lunes, 30 de abril de 2012

CUANDO TE SENTÍA CALIENTITA


Mis caricias ya no te seducen. Antes tus piernas estaban calientitas y yo me pegaba a ti para liberar ese frío que me carcomía. Mi aire tibio te llegaba al cuello y bajaba por toda la espalda. Tus poros se alteraban y cerrabas los ojos, abrías la boca y esperabas un beso.

Hoy ya no te seduzco y tu piel no arde. Está fría cuando la toco, me ignora cuando la beso. Te aprieto contra mi pecho y tus senos ya no me sonríen. No hacemos el amor y me marcho con la cabeza gacha y la piel petrificada por las preguntas.

Vuelvo a casa y me tomo un vaso de leche, prendo la televisión y me escondo entre las cobijas. Sueño que duermo contigo y es la almohada la que me pide a gritos que quite mi pecho de ella.

Al levantarme ese viento que sopla con rabia me vuelve atrapar, ya no es como cuando te abrazaba toda la noche y sentía ese calorcito que me embriaga todo el día. Cuando te sentía calientita, sonreía apretado a tu piel desnuda, a tus senos sonrientes, a tus piernas coquetas.

Hoy, cuando mis caricias ya no te seducen y tu piel está arisca con mis manos, regreso de nuevo a casa con el cuerpo vacío pensando que era mejor cuando te sentía calientita. 


viernes, 27 de abril de 2012

EL LABERINTO DE TUS CABELLOS



Sé bien que tus cabellos negros están más finamente entrelazados que las pajas de un nido.
Apoyas la cabeza en la palma de tu mano izquierda y te recorro. Nunca te peines por favor. Me gustan esos hilos pintados de noche. No quiero desenredarlos, porque en ese laberinto me pierdo cada vez que te miro.

Los ojos oscuros brillan entre la piel límpida, tu frente está despejada y una fina línea en un costado de tu cabeza separa las serpientes que se envuelven, se tocan, se  aparean, te respiran, te sienten.

Hace un par de noches aparecieron tus cabellos. Me sorprendiste cuando llegaste de improviso. Hoy te vuelvo a ver. Estaba seguro que levantarías la mirada y me ibas a reflejar en tus pupilas. Me he sentado frente a ti; te miro con cuidado. 

Golpeo el suelo desesperado. ¿Qué he soñado? No paro de mirarte, ¿qué respuesta busco? Me impaciento, escribo y vuelvo a mirarte. Es inevitable. 

Quisiera desenredarte para salir de este laberinto, pero un peine no sería suficiente para destruir las líneas que me sumergen al interior de tus cabellos.



jueves, 26 de abril de 2012

EL PINCEL QUE PINTABA PIBES EN NOCHES CALUROSAS

Todos nacieron en Pescaíto. El uno carga en sus brazos un letrero que dice “hotel”, otro monta en un yate y levanta su mano derecha alzando el pulgar y el último promociona papitas.


Sábado, tarde ardiente en Santa Marta. Serio sobre una esquina el tipo carga un cartón. Sus piernas en vez de un estupendo bronceado caribeño lucen quemadas, maltratadas y tan delgadas, como si nunca hubieran golpeado la pelota. El cabello rubio ensortijado le cae a los hombros.

-¡Pibe, Pibe!-, le gritan los turistas en la lejanía.

Él calla, esboza una sonrisa deprimente que se pierde entre los vellos de un abultado bozo castaño. Casi que servirían para sacar la carne de sus dientes.

-Ajá compadre, ¿todo bien? ¿y tú qué? ¿Estás buscando hotel?-, dice el Pibe en El Rodadero.

El cabello ya no es tan rubio, tiene pocas manillas en sus manos y la voz es tan gruesa como una suegra malvada. No ha hecho mucho ejercicio, ni golpeado los suficientes balones, ni anotado los goles necesarios para que su estatua esté fundida en bronce al lado de un estadio carcomido por la maleza y las enredaderas.

Hace semanas el periódico Al Día de Santa Marta estremeció a la ciudad. “Mataron la hermana del Pibe”. Hubo conmoción, una y otra vez llamaron al Pibe a su casa, a su celular. Pobre nuestro Pibe, él vendiendo papitas, recorriendo el país y desconociendo el asesinato de su hermana.

El viento pitaba como siempre, silbaba sobre los muelles, el run run en las esquinas se movía con la velocidad de la brisa. “Compadre, mataron la hermana del Pibe”. Hasta en Taganga los extranjeros hablaban del Pibe, recordaban una tibia imagen de televisión cuando calibraban al rubio colombiano en su entrepierna, enganchado por la mano de un rival.

¡Mataron la hermana del Pibe! ¡Llora Pescaíto! Rezaba el diario con su portada sangrienta, la mujer en el suelo con varios pepazos en su cuerpo y un titular a letras rojas de lado a lado. En el interior hablaban del Pibe, pero no del que le daba besos a los balones con su pierna derecha.

Resulta que en Santa Marta nació un rubio, conocido a secas como el Pibe, que anotaba goles en Europa, corría poco y pensaba rápido. Ese costeño desafiaba las tormentas y lo acompañaba un ejército de personas con sus caras vestidas de sol, que le gritaban Pibe, Pibe, Pibe, muy cerca de su Santa Marta. En la calurosa Barranquilla se escuchaba ese Pibe, Pibe, Pibe, jalonado por el viento que corría hacia el Río Magdalena. Ese famoso Pibe, transformaba los corazones sangrantes en luces que destellaban de esperanza, de huir de la guerra y clasificar al Mundial.

Y en Santa Marta había Pibes en las esquinas, en el estadio, en la playa, en los periódicos, en las paredes, en los afiches. ¿De qué fábrica habrán salido? ¿De quién es el miembro tan perfecto que está pintando Pibes en el paraíso femenino de Santa Marta?

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A diez minutos de El Rodadero aparece el Pibe. Con guayabera, pantalones cortos, lentes oscuros y dos mujeres: una rubia y una morena. Fiel a las enseñanzas de su amigo el Tino Asprilla, esconde un pincel igual de pulido pero más caprichoso, que no distingue entre estadios y potreros.

Se acerca a la playa, de arenas límpidas y ardientes, como la calentura que guarda bajo los mochos. Sobre el yate blanco, con un reguetón que golpea los riscos, alza su mano derecha, empuña los dedos y erige el pulgar como su miembro.

¡Pibe, Pibe! Gritan los turistas. El Pibe baila en el yate y voltea de vez en vez hacia la playa y envía un saludo. No desembarca porque se rompe su encanto. El cabello es castaño y el dueño del yate no es él. Alguien montó a este Pibe para robar miradas de los turistas que llegan a Santa Marta.

Éste no vende papitas, no tiene manillas y seguro no llora por la muerte de su hermana. ¡Asesinos! Llorarían los inadvertidos. Sobre un colchón inflable se acercan al yate unos seguidores que quieren una foto. Él les dice que se arrimen. Se mezclan entre la rubia y la morena, delinean con la mirada el culo de la una y las tetas de la otra. Se van felices con haber conocido al Pibe.

Hace años, cuando el Pibe conquistó a Colombia derrotando a la Argentina y clasificando a tres Mundiales seguidos, él tumbó el mito de que su padre había impulsado la misión patriótica de fecundar cuantos Pibes fueran necesarios en Santa Marta para atender los compromisos sociales, los autógrafos y las fotos del Pibe original, el que combinaba su cabello con la camiseta en los partidos calurosos de Barranquilla.

El mito quedó derrumbado con el Pibe sentado en una sala, vendiendo papitas con una voz suave, sin eses, que entraba por el micrófono de una grabadora. Su hermana no fue la víctima y no había dejado de vender en la televisión. Nunca estuvo promocionando un hotel en las calles y tampoco montó sobre un yate ajeno esa tarde de sábado. No aprendió las enseñanzas del Tino Asprilla, pero desde sus tardes en Barranquilla impulsó la misión invasora de que otros pinceles, que no fueran el suyo, es decir brochas de ritmo brusco, decidieran pintar como fuera, otros Pibes para recordar su imagen en las calles sonrientes de su Santa Marta.

martes, 10 de abril de 2012

HOMBRE ALEX

Hombre Alex, te saliste del colegio porque una sicóloga te dijo que era mejor que la abandonaras para que tus ojos no siguieran esforzándose por leer a un metro del tablero. Y eso que sobre la falda de esa extensa nariz, que no parece ni la de tu papá que es ñato, ni la de tu mamá que es chata y pequeña; cuelgan unas gafas que hacen ver tus ojos diminutos en el interior.


Esos lentes que aumentan tu nublada vista, hoy parecen un pretexto para no volver a la escuela. Sólo te faltan dos grados para terminarlo y ahora te sientes más cómodo recostado en tu cama, viendo televisión y dejando que sobre tu ventana se pose el sol y alumbre la luna en la noche, mientras pasan tus días.

Cuando naciste te calificaron de “especial”, y no precisamente porque fueras el único hijo de ese matrimonio, que llenaba de regocijo la unión de tus padres. Eras especial porque los médicos afirmaron en tus primeros años de vida que tendrías problemas de aprendizaje. ¿Acaso tu papá, tan bebedor él, abusó de la bebida una noche y en ese estado embarazó a tu mamá? No sabemos Alex, ni tú, ni yo. Yo lo cuestiono, seguramente no te harás esa pregunta.

Hoy eres tan alto, que pareces fruto de otra familia. Mides 1.80, tu nariz es como una rampa de aterrizaje para las avispas, tu labio inferior está enrollado hacia afuera, tu espalda está encorvada y tus chistes parecen comentarios de infantes y no de adolescentes como el que eres hoy.

Tu casa es como una cárcel hacinada. En ella conviven dos familias, incluyendo a tu abuela, nonagenaria, que todos los días pregunta cuántos años tiene.
Cuando llega una visita, dice que no recuerda cuándo murió su esposo. Se repite una y otra vez si asistió al entierro de ese hombre fallecido tres décadas atrás. ¿Quién es usted?, pregunta de golpe a cada instante.

Ella en una cama, renunció a levantarse de ella. De la cintura sensual de esa chaparrita, hoy quedan músculos flácidos. Los problemas de la cadera le impiden salir a tomar el sol. La ventana está cubierta por barrotes y la vieja dice no saber en dónde vive. Cuenta que quiere volver a su casa; Alex le responde que está en ella.

Ay Alex. Sé bien que no lo sabes, pero escuché hace poco que en tu casa no deben permitir que te estreses. Pero, cómo, si sólo hay un televisor y quieres jugar en un computador. Y no tienes, Alex, en tu casa no hay forma de comprarte uno. Sólo con mucho esfuerzo tu papá lleva para el mercado y paga los servicios públicos. O, cuando por mala suerte, el Ñato, como le dicen a tu papá y no porque sea narigón como tú, llega borracho y se gasta el dinero con el que iban a comer en la semana, empieza otro calvario para tu madre.

Hay otra razón por la cual abandonaste la escuela: tus compañeros. Muchos se rehusaban a hacer las tareas contigo, aunque con tu disciplina combatías ese calificativo de especial que te impusieron desde niño, porque nunca dejabas de hacer tus tareas y seguías avanzando año a año. Ese rechazo, tal vez asco de algunas niñas, te llenaban la cabeza de cosas. ¡Cómo te desprecian, con lo buena persona que eres!

Ay Alex, te saliste de la escuela, porque bien lo intuye el resto de tu familia, que en tu casa no hay dinero para comprarte una cartulina, un lapicero, un cuaderno. Tú queriendo estudiar y tantas personas desperdiciando esa oportunidad de hacerlo.

También te tildaron de especial, porque en un ambiente tan machista como el de tu familia, todos saben que cuando eras más pequeño debieron extraerte los testículos. Estaban conviviendo al lado del ombligo y no en la caverna donde debían permanecer.

Tantas cosas te han pasado, que tu mamá te fue a retirar de la escuela. Tantas cosas juntas. ¿Cómo no te vas a estresar con estos días tristes? Llueve y llueve y no puedes salir de tu casa. Muy clarito le dijeron a tu mamá, que tu corazón no es el más óptimo, que volverás a sufrir ataques de epilepsia. Por eso no te puedes estresar, Alex, entiéndelo bien.

Y tú desconociendo todo. Sabes verdades a medias como el sueño que le dijiste a tu mamá hace poco, en tu encierro, en tu casa, al lado de tu abuela.

-Mami, yo quiero tener hijos.