domingo, 21 de junio de 2015

Rubén

El único nombre real de esta historia es el de Rubén. Al final de la tarde abandona un motel en el Sur de Medellín. Silente camina hasta el taxi que había pedido minutos antes, se sienta en la silla delantera y mira por la ventanilla una mujer que avanza a pocos metros. Abre la puerta y se sienta atrás.

Rubén no habla, la mujer no habla. El taxista habla para sí, revisando con sus ojos escrutadores el rostro de ella. ¿Será un mal polvo que se sentaron separados? Se pregunta. Si hace unos minutos debían estar besándose, qué habrá pasado para que ahora estén alejados, en silencio y cruzando la ciudad con tanto afán.

Rubén no habla, el taxista habla para sí y la mujer se anima a decir algo cuando se ve cerca de su casa.

-Ay, Rubén, mirá esa fiesta- lo dice señalando la casa de donde nace la música.

Al ver el taxi, un hombre sale de la casa con un ramo de flores inmenso, su cara a todo sol, la música a todo dar. La mira, su sonrisa tierna, su aire resplandeciente.

-Mi amor, ¡feliz cumpleaños!- le dice y luego la besa y la lleva consigo, la aprieta, le acaricia la espalda. Rubén no habla, el taxista habla para sí.

-Rubén –dice el esposo- gracias por traer mi mujer a la casa.

-Con gusto- responde corto, resbalando una sonrisa que apenas le nace.

-¡Mami, mami!- salen dos hijos de la casa, apurados, emocionados- ¡Feliz cumpleaños, mami!
La abrazan, la besan.

-Gracias Rubén por traerme a la casa- le dice ella dándose la vuelta, hacia la fiesta, el cumpleaños.
Rubén le pide al taxista que reanude la marcha, y ya incómodo atina decir algo.

-Soy un hijueputa.

-Con todo el respeto que usted se merece señor, es un doble hijueputa.

sábado, 16 de mayo de 2015

Hasta que la vida alcance


Yo no sé de caminos. Yo no sé de botas. Yo no sé del sufrimiento. Yo no sé no sé no sé. Yo no sé de esta tierra: desconozco sus tragedias de la huida, apenas sé de por qué han regresado. Me digo que son valientes cuando sé cómo se asentaron en estas montañas. 

Yo me muevo en buses y escaleras, camino de tenis y escribo del desarraigo sin haberlo vivirlo. Sé tan poco de este universo, de esta región, que es mejor decir no saber nada a creer que con un par de historias contadas ya se conoce todo de sus valles, embalses y bosques.

Me lo repito mientras surco una carretera polvorienta de camino a casa. De la montaña que me alejo apenas es perceptible un punto blanco. Atrás de ella, azul de lo lejos, se levanta el páramo de Sonsón. Y lo único que alcanzo a hacer es leer con los ojos la historia del que conduce, el canto de los sinsontes, el golpe raudo del carpintero, la autopista chiquitica que se enrosca a lo lejos, el gran río apenas perceptible abajo del cielo.

De lo único que sé, entonces, es de amor. Lo sé por mi cara hecha luz.  Me enamoro de nuevo al ver los valles y las montañas arrumadas, las caídas de agua, las caderas que hipnotizan. Entre el dolor de las palabras que quieren alas, acompaño en el llanto y seco lágrimas que también derramo; me embarro en los caminos y me baño en sus aguas. Yo me enamoro cuando la recorro y me siento más feliz que en la casa en la que duermo. Nunca podría escribir tan lindo como Elena Poniatowska, pero cuando leo su declaración sublime a la plaza El Zócalo de Ciudad de México, es como si se tratara de mi tierra, la de mis amaneceres:


"Amo esta plaza, es mía, es más mía que mi casa, me importa más que mi casa, preferiría perder mi casa. Quisiera bañarla toda entera a grandes cubetadas de agua y escobazos, restregarla con una escobilla y jabón, sacarle espuma, como a un patio viejo, hincharme sobre sus baldosas a puro talle y talle, y cantarle a voz en cuello, como Jorge Negrete, cuando lo oía en la radio gritar casi:
México lindo y querido
Si muero lejos de ti
Que digan que estoy dormido
Y que me traigan aquí."


Es amor, me aseguro. Lo haría todo, si pudiera. Devolvería los campesinos a sus tierras, retorcería el cañón de los fusiles, rellenaría las balas con tierra, no permitiría inundar con agua y cadáveres nuestros valles, dejaría los ríos correr en la dirección que prefieran sus ojos, no habría rojo ni azul, y todos seríamos verde, verde como el bosque, verde como el páramo, verde de todos los verdes, verdes tan distintos para que estemos todos juntos.

Mi amor profundo será navegar sobre tus venas, de una en una, y bajar hasta tu madre inmensa y lastimada; será recorrerte hasta que mis pies no aguanten; será escribirte hasta que mis manos pierdan la imaginación. 

Navegar, recorrer y escribir hasta que la vida alcance. 

lunes, 23 de marzo de 2015

Digo que lo intento


Digo que intento montar en bicicleta para no abochornarme. Que aquello de pedalear es probarse a sufrir, a resistir, a no parar hasta que encuentre la cima. Digo que intento escribir para no abochornarme, porque el solo hecho de sumar verbos e intentar dejar una historia es un intento, una suma de intentos.

Escribo esto días después de leer De qué hablo cuando hablo de correr, del japonés Haruki Murakami. Ni los premios, ni los ejemplares vendidos le sirven para medir la calidad de su obra. “Lo más importante –dice- es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado, y frente a eso no hay excusas”. Ante los demás es posible engañarse, señala, pero no ante uno mismo. En ese sentido es que compara su oficio de novelista con el corredor de maratón: correr y trazarse metas es una metáfora que le ha sido útil a la hora de escribir.

Murakami corre, otros montan bicicleta. En ese ejercicio solitario pedalear es negarse a pensar. Es salir a observar, a probar los sentidos: el viento, el canto de las aves, la pendiente de la montaña, la carretera serpenteante, el sol candente, la sed acechante.

Pero hablemos de escribir. Y de correr.

Tres atributos requiere un escritor, dice Murakami: el talento, la cualidad indispensable del que escribe; la capacidad de concentración, de juntar el talento y verterlo en un momento preciso; y la constancia. Las dos últimas se pueden adquirir, pero carecer de la primera es una verdadera prueba a contracorriente.

En ese caso pienso en los que tenemos poco talento, aquellos con la llama expuesta al soplo del viento. “Los escritores que no están dotados de tanto talento (o que no tienen más remedio que ir tirando con el justito que poseen) tienen que ir ganando fuerza muscular desde jóvenes”, advierte Murakami. Como los otros atributos se ganan con constancia, mientras se cava a pico y pala, como él dice, “a costa de mucho empeño y sudores, un agujero a sus pies, se topan por casualidad con esa veta de agua secreta que yacía dormida en lo más profundo del subsuelo”.

A lo mejor sería suerte encontrar el estilo, la forma, el sello personal, pero su posibilidad depende de la disciplina, de intentarlo todo el tiempo.

Si de correr se trata (o de montar en bicicleta), hacerlo constantemente ayuda a ganar consistencia, fuerza y a limar las limitaciones, reducirlas, empequeñecerlas. Asimismo sería escribiendo. No hay otro remedio que ganar constancia y capacidad de concentración hasta que de tanto picar y palear se halle la fuente. Por eso digo que lo intento, que intento montar en bicicleta, que intento escribir, porque adentro en la mina la oscuridad a veces tiene ojos de eternidad.

lunes, 2 de febrero de 2015

Me caso con mi abuela

Escuchando una canción de Guillermo Buitrago recordé la noche en la que pedí a mi abuela que nos casáramos. Ella, sentada en la sala de la casa al lado de mi cuñado, mi hermana y mi mamá, asintió cuando le pregunté si aceptaba casarse conmigo. Dejando que las emociones circularan más rápido que la razón corrí en busca de un anillo. Cómo le había pedido matrimonio sin anillo, me preguntaba. Hurgué en un closet y de allí extraje uno que fue dorado y ahora negro y que al final lo corana una piedra azul muy muy oscura. Caminé de nuevo hacia ella entre la risa de los demás. Me arrodillé, la miré a los ojos y le dije.

-Mamita, ¿aceptas casarte conmigo?

Me miró y estiró su mano izquierda. Medí el anillo en el anular y sus dedos hinchados no permitían resolver la urgencia. Así que intenté en el meñique, entró y luego le besé sus manos. Entonces la algarabía, la risa, la complicidad con la que disfrutábamos esta historia aun sabiendo que al día siguiente no la recordaría. 

-Voy a llamar a mi papá para que nos dé la bendición- le dije.

-Llámelo, mijito.

Lo saludé eufórico, anunciándole que nos íbamos a casar y queríamos su bendición. Padre, hijo, espíritu santo, amén, dijo. Salté en una sola pierna durante varios segundos.

-Mamita, yo que creí que nunca me iba a casar, que ninguna mujer me iba a parar bolas.

Y entonces rio, muy feliz, sumergida en la historia que se gestaba.

-Vamos a tener dos hijos: un niño y una niña, la parejita- advertí. 

Miró a mi mamá y al encontrarse en sus ojos volvió a reír. 

Al día siguiente el hermano de mi abuelo fallecido le preguntó si aceptaba casarse con él. De pronto ella recordó una historia olvidada en la mañana y le advirtió que ya se había comprometido con un muchacho. Él le reclamó, que cómo lo cambiaba por un sardino. 

En otro momento le dije que la quería mucho. 

-Pero yo a usted solo lo puedo querer como amigos.

Y claro, le dije, entre una abuela y su nieto solo puede haber un amor de esos transparentes, de abrazos y besos en la mejilla.

-Entonces yo también lo quiero mucho.

lunes, 19 de enero de 2015

Yo te miro abuela

Yo te miro abuela. Sentada en el patio bajo la sombra del aguacate te empequeñeces, tantito a tantito, como si estuvieras yéndote, dejándonos, ocupando cada vez menos espacio en la tierra, en mis días. 

Hace un tiempo –muchos años ya- tus omoplatos eran como alas, tu sonrisa a grandes dientes, tus manos callosas rozaban mis mejillas. Un ángel, me decía, mi abuela nunca se enoja, siempre me quiere, nunca me rechaza, me da un beso y me sabe a chocolate. Dulcecita.

Te atisbo con tu peinilla negra intentando dominar los cabellos. Te veo como una cebra, unas partes blancas, otras negras. Desnudos tus cabellos. Caminas con un paso lento, sin afán, acompañada, sostenida por las manos que no quieren que te vayas. 

Qué frágil te ves, tu espalda retorcida, tus brazos timoratos muy claros, tus piernas manchadas. Cualquiera te adormecería al cubrirte y tú no te dejarías. Hace días papá dijo que dormiría contigo porque no puedes dormir sola. Si te dejáramos, de golpe echarías a un lado el oxígeno que aún te alimenta.

-Mija.
Le dijiste a mi mamá un poco asustada.

-Yo no voy a dormir con él. Hace 30 años que no duermo con un hombre. Yo no me voy a acostar para que me violen.

Nuestra risa.

Tu hijo, él, tus olvidos, tus lugarcitos de lucidez, tus sombras de no sé quién es usted.

-Tranquila abuela, yo duermo con usted. Acuéstese tranquila.

Durmieron.

Yo te miro abuela con la llama del que se resiste a imaginar que en pocos días te irás. Yo te miro abuela con el miedo a que un día cuando me levante de mi cama y vaya a la tuya no se te infle el pecho y no me digas lo de siempre.

-Ya vino a joderme la vida. 

Yo te miro abuela y me da temor. Hoy tus ojos chiquitos y tus mejillas más esponjadas, los pies morados e inflados de pánico. Hoy, abuela, te noto diferente. Tantito no más. 

Tan extraño decirte abuela, tal vez lo escribo para que alguien que no eres tú comprenda que me refiero a Mamita, tú mi mamita, porque nunca aprendí a llamarte Marta Inés sino a nombrarte con el amor más limpio, dulcecito como tus besos de chocolate, Mamita, mi mamita.