No entiendo cómo esos labios se extendieron a nuevas tierras
para lanzar el látigo del hechizo.
viernes, 28 de septiembre de 2012
martes, 18 de septiembre de 2012
DESEO
Llevo años tratando de descifrar
el sabor de tu piel y esperando el momento de escuchar tu voz llorosa sostenida
en el tiempo pronunciando la palabra amor. En las noches me acuesto sobre la
cama y llevo la cobija hasta el cuello. Levanto la mirada y me sumerjo entre
una de las imperfecciones del cielorraso. Y ahí, en el silencio sepulcral de la
habitación, me pregunto cuándo será la mañana y podré cruzar tu cavidad.
Al amanecer, cuando vuelvo a
pensar en ti, me olvido de ese tonto que te conoce menos que yo, y reniego de
este falo semental que lanza tinta todo el tiempo. Y vos, con un donaire de
superioridad, me repites con desdén en esas líneas, que soy un loco resignado
que no podrá disfrutar del placer que intoxica a ese idiota que creé porque
nunca podré acceder a ti.
lunes, 3 de septiembre de 2012
UN RECUERDO EN BICICLETA
La noche me sumergió en un
mundo lleno de mitos, de historias de terror, de cuerpos baleados y de
extremidades esparcidas en fosas comunes. A medida que pedaleaba, le pedía
silencio a mi bicicleta para que los sonidos de la noche no se sorprendieran con
nuestra presencia. Luego de cruzar el río, al lado de la autopista, miradas hirsutas me
señalaron y me sentí encerrado en un laberinto inundado por esos recuerdos, de
los titulares impresos con sangre en los periódicos, de los cuerpos cubiertos
con bolsas plásticas que reseñaban las cámaras de televisión. Y yo, ahí,
pedaleando, aventurado por primera vez en la espesura de esa noche.
Agradecía cuando me alejaba de
esos cuerpos iluminados por bombillos impotentes. Metros después, mientras
subía, deseaba esas luces tenues para que me libraran de la oscuridad de la
noche en esa autopista. Bajo los árboles ascendía, y desde el borde de la
carretera escuchaba el río furioso atrapado en el cañón. Las piernas me
ardían, sin percatarme de que los sonidos de la noche me habían detectado y
estaban saboreando la sangre caliente que corría entre mis venas. Sentí miedo,
no quiero negarlo, estaba temeroso de que un hombre con un fusil me saliera al
paso, de que me arrebatara la bicicleta y me llevara entre las montañas. Me
imaginaba como uno de los personajes de esos mitos, que no lo son tanto,
implorando por su vida.
El rugido de un camión me
devolvía unos segundos de tranquilidad, cuando con sus luces iluminaba el
camino y podía observar los próximos metros que tendría para ascender. Seguía
de largo y retornaba la oscuridad, el escándalo de la noche y la imaginación de
un montón de historias de las que han sido víctimas mis coterráneos. Cuando
llegué al alto agradecí de sobrevivir a un montón de imágenes macabras que
alimentan el miedo ante el peligro. Resoplé con tranquilidad y entendí que el
temor que sentí por 40 minutos mientras ascendía los 10 kilómetros de
la pendiente, era un ejercicio macabro al que nos han sometido los grupos
armados en el Oriente antioqueño.
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