Esas gotitas que riegan los
campos de tus mejillas son la marca acuosa de la desesperanza. Ni los lentes
gruesos ni la lupa que sostienes en tu mano derecha son suficientes para que
entiendas las letras pequeñas del mensaje en tu teléfono. Desconsolada
recuestas tu cabeza en la ventana y arrojas con desparpajo el celular en una
bolsa. Barres con rabia las lágrimas de tus ojos nublados, que de a poco se esconden
como el ocaso del sol.
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