterales, que hoy es una pequeña volqueta, se varaba en el lugar menos apropiado. Te bajabas del carro apenado con las monjas y llamabas a los hombres para empujarlo, a ver si a ese pedazo de chatarra rojo le daba la gana de prender. No lo niego, así de niño, eso era parte del paseo.

A tus hijos les enseñaste a trabajar en casa. El depósito que en un inicio fue una pequeña calle, con los años era la mitad de la cuadra. Los hombres manejaban los carros, hacían de mecánicos o administraban el negocio. Las mujeres ayudaban en la cocina y la abuela les enseñaba a preparar las comilonas que siempre nos encantaban.

Creo que todos soñábamos con manejar algunos de tus carros. Yo, por mi parte, no me olvido de mis juegos  en una de las jaulitas. Me escondía allí y movía la palanca de un lado a otro, mientras con mis labios zumbando me hacía creer que el motor estaba encendido. No lo volví a hacer, desde que presioné uno de los pedales y, ¡oh sorpresa!, ese armatoste empezó a 
rodar y yo a gritar. Fueron pocos segundos, hasta que lo choqué contra un poste. 

Fuimos creciendo y los nietos ya trabajaban en el depósito. A los doce años también me aventuré. Cargar un bloque era una tortura y zarandear un bulto de cemento toda una hazaña. Allí nos hicimos fuertes o, como tal vez pensabas, nos hicimos hombres. “Si carga un bulto de cemento, ya es capaz con una mujer”, decían.

Me detengo y cierro el álbum, y agarro un sombrero negro que flota sobre la cama. Mientras lo acaricio, me pregunto cómo sigue el aire soplando y el sol alumbrando si ya no te encuentras caminando de arriba abajo recorriendo lo que construiste. El viento hace eco de tus recuerdos y de entre mis labios florece un silbido, de esos que hacías. ‘Cepillo’ le decías a uno de tus trabajadores. Cuando no quisiste seguir pronunciando su nombre, recurriste a la creatividad de tu boca para emitir una melodía que convertía el ‘Cepillo’ en música. Y nunca dejaste de silbar de esa forma. Si un trabajador escuchaba ese sonido, sabía que debía ir donde vos, Bigotón, o, para evitarse esfuerzos, se escondía entre la madera o los bultos de cemento. Pero, ¡más le valía que no lo encontraras!

Cuando te marchaste, Bigotón, dejaste un vacío que aún intento definir. A cada instante te recuerdo y me pregunto si lo que esperabas era que esas disputas en tu familia se acabaran. Mientras me ajusto tu sombrero negro en mi cabeza y camino hacia el espejo, un silencio recorre estas paredes. Eso me hace pensar que, mientras nos acompañaste, hiciste mucho más por tu familia de lo que debías. Aunque en las noches, algunas lágrimas rueden en silencio por este recuerdo que no se apaga, solo me queda por decirte gracias Bigotón, gracias.