Escuchando una canción de Guillermo Buitrago recordé la noche en la que pedí a mi abuela que nos casáramos. Ella, sentada en la sala de la casa al lado de mi cuñado, mi hermana y mi mamá, asintió cuando le pregunté si aceptaba casarse conmigo. Dejando que las emociones circularan más rápido que la razón corrí en busca de un anillo. Cómo le había pedido matrimonio sin anillo, me preguntaba. Hurgué en un closet y de allí extraje uno que fue dorado y ahora negro y que al final lo corana una piedra azul muy muy oscura. Caminé de nuevo hacia ella entre la risa de los demás. Me arrodillé, la miré a los ojos y le dije.
-Mamita, ¿aceptas casarte conmigo?
Me miró y estiró su mano izquierda. Medí el anillo en el anular y sus dedos hinchados no permitían resolver la urgencia. Así que intenté en el meñique, entró y luego le besé sus manos. Entonces la algarabía, la risa, la complicidad con la que disfrutábamos esta historia aun sabiendo que al día siguiente no la recordaría.
-Voy a llamar a mi papá para que nos dé la bendición- le dije.
-Llámelo, mijito.
Lo saludé eufórico, anunciándole que nos íbamos a casar y queríamos su bendición. Padre, hijo, espíritu santo, amén, dijo. Salté en una sola pierna durante varios segundos.
-Mamita, yo que creí que nunca me iba a casar, que ninguna mujer me iba a parar bolas.
Y entonces rio, muy feliz, sumergida en la historia que se gestaba.
-Vamos a tener dos hijos: un niño y una niña, la parejita- advertí.
Miró a mi mamá y al encontrarse en sus ojos volvió a reír.
Al día siguiente el hermano de mi abuelo fallecido le preguntó si aceptaba casarse con él. De pronto ella recordó una historia olvidada en la mañana y le advirtió que ya se había comprometido con un muchacho. Él le reclamó, que cómo lo cambiaba por un sardino.
En otro momento le dije que la quería mucho.
-Pero yo a usted solo lo puedo querer como amigos.
Y claro, le dije, entre una abuela y su nieto solo puede haber un amor de esos transparentes, de abrazos y besos en la mejilla.
-Entonces yo también lo quiero mucho.