viernes, 30 de septiembre de 2011

PARTIDO EN DOS


En la mañana se rascó los ojos y estiró los brazos como desperezándose. Había soñado que la vida lo había partido en dos y que debía buscar ahora cómo unir esas dos realidades.

Una mujer de cabello negro y voz firme dictaminó la arenga que lo dividió en dos. Le dijo que no lo quería ni le era útil, que debería buscar otro trabajo. Le dio a entender que era bueno que se marchara lo más pronto posible. Su presencia estorbaba en el espacio.

Mientras abría bien sus ojos, procrastinaba la decisión que le habían pedido. Reaccionó y entendió que hasta las palabras que había escuchado en una fría oficina, con dardos hirientes y sin justificación, se habían adueñado de las noches, en esas en las que abrazaba con pasión la almohada.

Quiso entender cómo, creyendo que era un buen trabajador, sus superiores habían dicho lo contrario. Esa tarde, aún en su recuerdo, lo dividió en dos. Su parte que creía buena, quería conquistar ahora la que decían que era mala. Desde entonces se ha dedicado a ser el bueno y no preocuparse por lo demás.

Después de levantarse volverá a estar cerca de la oficina fría de su recuerdo, intentando mostrar el error que cometieron, tal vez así sus dos mitades lleguen algún día a unirse. 

viernes, 23 de septiembre de 2011

JUVENCIO II

Juvencio está en la cama. Las manos le tiemblan y los ojos azules, esos que también tiene mi papá, cada vez están más pequeños. Pesa 40 kilos y lo único que mira es la luz que entra por la ventana.

Sobre la pared hay dos camándulas y un pequeño altar de madera, pegado contra la pared azul descolorida, con un Jesús que abre las manos y que pareciera abrazarlo, como si ya lo estuviera recibiendo, como si no quisiera esperar a que cumpla los 77 años para llevárselo.

Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, siempre, desde hace varios años, se escucha una máquina que le lleva por un conducto el aire a la nariz. Juvencio no respira por sí solo, el corazón desfallece cada día. Cuando deben llevarlo al hospital, los médicos no sueltan palabras alentadoras. De regreso a casa, cada uno de sus hijos le cuenta a su familia que el viejo no pasará de este año.

Han pasado dos desde que esas frases pasan por el oído. Algunos querrán que se muera, para disfrutar su dinero; otros saben que el viejo en cualquier momento no estará y el corazón le dirá ¡basta!, pero siguen rezando, con los ojos cerrados al borde de las lágrimas, que dure un poco más el viejo. Las comidas son pequeñas y la abuela no le prepara lo que le gusta. Una sopa de arroz recibe de poco en poco.

-El viejo quiere comer todos los días tamal, mijo, pero si valen 2.500 pesos. Sí, son muy buenos, pero ¿de dónde voy a sacar esa plata todos los días?-, dijo la abuela hace algunas semanas.

Esta tarde, Juvencio viste una pijama gris de rombos grises y líneas negras. El cabello blanco está a ras, casi imperceptible. No camina porque se ahoga al instante. Prefiere quedarse en su cama, bajo las cobijas, esperando que alguien llegue o rezando para que la muerte no lo visite mientras cuenta un día más de vida y la vieja está en la calle.

En el suelo hay un pato azul. En un rincón, al lado de la cama, un tanque de oxígeno verde, cubierto con una toalla, por si la energía se va y hay que conectarlo inmediatamente a ese otro aire que reposa en el frío cuarto, listo para ser absorbido por el viejo.

-También me acuerdo de otra historia de brujas, mijo-, me dice, mientras sus diminutos ojos captan mi atención. La abuela, que acaba de llegar de un entierro, toma asiento en una silla plástica blanca y guarda silencio.

-Una noche, un tío iba caminando solo en la vereda. También vio una luz que venía de frente y se detuvo en el camino. Volvió a mirar y era una calavera que se había detenido. El tío le dijo: ¿pasa o paso? No le respondió, pero mi tío siguió. Luego se detuvo y miró hacia atrás, pero ya no vio nada.

jueves, 22 de septiembre de 2011

JUVENCIO

La noche estaba oscura. Ya bajábamos con las bestias para la casa con mi primo Chechito. Mijo, esto pasó hace setenta años. En el firmamento empecé a ver una luz que empezaba a subir. Pero no era una estrella, nada de eso, era un resplandor que iba creciendo y subiendo en el cielo. -Primo, primo, mire esa luz que está subiendo-, le dije apurado. -¿Cuál luz Juvencio?, yo no veo nada. Volvió a aparecer la luz, mijito, y le volví a decir a mi primo. Yo era muy pequeño, tenía siete años y por eso creo que Chechito no me creía. -Primo, mire esa luz, mire, mire-, le volví a decir. Pero Chechito cuando vio, ahí mismo me cogió y nos tiramos al suelo, al lado del camino, soltamos las bestias y nos tapamos la cabeza. -Juvencio, Juvencio, no vaya a mirar esa luz, quédese ahí, quietecito-, me decía. Pero yo eran tan travieso que no le hice caso y volteé la cabeza. Esa luz estaba encima de nosotros, grande, inmensa. Pero de un momento a otro lo que ví era una calavera con un tabaco en la boca. ¡Ay mijo!, mi papá me tuvo que llevar como un año donde un médico a Rionegro. No crea que las carreteras eran como ahora. ¡Era un pedrerio tan verraco! Y eso lleno de huecos. Yo no sé cuanto nos demorábamos, pero bien lejos sí quedaba. Eso fue en 1940. Recuerdo que mi papá me llevaba donde un tal doctor Ríos. Me acuerdo. Y yo me mantenía con mucho miedo, pero eso se me fue quitando. Esa noche estaba tan asustado, que el primo tuvo que llevarme a la casa porque no era capaz de caminar. No movía los pies ni las manos.