sábado, 19 de noviembre de 2011

JUVENCIO III


-Mijo, me voy a morir, me voy a morir-, exclamó Juvencio con esfuerzo su última noche. Vomitaba sangre. Decían los médicos que ya no tenía pulmones. No se explicaban cómo vivía si lo habían desconectado al aire que acostumbraba llegar a su nariz desde dos años atrás.

Ese Juvencio aprendió a fumar antes de cumplir diez años. Cuando tenía cuarenta, los médicos le advirtieron el peligro que corría. Abandonó el tabaco, aunque el daño estaba hecho. Murió a los 77 años, con un corazón que no corría, exhausto de trabajar toda una vida. Los pulmones reclamaban su descanso. Estaban deshechos y no respondían a las ganas de vivir que sentía Juvencio.

-Mijo, me voy a morir, me voy a morir-, volvió a decir el pobre.

En una esquina del cuarto, a donde lo llevaron para que expirara en privacidad, uno de sus hijos lloraba el inminente retiro de Juvencio de la carrera por la vida. Al lado de la cama, otra de sus hijas gemía a los gritos, rogándole que regresara de la  muerte, que no se dejara vencer, pero iba siendo tarde. Los párpados no los pudo volver a abrir y dejó de pronunciar más palabras. Sólo abría su boca para recibir el aire que sentía que se le iba. Los labios se expandían para guardar reservas, pero ya no había tiempo.

La cuenta regresiva le llegó a Juvencio la tarde de un martes, horas después de levantar sus ojos y decir con miedo que iba a morir. Y no lo quería. La noche que ingresó al hospital, el principio de su fin, parecía un bebé indefenso que había nacido poco tiempo atrás. El viejo suplicaba una ayuda que se difuminó el décimo día.