domingo, 25 de noviembre de 2012

QUISIERA LLORAR


El día en el que la fuente se secó, la amargura se quedó en mi mente como el pasado en Estambul. Noches y noches quise llorar y no pude más que mirar la lluvia y escurrir mi mente en lágrimas. Mi rostro empalideció y las venas saltaron a la superficie. El agua de mi cuerpo se filtró en sudor; entendí que llorar era un privilegio del que tendría que carecer.

domingo, 11 de noviembre de 2012

CARAS


En esta ciudad caminan en todas las direcciones y nadie se detiene. Huyen despavoridos y sus rostros son oscuros y sin relieves. ¿Desde cuándo ojos, nariz y labios se perdieron en estas calles? Aunque intento descifrar, sólo encuentro caras que han dejado de ser inmaculadas y se han ennegrecido poco a poco. Ya nadie se expresa, hoy extraño una sonrisa o espero una lágrima para estremecerme. La alegría y la tristeza se han esfumado, el amor y el odio se han extraviado. Hoy la gente camina sin expresar al menos la rabia que producen estas calles aceleradas.

martes, 30 de octubre de 2012

ESCRIBIR

Después de tantos años recordé que escribo para enamorar y enamorarme, para desahogarme y repudiarme, por permitir que unas letras me conviertan en esclavo de un sentimiento escrito que ya no podré ocultar.

miércoles, 24 de octubre de 2012

AUXILIO


Entre llantas gigantes, mis pasos no alcanzaban los pedales. Disparado en la loma y sin poder agarrar los frenos, lo único que pude gritar entre el desespero fue ¡Mamáaaaaaaaaaa!

sábado, 20 de octubre de 2012

ADIÓS

Cuando su cuerpo desapareció entre la calle, decidí que mis letras callarían la frustración del corazón oprimido. Entre pequeños pasos el viento me ordenó volar bajito para no llegar hasta las nubes donde solo recibiría lágrimas para mis ojos.

domingo, 7 de octubre de 2012

SOLEDAD


Siento tanto aire en este cuarto que a veces me ahogo. Tu cuerpo cálido ha dejado un espacio vacío en este lugar y el aroma que empapaba mi nariz se ha esfumado entre el frío de la noche. El olor de la almohada es insípido como el agua. No has dejado ni tu cabello enredado y en mis oídos sólo retumba tu risa burlesca que flota en el silbido de esta soledad.

viernes, 5 de octubre de 2012

FRACASO


¿Debo entregarte las noches en las que me dormí sobre el escritorio fabricando aventuras entre tu piel? ¿Es necesario que dedique más horas a escribir la historia que se derrumbó en un mensaje corto? El olvido de un fracaso se convierte en letras  y no en más gotas de cerveza. Es el regreso a la memoria de los días ignorados, es el paso atrás que nunca debió adelantarse para tentar el jardín de las diosas.

viernes, 28 de septiembre de 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

DESEO



Llevo años tratando de descifrar el sabor de tu piel y esperando el momento de escuchar tu voz llorosa sostenida en el tiempo pronunciando la palabra amor. En las noches me acuesto sobre la cama y llevo la cobija hasta el cuello. Levanto la mirada y me sumerjo entre una de las imperfecciones del cielorraso. Y ahí, en el silencio sepulcral de la habitación, me pregunto cuándo será la mañana y podré cruzar tu cavidad.

Al amanecer, cuando vuelvo a pensar en ti, me olvido de ese tonto que te conoce menos que yo, y reniego de este falo semental que lanza tinta todo el tiempo. Y vos, con un donaire de superioridad, me repites con desdén en esas líneas, que soy un loco resignado que no podrá disfrutar del placer que intoxica a ese idiota que creé porque nunca podré acceder a ti.

lunes, 3 de septiembre de 2012

UN RECUERDO EN BICICLETA



La noche me sumergió en un mundo lleno de mitos, de historias de terror, de cuerpos baleados y de extremidades esparcidas en fosas comunes. A medida que pedaleaba, le pedía silencio a mi bicicleta para que los sonidos de la noche no se sorprendieran con nuestra presencia. Luego de cruzar el río, al lado de la autopista, miradas hirsutas me señalaron y me sentí encerrado en un laberinto inundado por esos recuerdos, de los titulares impresos con sangre en los periódicos, de los cuerpos cubiertos con bolsas plásticas que reseñaban las cámaras de televisión. Y yo, ahí, pedaleando, aventurado por primera vez en la espesura de esa noche.

Agradecía cuando me alejaba de esos cuerpos iluminados por bombillos impotentes. Metros después, mientras subía, deseaba esas luces tenues para que me libraran de la oscuridad de la noche en esa autopista. Bajo los árboles ascendía, y desde el borde de la carretera escuchaba el río furioso atrapado en el cañón. Las piernas me ardían, sin percatarme de que los sonidos de la noche me habían detectado y estaban saboreando la sangre caliente que corría entre mis venas. Sentí miedo, no quiero negarlo, estaba temeroso de que un hombre con un fusil me saliera al paso, de que me arrebatara la bicicleta y me llevara entre las montañas. Me imaginaba como uno de los personajes de esos mitos, que no lo son tanto, implorando por su vida.

El rugido de un camión me devolvía unos segundos de tranquilidad, cuando con sus luces iluminaba el camino y podía observar los próximos metros que tendría para ascender. Seguía de largo y retornaba la oscuridad, el escándalo de la noche y la imaginación de un montón de historias de las que han sido víctimas mis coterráneos. Cuando llegué al alto agradecí de sobrevivir a un montón de imágenes macabras que alimentan el miedo ante el peligro. Resoplé con tranquilidad y entendí que el temor que sentí por 40 minutos mientras ascendía los 10 kilómetros de la pendiente, era un ejercicio macabro al que nos han sometido los grupos armados en el Oriente antioqueño.

jueves, 16 de agosto de 2012

MALDITO ISMAEL



¡Qué decir! Me preocupa que Ismael no avance más y se detenga en contar cosas que no me importan. Necesito que me trague de una buena vez ese cachalote, que emerja de la profundidad con su cabeza gigante y me devore, sin esperar el momento en el que el maldito Ismael lleve la historia hasta allá y aparezca el cetáceo y lo engulla. Quiero que ese maldito pez lo haga conmigo y no con él, que me lleve a los confines de su búnker y me presente el acuario que tiene en su interior: atunes, pulpos, calamares, sardinas.

Maldito Ismael, empiezo a odiarte. Me urge que el capitán Ahag lleve esta maldita nave hasta el confín, en donde lo único que nos rodee sea ese monstruo azul. Y que llueva y llueva y truene y esos rayos fugaces iluminen la lluvia y esas aguas hoscas sobre las que flotamos. Y así, tan feroz, que salte de las aguas este cachalote. Y sin necesidad de que Quiqueg le lance el arpón para cazarlo, saltaré entre la oscuridad para que el cetáceo me lleve a otro mundo, uno desconocido, imaginario, lúgubre, estrecho. Pero, igual, otro mundo, otra realidad. 

lunes, 13 de agosto de 2012

EL MILAGRO DEL CURA


Esa tarde de septiembre, cuando fue a reclamar unos documentos al pueblo, al noreste de la capital, Eduardo encontró extraños a los pájaros de fuego, revoloteando a cada paso que daba. A medida que llegaba la noche y las persianas de las nubes empezaron a cerrarse y la luz del sol se difuminó entre las montañas, entendió que lo mejor era emprender camino hacia la ladrillera.

Abordó un taxi imaginando lo que iba a sucederle. Mientras avanzaba hasta la casa, observaba por el espejo retrovisor un vehículo que lo seguía.

-Estos hijueputas ya vienen por mí- suspiró, y se guardó las palabras para no alertar al taxista.

En el camino, pensaba en su hermana Lucrecia y en su cuñado  José Luis, desaparecidos dos semanas atrás, en agosto de 1996. Sabía que algunas personas querían que abandonara la alfarera, porque los terrenos donde se asentaba eran ricos en una arcilla que haría más próspera a la familia.

Cuando llegó a la ladrillera, bajó corriendo del taxi y fue a buscar a su papá, don Facundo, antes de que los pájaros de fuego lo mataran. El viejo estaba distraído, acompañado de Bam Bam, un perro pitbull.

-¡Padre, padre, tenga los papeles! ¡Ya me llevó el hijueputa, me van a matar, ya vienen por mí!

Quince hombres se acercaron apuntando con sus fusiles y don Facundo se lanzó al suelo y se aferró llorando de los pantalones de su hijo.

-¡No me vas a matar el perro, hijueputa, no me lo vas a matar!-, le dijo Eduardo a Carlos, un negro fornido de mirada oscura.

Bam Bam mostraba sus dientes a Carlos, y Eduardo y don Facundo veían 15 monstruos vestidos de camuflado dirigiendo sus fusiles hacia ellos.

-Venga, que lo necesitamos es a usted-, gritó Carlos, exasperado ante los ladridos del perro.

Pam, pam, pam, se escucharon los tiros que dejaron moribundo a Bam Bam. Los pájaros de fuego se dispersaron entre las tierras de la ladrillera a reunir los 30 trabajadores que estaban terminando su jornada.

Dos hombres agarraron a Eduardo, lo llevaron hasta su oficina y cerraron las puertas. Era un cuarto amplio de paredes blancas con dos escritorios y varias sillas en su interior. Desde allí se podía observar todo lo que sucedía afuera, desde la entrada de la ladrillera hasta los arrumes de ladrillos. Miró por las ventanas y encontró a su papá sentado en un butaco agarrando la cabeza con sus manos, previendo que su hijo correría la misma suerte que Lucrecia, su hija mayor.

-¿Dónde están las armas?-, preguntó Carlos, con voz firme.

-¿Cuáles armas?-, respondió Eduardo con un tono de resignación.

-Sabemos que aquí hay armas, las informaciones son muy precisas-, resopló.

Eduardo recordó que en los últimos meses la policía, el ejército y los pájaros de fuego visitaban constantemente la ladrillera. Se repartían en el territorio y hacían sus ejercicios de polígono. Unos días llegaban unos, luego los otros y así. Pam, pam, pum, se escuchaba el eco de los disparos a la distancia.

Un ganadero, propietario de un medio de comunicación de la capital había invitado a comer meses atrás a Lucrecia, a don Facundo y su esposa, doña María, a la hacienda La Gitana, en el pueblo de Oropel. Allí, les propuso que lo dejaran entrar al negocio. En esa finca, Lucrecia dejó retumbando en el aire una respuesta que a Eduardo y don Facundo les rondaba en la cabeza desde dos semanas atrás: “A mí no me gustan las sociedades ni con la almohada”, respondió ella.

-Venga, yo les ayudo a buscar las armas-, respondió Eduardo, recobrando la razón.

Afuera de la oficina había un movimiento de personas, y poco a poco fueron filando los empleados frente a la oficina. Entre las bodegas encontraron a un niño de 10 años mezclado con los trabajadores. Era el hijo de Eduardo. Al ver encerrado a su papá, rompió en llanto y se sentó a un lado de don Facundo. El viejo le pidió que se callara y la noche guardó silencio ante el diálogo de Carlos y Eduardo.

-Es que las informaciones son muy precisas-, volvió a increpar el jefe.

-Si ustedes saben que aquí hay armas, venga yo voy y les ayudo a buscarlas. Lo único que sé es que mi trabajo es esto aquí y bregar con los trabajadores.

-¡Allá viene un carro!-, interrumpió alarmado con un grito uno de los hombres.

Carlos guardó silencio y los pájaros se repartieron rápidamente entre la ladrillera, esperando el vehículo que dejaba un rugido flotando entre el frío de la noche.

-¡Ojo, que allá viene la mujer mía!-, respondió Eduardo, dirigiendo su mirada hacia la entrada de la ladrillera.

Mientras tanto don Facundo tenía en sus manos un devocionario católico. Abrió en una página cualquiera y se encontró con el Salmo 141 y empezó a rezar, seguro de que en esas palabras estaba la salvación de su hijo: ‘Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda/ escucha mi voz cuando te llamo/ que mi oración suba hasta ti como el incienso/y mis manos en alto, como la ofrenda de la tarde/ Coloca, Señor, un guardián en mi boca/ y un centinela a la puerta de mis labios’.

Los hombres se acercaron a un taxi vetusto con la piel amarilla descascarada. Con sus fusiles apuntaron al vehículo y le preguntaron el nombre a la mujer que iba a bordo. Era Graciela, de 32 años y piel trigueña. Los pájaros de fuego le dieron la orden de que se bajara y que caminara hasta la oficina. Eduardo guardó silencio y la siguió con la mirada. Ella, al cruzar frente a uno de los ventanales, le lanzó una mirada de resignación y de sus ojos brotaron un par de lágrimas.
Carlos volvió a dirigir su mirada hacia Eduardo, recorriéndolo de arriba abajo una y otra vez. Estaba pensativo y fruncía el seño, sin saber si lo mataba o lo dejaba vivir.

-Y entonces, ¿qué vamos a hacer con este hombre, pues? ¿Qué hacemos con usted?- afirmó sereno Carlos.

En la oficina, los pájaros de fuego señalaban con sus miradas a Eduardo, sentado en su escritorio, como disminuido ante la presencia de los hombres que estaban de pie; afuera don Facundo, rodeado por su nieto y Graciela, dirigía su cabeza hacia el salmo, mientras sus oídos estaban en el diálogo de la oficina.

Eduardo guardó silencio, sin saber qué responder a esa pregunta fulminante. ‘¿Qué hacemos con usted?’, rebotó un par de veces en su mente. Sin tiempo para responder, sonó el teléfono. Turrurrurururunnn.

Asombrados, dirigieron la mirada hacia el aparato y luego se volvieron hacia Eduardo, confiados que la llamada era la prueba que necesitaban.

-A ver, a la orden-, contestó Carlos. Rápidamente, miró confundido a Eduardo y le preguntó:- ¿Usted es cura?

-Sí señor, yo soy cura.

Carlos le entregó la bocina, caminó hacia otro extremo de la oficina y puso un oído sobre un teléfono para seguir la conversación.

-Aló, a la orden-, dijo Eduardo.

-Habla el padre Jesús Hernández, ¿cómo está?

-Muy bien padre, cuénteme.

-Padre, yo sí me acuerdo que recogí hace ocho días a su papá en Chirodó y me lo traje, pero no encuentro los papeles que usted me dijo ayer que él dejó.

La oficina guardaba silencio y Carlos miraba con recelo a Eduardo.

-Padre, -continuó Jesús Hernández-, ¿si se acuerda que necesito unos ladrillitos para la parroquia?

-Claro padre, bien pueda. A la hora que quiera viene que aquí están sus ladrillitos.

-Bueno mijo, mi Dios les pague

-Hasta luego padre-, se despidió Eduardo y colgó el teléfono. Se quedó en su lugar sin saber qué decir, mientras Carlos caminaba hacia él, moviendo sus ojos de arriba abajo, sin tomar una decisión.

-¿Es que usted es cura?-, volvió a preguntar Carlos con duda.

-Sí, señor, yo soy el cura,- afirmó Eduardo.

Carlos agarró un teléfono satelital e hizo una llamada. Lo único que se le escuchó fue cuando levantó la voz.

-¡Hombre!, el hombre que usted dice que está aquí, ese no es. El que está aquí no coincide con lo que usted me está diciendo, aquí está es otro, ¡es un cura!

Eduardo aguardó sentado en el escritorio y Carlos volvió a caminar hacia él. Lo miró unos segundos, tratando de hallar una respuesta y levantó la voz dirigiéndose a sus hombres.

-¡Nos vamos!

-Y, ¿qué van a hacer conmigo?- respondió inmediatamente Eduardo, preocupado.

-No, no, no, quédense tranquilos, nosotros vamos a estar pendientes de ustedes, pero nos tienen que entregar todo.

Todos salieron de la oficina y don Facundo se acercó a Carlos.

-¿Qué es todo?

Carlos se quedó en silencio, dio la vuelta y se fue con sus hombres. Eduardo y don Facundo entendieron que lo mejor era marcharse lo más pronto posible de la ladrillera.

Los empleados se esfumaron temerosos entre la bruma de la noche y Eduardo abrazó a su esposa, a su hijo y a su papá. Guardaron silencio y se volvieron ante el cuerpo de Bam Bam, vuelto un harapo ante los tiros de fusil.

-Como quería al perrito. Pero por lo menos fue él y no yo- dijo desconsolado Eduardo.

Don Facundo afirmó con la cabeza y le dijo:

-Mijo, donde a este se le zafe la pistola y diga que se llama Eduardo Tuberquia y le dicen el cura, no era más.

sábado, 4 de agosto de 2012

GRACIAS BIGOTÓN, GRACIAS


Cuando tomo un álbum de fotografías vienen a la mente un montón de historias y esas vacaciones en el mar. Aún recuerdo sus olas violentas golpeando la playa, el agua salada ardía y un río helado desembocaba a pocos metros de donde estabas.

Bajo una carpa tomabas cervezas, como nunca te había visto, y destapabas el dorso ante la brisa que soplaba en esa tarde soleada. Agarrabas de la mano a una mujer diminuta y la llevabas caminando hasta el río y se bañaban allí, porque las aguas del mar eran demasiado furiosas como para dedicarse a lidiar con ellas.

En esas vacaciones, no te desprendías de lo que siempre creímos era un apéndice de tu cuerpo. En la sombra se notaba una pequeña sombrilla sobre tu cabeza redonda. Siendo niño, creía que habías nacido con sombrero. También estaba convencido que el pequeño parche de vellos bajo la nariz había estado ahí por siempre. ¡Qué ingenuidad!

Antes de nacer, cada uno de nosotros ya tenía un nombre predeterminado. Éramos, para todo el pueblo, los pandequesos. En Guarne, nos acostumbramos a escuchar hablar del abuelo como ‘el pandequeso’ o ‘Don Jesús’, y nosotros, tus nietos, te decíamos ‘papito’, como si desconociéramos tu nombre.

Cuando eras pobre y vivías con tus primeros hijos en el Alto de la Virgen, tus días se debatían entre la estrechez de dos cuartos, la tierra y los pandequesos que vendía tu familia. ¡Allá nació el pandequeso y así empezaste a progresar! ¡¿Cómo lo ves, Bigotón?!

Ojeo y te encuentro aún con el cabello negro peinado hacia atrás. La nariz gruesa y los cachetes, como siempre los recuerdo, eran dos montículos de carne que provocaban agarrarlos y sacudirlos de un lado a otro.

Ya vivías en el pueblo, y al pequeño depósito de materiales que decidiste crear, le habías dado el nombre del barrio: San Vicente. Oíste Bigotón, hace tanto tiempo que pasó eso que las calles estaban llenas de polvo y piedras. En la imagen cargas una niña, y un camión te da sombra. ¡Qué digo camión, es una escalera!

Claro que no me olvido Bigotón. ¿Cuántos paseos nos dimos en esa chivita colorida? Muy temprano te dio por vender el carro y nosotros, aún tan pequeños, nos lamentábamos de tan grande pérdida.

Y luego vino un carro tras otro. Me quedo observando la misma fotografía y me acuerdo cuando nos llevaste a Río Claro. Cuando nos bañábamos, una de las tías decía que ese río de claro no tenía nada. Recogía agua entre las palmas de sus manos y decía: ¡Qué agua tan sucia!
En la sombra de los árboles nos recogíamos y la comida que preparó la abuela y las tías en casa, eran el banquete del mediodía. ¡Qué paseos, Bigotón! Hubo otros que no recuerdo, seguramente los viví nadando al interior de mi mamá cuando acababa de casarse y yo me balanceaba de un lado a otro dando brinquitos en la chivita.

Desde que tengo memoria eras un hombre redondo. Abro bien los ojos para percatarme de lo que veo y encuentro una fotografía a blanco y negro. Mi abuela vestida de negro y tú de camisa blanca. Tu mano izquierda la rodea y no veo el montículo de la barriga. Eras un joven longilíneo con una primera versión del bozo de pelos negros que no conocí.

En la siguiente página hay una volqueta de color rojo. Sobre ella, nos tomábamos todas las fotografías el día de los brujitos. Jaime, Ferley, Óscar, el mono y yo estábamos disfrazados. Sobre mi pecho había una ese y en mi espalda una capa roja. En cada ocasión, nos acostumbramos a reunirnos en tu casa, Bigotón. Una fecha especial o una cosecha de fríjol para desenvainar eran motivo para reunirnos y hablar, y hablar.

Así nos juntamos cuando iban a llegar las religiosas Sorana y Sorgabriela, como nos acostumbramos a llamarlas, sin saber que Ana y Gabriela eran sus nombres. Arribaban al aeropuerto de Rionegro y tus carros se llenaban de pequeños y grandes para ir a recibirlas. A los mayores les emocionaba ver a sus tías después de cuatro años y a nosotros, los niños, nos encantaban los regalos que ellas traían consigo. ¡Qué cosas, Bigotón!

Como no era de extrañar, siempre ese carro de largas bancas laterales, que hoy es una pequeña volqueta, se varaba en el lugar menos apropiado. Te bajabas del carro apenado con las monjas y llamabas a los hombres para empujarlo, a ver si a ese pedazo de chatarra rojo le daba la gana de prender. No lo niego, así de niño, eso era parte del paseo.

A tus hijos les enseñaste a trabajar en casa. El depósito que en un inicio fue una pequeña calle, con los años era la mitad de la cuadra. Los hombres manejaban los carros, hacían de mecánicos o administraban el negocio. Las mujeres ayudaban en la cocina y la abuela les enseñaba a preparar las comilonas que siempre nos encantaban.

Creo que todos soñábamos con manejar algunos de tus carros. Yo, por mi parte, no me olvido de mis juegos  en una de las jaulitas. Me escondía allí y movía la palanca de un lado a otro, mientras con mis labios zumbando me hacía creer que el motor estaba encendido. No lo volví a hacer, desde que presioné uno de los pedales y, ¡oh sorpresa!, ese armatoste empezó a 
rodar y yo a gritar. Fueron pocos segundos, hasta que lo choqué contra un poste. 

Fuimos creciendo y los nietos ya trabajaban en el depósito. A los doce años también me aventuré. Cargar un bloque era una tortura y zarandear un bulto de cemento toda una hazaña. Allí nos hicimos fuertes o, como tal vez pensabas, nos hicimos hombres. “Si carga un bulto de cemento, ya es capaz con una mujer”, decían.

Me detengo y cierro el álbum, y agarro un sombrero negro que flota sobre la cama. Mientras lo acaricio, me pregunto cómo sigue el aire soplando y el sol alumbrando si ya no te encuentras caminando de arriba abajo recorriendo lo que construiste. El viento hace eco de tus recuerdos y de entre mis labios florece un silbido, de esos que hacías. ‘Cepillo’ le decías a uno de tus trabajadores. Cuando no quisiste seguir pronunciando su nombre, recurriste a la creatividad de tu boca para emitir una melodía que convertía el ‘Cepillo’ en música. Y nunca dejaste de silbar de esa forma. Si un trabajador escuchaba ese sonido, sabía que debía ir donde vos, Bigotón, o, para evitarse esfuerzos, se escondía entre la madera o los bultos de cemento. Pero, ¡más le valía que no lo encontraras!

Cuando te marchaste, Bigotón, dejaste un vacío que aún intento definir. A cada instante te recuerdo y me pregunto si lo que esperabas era que esas disputas en tu familia se acabaran. Mientras me ajusto tu sombrero negro en mi cabeza y camino hacia el espejo, un silencio recorre estas paredes. Eso me hace pensar que, mientras nos acompañaste, hiciste mucho más por tu familia de lo que debías. Aunque en las noches, algunas lágrimas rueden en silencio por este recuerdo que no se apaga, solo me queda por decirte gracias Bigotón, gracias.

jueves, 12 de julio de 2012

NOS ESTAMOS VOLVIENDO LOCOS


En este cementerio los muertos se han ido. Las bóvedas que abandonaron los fallecidos tampoco las apetecen los vivos.

Esos que respiran, huyen despavoridos de la cima de la montaña, en donde el frío petrifica las ganas de vivir, y se van, con afán, sobre un vetusto bus que serpentea entre esa cordillera escarpada hasta llegar a la ciudad.

Corren hacia la metrópoli, para no permitir que sus huesos reposen en este lugar blanco, en donde los muertos sienten morir de depresión porque nadie los visita.

Los jóvenes se han ido lejos de casa. Cultivar la tierra, como lo hicieron los viejos que vivieron en este cementerio y los que viven muriendo entre las calles empedradas, no le importa a estos muchachos, con ansias de ciudad, de gente, de fábricas y universidades.

Se van y los viejos quedan en este pueblo de tejas de barro y muros de tapia, que se sostienen por el tiempo, un cemento mágico mezclado con telarañas que mantiene las estructuras de esta población, mientras muere poco a poco y se hace más vieja cada día.

En lo alto del parque se avizora ese nevado, de nieves pulcras y terror escondido. Luego de la iglesia, calle abajo, se camina hacia el precipicio, al último extremo de estas pocas cuadras. Allá está este cementerio blanco, con bóvedas que parecen hornos de ladrillo. Y en una de ellas, un hilo oscuro brota y baja entre la pared, y mancha el cemento mugriento.

Unos metros después está una seguidilla de personas sin nombre que entraron en 2002 y nunca nadie se ha atrevido a desenterrarlos y extraer su osamenta. Fue en marzo 21 cuando llegaron. ¿Quién buscará estos muertos, éstos que nadie visita, a quien nadie le importa, de quienes sólo se sabe que desfiguraron unos hombres armados?

La fortuna les llegó a este cementerio solitario, en donde sólo rumba el viento entre las paredes y los pájaros entonan una música monótona que memorizaron los muertos que se fueron de nuevo a las calles, a donde no tienen a quien saludar.

A pocos metros de este cementerio se levanta el acilo. Todos los días, los viejos ven desde su balcón la próxima estación. Y en este manicomio de muertos, la morgue está abandonada y los restos de un ataúd y sus telas blancas, están invadidas por las moscas.

Hay ángeles blancos en cada rincón y vírgenes abriendo los brazos o cargando un niño. El cemento de los senderos se ha resquebrajado. Ya ni a los vivos les importa el lugar que abandonaron los muertos. Morir es mucho más digno en la ciudad, en donde los cementerios están llenos de gente, en esos sitios donde la noche se llena de susurros que llegan hasta las calles y aterrorizan los transeúntes.

Pero aquí, a este manicomio de muertos, no llega nadie nuevo, ni un forastero. Estos sin nombre, que tienen sus huesos encerrados entre el ladrillo, en las noches recorren desolados las callejuelas sin tener a quien silbarle en los oídos. Vivir en la vida o en la muerte no tiene diferencia en este pueblo. Los muertos están perdiendo la razón y los vivos están muriendo sin saberlo.

martes, 12 de junio de 2012

BIGOTÓN, EXPLÍCAME



Bigotón, Bigotón. No dejo de pensar en ti. El parche encima de tu boca, el sombrero negro, las camisas claras, tu sentido del humor e incluso esa voz que adquiere tintes ácidos cuando decides hacer un reclamo.

¿Qué pasará en tu sangre? ¿Por qué dices cosas sin sentido? Tú, tan acostumbrado a caminar de un lado a otro, de vigilar tus trabajadores, de saber en qué lugar de Colombia están tus camiones y ver, ahorita, que no puedes dejar de hablar de ello. Tú en una cama inmóvil y tu familia llorando, llorando.

-Niña, llévese ese mercadito-, le dice a la enfermera cuando entra a su cuarto.

Ves perros en un zarzo, pides que vendan unos bultos que sólo caben en tu imaginación. ¿Qué será? ¿Arena, cemento? Ay Bigotón, cuánto me cuesta escribir esto. No entiendo cómo tu piel ya no es tu piel. Me pregunto cuándo tu cuerpo empezó a evaporarse. Cómo esa piel curtida y trabajadora se ha llenado de burbujas y luego, sin más ni más, explotan y dejan a la luz ese rojo ardiente de tu carne.

¡Bigotón! ¡Explícame Bigotón! Dime qué será, ¿por qué otra vez? ¿Por qué otro hospital? ¿Por qué otra enfermedad? Ya no es el corazón. Es la suma de un montón de excusas de la vida para llevarte a esa cama límpida.

Dicen que un riñón está en época de retiro. Una sonda va de tu vejiga a una bolsa. Quisieras ir al baño a orinar, pero no sientes ese líquido amarillo que baja al suelo.

-Mija, ¡no siento nada!-, decías desesperado hace un par de días.

Las burbujas han explotado poco a poco. En tu pierna derecha hay un cráter con lava ardiente a punto de bullir nuevamente. Esa cara tan redonda está más inflada que un buñuelo. Dicen los médicos que ya pasó lo peor, porque ese virus no se quedó adentro, sino que se expresó como la lava de un volcán y, de paso, ha arrasado con tus vellos, con esa piel quemada por el sol.

También, el médico contó que tu piel se va a evaporar y que este es el comienzo. ¡Aguanta, Bigotón! Mira cómo nos tienes, mira cómo la sensación de verte también nos está evaporando. Estas lágrimas que deshidratan nuestros corazones no son más que por ti. ¿Cómo puede ser la vida sin ti? Así nunca vaya a saludarte, te veo todos los días por unos segundos mientras caminas. No, Bigotón, no puede ser así.

No hay nadie más terco que tu. Y no es soberbia que te lo diga o rabia. ¡Cómo sentir rabia por ti! Siento impotencia con esa piel, como un bosque que desaparece ante el incendio, ante las motosierras.

Explícame, Bigotón. Respóndeme por qué es este castigo. Hablas con euforia, con ese don de mando, con bultos y animales imaginarios, con personas que no están. Acaso, vida, ¿es esa tu acción decente para llevar a la muerte a alguien?  

El Bigotón llora como un niño, desvaría. Ahí, en ese cuarto, hay lágrimas que crearon un embalse. Aguas estancadas que se alimentan por más dolor que mana. Tanta tristeza nos da verte ahí, Bigotón.

Después de muchas semanas he vuelto a escribir. Este no es el ejercicio literario que debía redactar. Esta es una voz que quiere desahogarse. Una ronca voz que se llena de preguntas y que trata de averiguar dónde está el Dios misericordioso en el que tanto crees. ¿Dónde está? Nunca está, nunca lo veo, nunca lo siento. ¿Por qué tanto sufrimiento? ¡Dios misericordioso, ¿una vez más te escondiste?!

Bigotón, explícame, por favor. Hace un tiempo te dieron por muerto. No sabemos cómo te repusiste, cómo volviste a tu casa. Hoy, con estos días tan lentos, con un sol abrasante, el corazón se nos quema poco a poco. Se deshidrata, se lastima, se encoge.

Quisiera pensar que es una batalla más, Bigotón. Pero esta vez no lo sé, no estoy tan seguro. Tampoco imagino todo esto sin ti. Ni tu negocio, ni tus propiedades, ni tu familia. Nada, ¡cómo pensarlo! Si cada centímetro, cada adobe, cada casa, cada carro, cada papa que sale de tu finca, todo, todo eso se dio por ti, por esa terquedad, por ese empeño.

¡Como nos defrauda esa piel y esa sangre obsesiva y ambiciosa! Bigotón, explícame de una vez por todas si esta es una batalla más. No soporto verte así. Bofetea a ese “Dios misericordioso”. Hazlo, por favor. Regresa tu vida, recupera esa piel hiriente, devuélvenos esas lágrimas, no nos hagas sufrir más.  Bigotón, por favor.

martes, 8 de mayo de 2012

CASTIGO DE UN CUERPO


Anoche, su barba durmió a tu lado. Sentías el susurro de ese cosquilleo e ibas doblando de a poco tu cuerpo desnudo. Te deslizabas entre su piel y él se pegaba a ti, encendiendo una hoguera que se apagó en la madrugada. Cuando le diste la espalda, él no quiso dormir. Prefirió fumarse un porro y contemplar el tatuaje multicolor de tu espalda, el cabello enredado y la silueta uniforme que lo volvía a encender.

En la mañana te miraba con deseo. Mientras el profesor explicaba, él no apartaba sus ojos rojos. Esperaba una sonrisa, un movimiento de cejas, un beso que flotara en el aire. Y tú, tan cruel, no quisiste devolverle la luz centelleante, ni los labios de veneno y recobraste tu cuerpo, para que no siguiera prendido a él. 

lunes, 7 de mayo de 2012

EL OLVIDO


Entre las aguas del baño flotaron algunos recuerdos cuando te conocí. Muchas noches me pregunté por qué me había alejado de ti y lo único que pude concluir es que ese barco, del que quedaban algunas palabras que nunca te dije, ya había naufragado.

lunes, 30 de abril de 2012

CUANDO TE SENTÍA CALIENTITA


Mis caricias ya no te seducen. Antes tus piernas estaban calientitas y yo me pegaba a ti para liberar ese frío que me carcomía. Mi aire tibio te llegaba al cuello y bajaba por toda la espalda. Tus poros se alteraban y cerrabas los ojos, abrías la boca y esperabas un beso.

Hoy ya no te seduzco y tu piel no arde. Está fría cuando la toco, me ignora cuando la beso. Te aprieto contra mi pecho y tus senos ya no me sonríen. No hacemos el amor y me marcho con la cabeza gacha y la piel petrificada por las preguntas.

Vuelvo a casa y me tomo un vaso de leche, prendo la televisión y me escondo entre las cobijas. Sueño que duermo contigo y es la almohada la que me pide a gritos que quite mi pecho de ella.

Al levantarme ese viento que sopla con rabia me vuelve atrapar, ya no es como cuando te abrazaba toda la noche y sentía ese calorcito que me embriaga todo el día. Cuando te sentía calientita, sonreía apretado a tu piel desnuda, a tus senos sonrientes, a tus piernas coquetas.

Hoy, cuando mis caricias ya no te seducen y tu piel está arisca con mis manos, regreso de nuevo a casa con el cuerpo vacío pensando que era mejor cuando te sentía calientita. 


viernes, 27 de abril de 2012

EL LABERINTO DE TUS CABELLOS



Sé bien que tus cabellos negros están más finamente entrelazados que las pajas de un nido.
Apoyas la cabeza en la palma de tu mano izquierda y te recorro. Nunca te peines por favor. Me gustan esos hilos pintados de noche. No quiero desenredarlos, porque en ese laberinto me pierdo cada vez que te miro.

Los ojos oscuros brillan entre la piel límpida, tu frente está despejada y una fina línea en un costado de tu cabeza separa las serpientes que se envuelven, se tocan, se  aparean, te respiran, te sienten.

Hace un par de noches aparecieron tus cabellos. Me sorprendiste cuando llegaste de improviso. Hoy te vuelvo a ver. Estaba seguro que levantarías la mirada y me ibas a reflejar en tus pupilas. Me he sentado frente a ti; te miro con cuidado. 

Golpeo el suelo desesperado. ¿Qué he soñado? No paro de mirarte, ¿qué respuesta busco? Me impaciento, escribo y vuelvo a mirarte. Es inevitable. 

Quisiera desenredarte para salir de este laberinto, pero un peine no sería suficiente para destruir las líneas que me sumergen al interior de tus cabellos.



jueves, 26 de abril de 2012

EL PINCEL QUE PINTABA PIBES EN NOCHES CALUROSAS

Todos nacieron en Pescaíto. El uno carga en sus brazos un letrero que dice “hotel”, otro monta en un yate y levanta su mano derecha alzando el pulgar y el último promociona papitas.


Sábado, tarde ardiente en Santa Marta. Serio sobre una esquina el tipo carga un cartón. Sus piernas en vez de un estupendo bronceado caribeño lucen quemadas, maltratadas y tan delgadas, como si nunca hubieran golpeado la pelota. El cabello rubio ensortijado le cae a los hombros.

-¡Pibe, Pibe!-, le gritan los turistas en la lejanía.

Él calla, esboza una sonrisa deprimente que se pierde entre los vellos de un abultado bozo castaño. Casi que servirían para sacar la carne de sus dientes.

-Ajá compadre, ¿todo bien? ¿y tú qué? ¿Estás buscando hotel?-, dice el Pibe en El Rodadero.

El cabello ya no es tan rubio, tiene pocas manillas en sus manos y la voz es tan gruesa como una suegra malvada. No ha hecho mucho ejercicio, ni golpeado los suficientes balones, ni anotado los goles necesarios para que su estatua esté fundida en bronce al lado de un estadio carcomido por la maleza y las enredaderas.

Hace semanas el periódico Al Día de Santa Marta estremeció a la ciudad. “Mataron la hermana del Pibe”. Hubo conmoción, una y otra vez llamaron al Pibe a su casa, a su celular. Pobre nuestro Pibe, él vendiendo papitas, recorriendo el país y desconociendo el asesinato de su hermana.

El viento pitaba como siempre, silbaba sobre los muelles, el run run en las esquinas se movía con la velocidad de la brisa. “Compadre, mataron la hermana del Pibe”. Hasta en Taganga los extranjeros hablaban del Pibe, recordaban una tibia imagen de televisión cuando calibraban al rubio colombiano en su entrepierna, enganchado por la mano de un rival.

¡Mataron la hermana del Pibe! ¡Llora Pescaíto! Rezaba el diario con su portada sangrienta, la mujer en el suelo con varios pepazos en su cuerpo y un titular a letras rojas de lado a lado. En el interior hablaban del Pibe, pero no del que le daba besos a los balones con su pierna derecha.

Resulta que en Santa Marta nació un rubio, conocido a secas como el Pibe, que anotaba goles en Europa, corría poco y pensaba rápido. Ese costeño desafiaba las tormentas y lo acompañaba un ejército de personas con sus caras vestidas de sol, que le gritaban Pibe, Pibe, Pibe, muy cerca de su Santa Marta. En la calurosa Barranquilla se escuchaba ese Pibe, Pibe, Pibe, jalonado por el viento que corría hacia el Río Magdalena. Ese famoso Pibe, transformaba los corazones sangrantes en luces que destellaban de esperanza, de huir de la guerra y clasificar al Mundial.

Y en Santa Marta había Pibes en las esquinas, en el estadio, en la playa, en los periódicos, en las paredes, en los afiches. ¿De qué fábrica habrán salido? ¿De quién es el miembro tan perfecto que está pintando Pibes en el paraíso femenino de Santa Marta?

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A diez minutos de El Rodadero aparece el Pibe. Con guayabera, pantalones cortos, lentes oscuros y dos mujeres: una rubia y una morena. Fiel a las enseñanzas de su amigo el Tino Asprilla, esconde un pincel igual de pulido pero más caprichoso, que no distingue entre estadios y potreros.

Se acerca a la playa, de arenas límpidas y ardientes, como la calentura que guarda bajo los mochos. Sobre el yate blanco, con un reguetón que golpea los riscos, alza su mano derecha, empuña los dedos y erige el pulgar como su miembro.

¡Pibe, Pibe! Gritan los turistas. El Pibe baila en el yate y voltea de vez en vez hacia la playa y envía un saludo. No desembarca porque se rompe su encanto. El cabello es castaño y el dueño del yate no es él. Alguien montó a este Pibe para robar miradas de los turistas que llegan a Santa Marta.

Éste no vende papitas, no tiene manillas y seguro no llora por la muerte de su hermana. ¡Asesinos! Llorarían los inadvertidos. Sobre un colchón inflable se acercan al yate unos seguidores que quieren una foto. Él les dice que se arrimen. Se mezclan entre la rubia y la morena, delinean con la mirada el culo de la una y las tetas de la otra. Se van felices con haber conocido al Pibe.

Hace años, cuando el Pibe conquistó a Colombia derrotando a la Argentina y clasificando a tres Mundiales seguidos, él tumbó el mito de que su padre había impulsado la misión patriótica de fecundar cuantos Pibes fueran necesarios en Santa Marta para atender los compromisos sociales, los autógrafos y las fotos del Pibe original, el que combinaba su cabello con la camiseta en los partidos calurosos de Barranquilla.

El mito quedó derrumbado con el Pibe sentado en una sala, vendiendo papitas con una voz suave, sin eses, que entraba por el micrófono de una grabadora. Su hermana no fue la víctima y no había dejado de vender en la televisión. Nunca estuvo promocionando un hotel en las calles y tampoco montó sobre un yate ajeno esa tarde de sábado. No aprendió las enseñanzas del Tino Asprilla, pero desde sus tardes en Barranquilla impulsó la misión invasora de que otros pinceles, que no fueran el suyo, es decir brochas de ritmo brusco, decidieran pintar como fuera, otros Pibes para recordar su imagen en las calles sonrientes de su Santa Marta.

martes, 10 de abril de 2012

HOMBRE ALEX

Hombre Alex, te saliste del colegio porque una sicóloga te dijo que era mejor que la abandonaras para que tus ojos no siguieran esforzándose por leer a un metro del tablero. Y eso que sobre la falda de esa extensa nariz, que no parece ni la de tu papá que es ñato, ni la de tu mamá que es chata y pequeña; cuelgan unas gafas que hacen ver tus ojos diminutos en el interior.


Esos lentes que aumentan tu nublada vista, hoy parecen un pretexto para no volver a la escuela. Sólo te faltan dos grados para terminarlo y ahora te sientes más cómodo recostado en tu cama, viendo televisión y dejando que sobre tu ventana se pose el sol y alumbre la luna en la noche, mientras pasan tus días.

Cuando naciste te calificaron de “especial”, y no precisamente porque fueras el único hijo de ese matrimonio, que llenaba de regocijo la unión de tus padres. Eras especial porque los médicos afirmaron en tus primeros años de vida que tendrías problemas de aprendizaje. ¿Acaso tu papá, tan bebedor él, abusó de la bebida una noche y en ese estado embarazó a tu mamá? No sabemos Alex, ni tú, ni yo. Yo lo cuestiono, seguramente no te harás esa pregunta.

Hoy eres tan alto, que pareces fruto de otra familia. Mides 1.80, tu nariz es como una rampa de aterrizaje para las avispas, tu labio inferior está enrollado hacia afuera, tu espalda está encorvada y tus chistes parecen comentarios de infantes y no de adolescentes como el que eres hoy.

Tu casa es como una cárcel hacinada. En ella conviven dos familias, incluyendo a tu abuela, nonagenaria, que todos los días pregunta cuántos años tiene.
Cuando llega una visita, dice que no recuerda cuándo murió su esposo. Se repite una y otra vez si asistió al entierro de ese hombre fallecido tres décadas atrás. ¿Quién es usted?, pregunta de golpe a cada instante.

Ella en una cama, renunció a levantarse de ella. De la cintura sensual de esa chaparrita, hoy quedan músculos flácidos. Los problemas de la cadera le impiden salir a tomar el sol. La ventana está cubierta por barrotes y la vieja dice no saber en dónde vive. Cuenta que quiere volver a su casa; Alex le responde que está en ella.

Ay Alex. Sé bien que no lo sabes, pero escuché hace poco que en tu casa no deben permitir que te estreses. Pero, cómo, si sólo hay un televisor y quieres jugar en un computador. Y no tienes, Alex, en tu casa no hay forma de comprarte uno. Sólo con mucho esfuerzo tu papá lleva para el mercado y paga los servicios públicos. O, cuando por mala suerte, el Ñato, como le dicen a tu papá y no porque sea narigón como tú, llega borracho y se gasta el dinero con el que iban a comer en la semana, empieza otro calvario para tu madre.

Hay otra razón por la cual abandonaste la escuela: tus compañeros. Muchos se rehusaban a hacer las tareas contigo, aunque con tu disciplina combatías ese calificativo de especial que te impusieron desde niño, porque nunca dejabas de hacer tus tareas y seguías avanzando año a año. Ese rechazo, tal vez asco de algunas niñas, te llenaban la cabeza de cosas. ¡Cómo te desprecian, con lo buena persona que eres!

Ay Alex, te saliste de la escuela, porque bien lo intuye el resto de tu familia, que en tu casa no hay dinero para comprarte una cartulina, un lapicero, un cuaderno. Tú queriendo estudiar y tantas personas desperdiciando esa oportunidad de hacerlo.

También te tildaron de especial, porque en un ambiente tan machista como el de tu familia, todos saben que cuando eras más pequeño debieron extraerte los testículos. Estaban conviviendo al lado del ombligo y no en la caverna donde debían permanecer.

Tantas cosas te han pasado, que tu mamá te fue a retirar de la escuela. Tantas cosas juntas. ¿Cómo no te vas a estresar con estos días tristes? Llueve y llueve y no puedes salir de tu casa. Muy clarito le dijeron a tu mamá, que tu corazón no es el más óptimo, que volverás a sufrir ataques de epilepsia. Por eso no te puedes estresar, Alex, entiéndelo bien.

Y tú desconociendo todo. Sabes verdades a medias como el sueño que le dijiste a tu mamá hace poco, en tu encierro, en tu casa, al lado de tu abuela.

-Mami, yo quiero tener hijos.



viernes, 30 de marzo de 2012

EL PATAS

Lo confieso: conocí al Patas. Ese al que ven en el televisor, con los lentes de las cámaras apuntándole a su cara sudorosa, de nariz chata, labios gruesos y cachetes rojizos e inflados, que en vez de llevar aire en su boca, parecen rellenos de  helio.

Llena la pantalla con sus piernas gruesas y los pectorales, que presionan la camiseta. Luce una larga sonrisa, los ojos le brillan. ¡Es famoso, el Patas es famoso!

Yo lo estoy viendo. ¡Ahí está, al frente, el mismo Patas! Corre detrás de un balón y sonríe como un chivo. Su cabeza aún parece un huevo, aunque parece no pesarle. ¡Ole! Con el balón en su pierna izquierda aún lo recuerdo de niño. Corre lentamente, levanta la mirada y lleva el balón entre las piernas de un compañero, antes de acariciar la pelota y enviarla a Ronaldinho. ¡Ole Patas, como en la escuela!

Lo veo mientras entrena. Todos ustedes lo observan en el televisor. Yo no, en este instante lo veo y lo recuerdo. No me ufano de ser amigo del Patas. En unos minutos cuando me acerque, su fama no le permitirá recordarme. Me mirará como uno de esos fans furibundos con una libreta y un lapicero pidiendo un autógrafo y vistiendo una camiseta amarilla aguardando que con un marcador negro me regale su firma.

Me resisto a creer que el Patas sea igual. Me niego a pensar que no me reconozca. Lo único que quiero es que me mire a los ojos y pronuncie mi nombre. ¡Qué importa que durante mi respuesta se vaya, si el Patas me reconoce!

Vuelve a recibir el balón, uno de esos amarillos con un chulo negro. Quiero uno. Al Patas le deben sobrar, me imagino. Cuando lo sigo por televisión y anota dos o tres goles, siempre lo veo besando la pelota y cargándola bajo un brazo para llevarla a casa. Yo, esperaría que él me regalara una para no tener que ir al almacén a comprarla y resignarme a pensar que el fútbol no se hizo para mí, se hizo para el Patas.

¡Ay Patas, cómo has crecido! ¡Cuánto talento se esconde en esos 160 centímetros tuyos! Eres pequeño. En la escuela, las niñas de tu edad no te miraban. Tenías que posar tus ojos en otras más pequeñas, así serías más alto. Y cuando pasaban los años, ellas ya te veían como el niño, porque mientras sus piernas se alargaban y se veían más lindas y te masturbabas en casa porque no podías conseguir novia para darle un beso, tú seguías con la misma estatura. No te percatabas que algún milímetro de más tenías, Patas.

No sé mucho de tu vida privada, aunque esos chismosos de los periodistas te vivan asediando, averiguando con quien sales, a quien agarras de la mano, qué vistes, cuál es tu último carro. No necesitas medir dos metros para que una modelo rubia de ojos claros salga contigo y acepte ser tu novia, así seas más pequeño. ¡Con tu talento basta, Patas!

Recibes el balón de nuevo y lo levantas del suelo con un tiro de veinte metros hasta el otro extremo de la cancha. Veo tus piernas, no quiero imaginar su valor. En la escuela eran tan bronceadas como ahora. Tus gemelos lucen con un poder particular. Pronunciados en tus piernas y las medias a la altura del tobillo. En la televisión deben verte gigante. Y no lo dudo Patas, lo eres, me imagino lo que vales con sólo vestir esa camiseta amarilla de tu Brasil y tocando la pelota al lado de Ronaldinho.

Ese depredador, de pelo desarreglado y dos dientes deformes que no caben en su boca es el ayer. Tú, Patas, eres el hoy, el presente, el talentoso. Y no porque te haya conocido, pero eres el mejor, sin duda Patas, lo eres, lo puedo firmar aquí, ahora mismo.

Noto que creciste un poco más. Te veo risueño y pidiendo el balón. Tu zurda es un pincel tan pulido como tu mano derecha pintando en clases de artes. Los movimientos los delineas con delicadeza, corres lento pero preciso. Lo que no alcanzan tus piernas, lo logras esos pases que llegan donde tus compañeros están, precisos, perfectos.

Me imagino que ya no debes aplicarte esas inyecciones dolorosas para crecer unos pocos milímetros. Eso ya es pasado. No necesitas más centímetros para ser vigoroso y escuchar halagos de mujeres hermosas, no como aquellas muecas y despelucadas que te despreciaron en el colegio.

Me acuerdo que cuidabas carros en frente de una iglesia para comprar tus inyecciones. Tu mamá, pobre ella, no tenía con qué darte las medicinas. Antes de que el sol alumbrara las calles de tu pueblo, ella ya estaba barriéndolas. Caminaba en el frío de las madrugadas con una pala, una escoba y una caneca. Siempre con el gorro y la camisa naranja.

Afortunadamente todo es pasado. Hoy vive en su casa y no se preocupa por la comida que comerán tus dos hermanos menores al almuerzo. En la nevera sobra. ¡Cómo cambian las cosas! Ayer ibas a mi casa y te quedabas toda la tarde para poder almorzar y tomar jugo a las tres. No nos abandonabas hasta que no llevaras el estómago lleno con la comida. Mucho que te gustaban las comidas de mi mamá, Patas. También mi hermana, no lo olvides.

Fuera de la cancha, las mujeres te gritan, te llaman por tu nombre. Yo te digo Patas, porque no me gustaba cómo en la escuela te llamaban Enano. Aunque debiste aceptarlo y no te incomodaba, prefiero decirte Patas. ¿Sabes por qué? El Patas te caricaturizaba, pero no te ofendía. Un compañero te llamó así porque tu cuerpo era pequeño y tus pies gigantes. Ni qué decir cuando calzabas esos zapatos negros con una platina en la punta y jugabas con ellos fútbol. Qué miedo una patada tuya, Patas.

Te detienes en la cancha y levantas tu mano derecha. Miras atrás de mí y saludas las chicas que corean tu nombre. ¿A cuántas les has hecho el amor? Cómo te envidio, Patas. Chicas voluptuosas, de cuerpos sexys, que se están quitando la ropa antes que tú decidas cuál será la de esta noche. Huy Patas, entiendo que no tienes que masturbarte. Ahora soy yo el que debe hacerlo, porque mi pierna izquierda no es esa brocha fina que tienes. Y si busco mi nombre en el computador, no existo. Tú sí, Patas, hasta te cansaste de leer lo que dicen de ti en los periódicos. Todo ya lo sabes, eres el mejor, el futuro de esa camiseta amarilla que vistes.

No sé si cuando me acerque me alcances a ver. Hay tanta gente que no habrá tiempo para que me digas un par de palabras. Lo primero son las mujeres, sí señor. Un amigo de la infancia que no ves hace una década ya no importa. Seguro te olvidaste de mí, aunque no quiera creerlo.

Bajo este sol canicular me siento desmayar, no podré saludar al Patas. Ya no estoy allá frente a ti, Patas, qué rabia. Cuando más cerca estuve de saludarte, perdí la razón y ahora despierto en un bus, camino  al trabajo y con un billete para pasar todo el día. Las personas van bajando y estiro mi mano para pagar.

-¡Hola Camilo!-, me dice el piloto.
-Hey Danny, ¿cómo vamos?-, le digo. Me da un par de monedas y bajo del bus. Miro hacia atrás y es el Patas, el mismísimo Patas con camisa blanca, pantalón azul oscuro y zapatos negros. ¡Pero ya no estás jugando! Estaba soñando lo que quisiste ser y tus pocos centímetros no te permitieron. ¡Qué impotencia, Patas! Eres el chófer de un bus y sigues siendo mi amigo.

Añoré que si vestías esa camiseta amarilla y tocado el balón con Ronaldinho, me hubieras llamado por mi nombre como lo hiciste esta mañana. ¡Sos grande Patas, sos el mejor!