Cachorro de zancudo. Estás con
las patas hacia arriba. Sos un lunar alado en la mesa límpida. Mueves una de
tus patas traseras. Pareciera un tic, amigo. Recoges la otra y la llevas sobre
tu pecho -¿acaso tienes?-. Permíteme llamarlo de esa manera para este caso. En
una de tus alas recargas el peso. Oye, mirándote bien, moviendo tus patas una a
una, veo que tienes unas antenas insignificantes. Yacen inertes. Sigo
escribiéndote esta carta de despedida y continúas renegando, amigo cachorro.
No olvides que hace un momento
te lanzaste sobre mi cuello. Eras mi enemigo, hasta ahora que te contemplo.
Lancé una bofetada al aire y el remolino te arrastró hasta aquí, esta tu morada
blanca. Llevé mi dedo corazón para acariciarte directo hasta la cornisa de la
vida y la muerte. Nada más ahí. Exageré. Ya no te mueves, cachorrín, justo
cuando empezaba a encariñarme contigo. Bueno, es una lástima que la gracia de
esta clase expire con tu adiós. Me lamento de no haberte susurrado, pero pasé
muy pronto de detestarte a quererte, y tu lucha apenas alcanzó para un par de
párrafos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario