martes, 28 de enero de 2014

El pueblo que sobrevivió a la diáspora


Texto: Juan Camilo Gallego Castro
@jcamilogallego

Esta es una tierra grandiosa. Es una montaña arrugada con un verde intenso y cicatrices oscuras. Es un bosque mutilado que fluctúa entre la lumbre de sus árboles bajo el sol sofocante y los campos desolados. Hay quebradas y ríos furiosos y cristalinos que bajan helados en este mirador caliente. Mirador. En la madrugada clarísimo dibuja el río Magdalena –que atraviesa el país de Sur a Norte- su camino entre las cordilleras central y oriental que brotan en sus costados. También es frío. Al final de la tarde reposa entre algodones que se mueven con la velocidad de un oso perezoso. Aquí se mezcla el calor del trópico con el polvo de una vía tortuosa de 33 kilómetros. Y sin embargo, lejos de las comodidades de una ciudad, un pueblo de nombre Aquitania vuelve a crecer. No es que en más de doscientos años no haya tenido tiempo suficiente para hacerlo. Es distinto. Justo aquí, la vida ha renacido.

Son las 8 de la noche del 20 de julio. Es día de fiesta nacional. Una bandera de Colombia –amarillo, azul y rojo- es llevada entre las calles frías rodeada por antorchas, amenizada con cumbias y gritos de carnaval. Con tambores. Tambores. Pam pam pam. Tambores intensos y rápidos como una marcha, como presagio de la guerra. Pero no. Es una marcha de paz. El décimo aniversario de la huida. Caminan frente al colegio y en su pared pulcra, en letras negras, como una década atrás con amenazas y mensajes de miedo, dice: El corazón tiene razones que ni la misma razón conoce.

Amarrados de dos estacas un par de cerdos esperan la hora. Sobre las dos de la madrugada un par de hombres amarrarán sus patas traseras de un poste de energía y allí, justo frente a una de las dos discotecas ante visitantes absortos y bebidos, mascullarán el dolor de la muerte con un puñal oxidado. En la madrugada el domingo será claro. La carne fresca estará en las carnicerías.

Cruza el desfile y se concentra en una placa polideportiva, frente a una iglesia inmaculada y triste.

Las calles lastimeras del parque se aprisionan bajo los pasos de la multitud que escucha, que susurra. Recuerdan. Una mujer monumental, de vestido blanco y pies desnudos, el cabello ondulado enmarañado sobre su espalda levantándose ante la brisa, grita hijo, no vayas a la guerra.

-¡Hijo, no vayas a la guerra!

La voz suplica a los presentes, grita a los absortos, señala a los culpables. Ellos saben quiénes son. Lo sabe. No pronuncia sus nombres. Están entre la gente.

-¡Amor necesitamos, violencia ya no más!

Esta noche habrá música y baile. Gritos de esperanza. Esperanza. La mayoría de los que la escuchan huyeron. Regresaron.

En las esquinas soldados cargan su fusil. Entre la gente, otros, observan.

-¡Amor necesitamos, violencia ya no más!- termina de suplicar la poetisa. Ana Ligia Higinio su nombre. Desplazada, retornada. Lideresa.

***  

Un resumen diría que Aquitania fue fundada en 1783 por Abelardo López, Mario Orfina, José Félix Restrepo, Juan Guzmán y José Dolores López. El origen de su nombre es inverosímil. Caminaba un hombre con su mujer embarazada. La noche acechaba entre el bosque bullicioso. Arribaron a un sitio y el hombre le dijo: Aquí, Tania. La historia la narró la pareja poco después a quienes ya habitaban el territorio y adoptaron el relato como el origen de un sitio sin nombre, un cúmulo de casas entre la selva llena de guaguas. Aquitania lo llamaron. Aquí, Tania.

***



-¡RETORNO CON DIGNIDAD HUMANA Y REPARACIÓN INTEGRAL!

Es domingo y hace pocos minutos inició la marcha pacífica que dará por clausurada la conmemoración de los diez años de la huida. El camino que lleva hasta la placa polideportiva, de nuevo, frente a la capilla blanca, de madera, es la única vía de ingreso a Aquitania. La carretera, antes de entrar al pueblo, guarda silencio y muestra sus heridas: cruces blancas se agolpan a lado y lado. En madera, con fechas, nombres, letras oscuras, desteñidas. Algo pasó.

-Reconstruyendo el tejido social haremos revivir nuestra esperanza- dice Ana Ligia Higinio.

-¡Duro, que no los oigo!- vocifera una mujer morena, de dientes blanquísimos y brillantes.

-¡RECONSTRUYENDO EL TEJIDO SOCIAL HAREMOS REVIVIR NUESTRA ESPERANZA!

La multitud avanza y grita y reclama. Se concentran en la placa deportiva de cemento empotrada en mitad del parque.

***

Jesús María Guzmán. Así se llama el hombre de 83 años que reposa en una silla plástica en el billar ubicado en la esquina que da ingreso al parque.

-Yo me siento muchacho. Las únicas viejas son la cédula.

El sitio es una casona colonial de dos plantas, puertas, ventanas y pretil de madera. Arriba la casa. Abajo el billar: paredes azul celeste, sillas plásticas amontonadas en una esquina y tres mesas de billar.

-Aquitania es conservadora-dice ajustando su sombrero blanco-. La violencia empezó en 1948 con la muerte de Gaitán. A mí me tocó perseguir la chusma[1]. La guerrilla subió por acá matando conservadores. Eso fue una cosa muy horrible.

Jesús María Guzmán –cabello corto cano, nariz aguileña, lunarejo y de ojos entrecerrados- fue arriero. Medio siglo atrás iba con sus mulas hasta un pueblo de nombre Cocorná, del cual dependía Aquitania. Llevaba maíz y regresaba con jabón, petróleo y sal. Tardaba una semana en ir y volver. En su pueblo no se conocía el arroz, tampoco consumían papa ni carne de cerdo. La mayoría de sus habitantes desconocía la existencia de la energía eléctrica y de los automóviles.

-La guagua estaba amontonada. Aquí mataban un marrano y la gente no probaba. La carne de monte es la más buena. Vivíamos alentados.

La base alimenticia reposaba en yuca, plátano y frijoles. En ese tiempo, cuando escaseaba la carne, los frijoles la reemplazaban. Eso creía. Lo cree Jesús María. En 1990 finalizó la construcción de los 33 kilómetros de carretera desde la autopista Medellín y Bogotá. Con esta la energía eléctrica. Poco menos de un lustro atrás apareció el primer televisor.

El balcón colonial zigzaguea en el segundo piso, con altos y bajos. Debajo de él cuelgan algunos helechos, la madera está oscura, mojada, y con musgo.

-El balcón está que se cae.

-No hombe, eso está muy fino, no tiene cuando caerse.

De atrás del mostrador surge una sombra que se aproxima a la primera mesa de billar, justo donde Jesús María recuerda.

-Esa muchacha tiene entre 50 y 55 años. Se llama María Jesús Soto Escobar.

La muchacha es la segunda esposa de Jesús. Sonríe disimulando prevenida el temor que le genera escucharlo. Tampoco habla. Guarda silencio. Con esta 25 años. Con la primera, la madre de 11 hijos, “entre 35 y 40 años”.

***

Aquitania ha cambiado de dueño. Primero perteneció a Cocorná, un pueblo rodeado por ríos rocosos en el departamento de Antioquia, en el centro del país. Hoy hace parte de San Francisco, otro poblado entre el bosque. En 1998 el municipio contaba con 15.500 habitantes. Una vez los armados –Farc, ELN, paramilitares y Ejército- se encargaron de hacer su guerra entre la población, la mayoría abandonó su territorio. San Francisco, en 2005, apenas lo habitaban 2.500 personas; Aquitania, 20 ancianos.

***

El cielo permite cruzar los rayos de sol que pronuncian el tamaño de la casona con su sombra sobre la calle áspera.

Un tipo de botas oscuras y pantalón desteñido cruza el umbral. Cigarrillo en su mano derecha. Bigote negro aguarda la caricia.

-Fumé hasta los 40 años –dice Jesús María al observarlo-. Fumaba tabaco. Lo prendía, me lo fumaba. Y luego volvía a prender el mochito. Cuando me quemé la lengua dejé de hacerlo.

Llega uno más. Sombrero, poncho y camiseta.

-Vamos a jugar- dice.

El juego es a quinientos pesos dirá Jesús María.

-El juego es a quinientos pesos. Acá hay que trabajar barato. Nunca aprendí a jugar- lo dice mirando la mesa con sus ojos claros escondidos entre unas gafas gruesas de aumento.

-Cada ocho días me saco para el mercadito ganándole a este- dice el segundo, integrándose a las palabras del dueño del billar.

El primero asiente y con sus dedos manchados con el azul de la tiza agarra el taco en busca de revancha. Siguen en su juego. Y acá.

-Este billar –continúa Jesús María- ha estado quieto porque la coca la arrancaron y ya no hay plata.

Tas tas. El segundo hombre lanza la bola 4, púrpura, en el orificio de una esquina de la mesa. Sonríe dirigiéndonos su complacencia. El primero sostiene cigarro entre sus labios y deja extender la ceniza hasta que el peso apremia y se desploma hacia el suelo.

-Me gustaba mucho el guarito. Me pegaba borracheras muy fuertes. La última fue de toda una semana. Después de eso no volví a beber.

-¿Y no peleaba con machete?

-No.

En su silla Jesús María es un ser petrificado que tan solo cuenta historias. Apenas mueve la cabeza. Se mantiene con piernas cruzadas y poncho sobre el cuello. En su mano izquierda un reloj de manilla plástica y vidrio reventado. Antes del hombro derecho, una piel brillante con una fisura, como un valle accidentado. No es una arruga, le digo.

-No es una arruga…

-Esto me lo hizo un enemigo con el que me encontré. Nos encendimos a peinilla.

-¿No que no peleó con machete?

Sonríe. Avanza.

-Tenía la mano levantada y llegó el machetazo. Salía la sangre disparada. Lejos. Por suerte había vecinos cerca. Grité. Eso era vaciado de sangre. Casi me muero. Unas venas me las mocharon.

Dos de los dedos de su mano son como piedras que murieron entrecerradas.

-En esa época nos curábamos nosotros mismos- dice. Los dos hombres lo miran luego de un acierto del primero-. Tenía 30 años cuando se me recogieron los dedos. Por aquí se peleaba a punta de plan. Peleando y peleando resultaban los campeones. El más guapo se regaba y se ponía a pelear en las cantinas. Decía “a ver, cómo es” y todos se quedaban callados porque ese era el guapo. Eso era como juego de trompo, cada ocho días se daban plan. Hay un mocho por ahí que perdió la mano en una pelea con machete. Era de los guapos y ahí perdió la mano por guapo.

Por guapos.

***



Sucedió el mismo año de la huida. En 2003 el Proyecto Simci II de la Oficina contra la droga y el delito de la ONU identificó algunas hectáreas sembradas con coca en el municipio de San Francisco y su corregimiento Aquitania. Se convirtió en uno de los 44 municipios de Antioquia –de 125- con presencia de cultivos ilícitos entre los años 2001 y 2007.

Para el 2005 había 24 hectáreas sembradas. El año siguiente fueron más de 100. Para 2007 sus cultivos representaban el 0.8% del total departamental y en 2008 el 3.9% con 235 hectáreas sembradas. Fue la más alta desde que se hace el monitoreo.

En comparación con otros municipios del Bajo Cauca y Nordeste antioqueños, en donde hubo municipios con más de 1.600 hectáreas cultivadas la cantidad sembrada en San Francisco –y Aquitania- era irrisoria. No por ello escaseaba el dinero. Campesinos cambiaron plátano y yuca por coca en sus tierras fértiles. Este período coincide con la hegemonía paramilitar en el corregimiento y los municipios aledaños.

En Aquitania primero estuvo la guerrilla de las Farc. Aparecieron en 1982 después de una masacre en un corregimiento cercano –La Danta-. Para esa época se replegaban ante el acoso de los paramilitares –que se convirtieron en las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio-. En los años noventa la guerrilla del ELN se apoderó del territorio hasta que las Farc retomaron las riendas hasta su derrota definitiva en 2003.

***

La orden llegó de Pocitos, una vereda. Ese día la guerrilla de las Farc, que disputaba el territorio con las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio y el Ejército y que ya había perdido una batalla con estos, dio la orden de abandonar Aquitania para retomar el territorio en donde se hicieron fuertes con su trabajo político. El plazo: tres días. Huir. Abandonar. Desplazarse -5 millones de desplazados ha tenido Colombia a raíz del conflicto armado-.

Era 20 de julio. Ana Ligia Higinio, la lideresa, era representante legal de la Asociación la Sonrisa del Niño. Estaba en la sede cuando una mujer se acercó llorando. Al preguntarle la razón, respondió: cómo no hacerlo, si nos tenemos que desplazar. En un chivero salieron los primeros y así, como desgranando una mazorca, salieron todos en la huida. La gente se congregó en el parque y allí llegaron con lo poco que podían llevar. Algunos salieron en volquetas, otros en vehículos pequeños o en camiones.

Apenas permitieron ingresar unos pocos para la huida. La mayoría de las 1.800 familias que huyeron lo hicieron caminando. Caminando. Niños, jóvenes, viejos. Todos. En la tierra amarilla, entre las piedras sueltas, bajo el calor sórdido. Dos horas tarda un vehículo en transitar los 33 kilómetros hasta el final de la carretera cuando no hay lluvia. El tiempo se triplicó. No vaya a ser injusto. Se multiplicó. Unos, luego otros. Y así. A San Luis, Rionegro, Marinilla, El Santuario, Medellín, llegaron. Se dispersaron. Muchos volvieron. Siguen retornando a la morada. Otros no quieren volver. Duele. Volver a empezar.

De los cerca de 4.500 habitantes que tenía Aquitania, tan solo quedaron siete familias, ancianos que decidieron resistir y cerrar sus puertas, guardar silencio, llorar el abandono.

***

Es 21 de julio. Diez años después. En la placa polideportiva se hace un acto conmemorativo. En su billar, sin prestar mucha atención, Jesús María recuerda.

-Eso fue muy duro pero no me fue tan mal porque arrimé donde una hija que vive en San Luis.

San Luis, otro municipio entre estos bosques, más cerca que Cocorná y San Francisco.
Jesús María no caminó, pero sí lloró la partida en un carro mientras descendía de la montaña y a lo lejos observaba la cúpula de la iglesia que se iba perdiendo en el recorrido.

Cuatro meses después llegó la noticia de la batalla final. El sangriento resultado: los paramilitares, de la mano del Ejército, habían expulsado de la zona a las Farc. Para Jesús María esa victoria significaba regreso. No consultó, estaba decidido.

-Un día un chófer dijo en la calle que la guerrilla dijo que todos podían volver. Ahí mismo nos fuimos pa’ arriba, empacamos las cositas y plum, subimos para acá. Dejamos gallinas y una vaquita y no encontramos nada.

Regresó. Entre el bosque surgieron claros. Cicatrices. Árboles perdidos. Maleza, ganado. El lustro siguiente deforestaron el bosque y el crimen ecológico se hizo visible. A su vuelta, abundaban gigantes terrenos para pastos y ganado. También para la coca. No hay cifras sobre la masacre ambiental, pero no se necesita mucho para que un habitante de Aquitania reconozca que el bosque que dejaron lo encontraron mutilado.

-Fui uno de los primeros en regresar. Teníamos la esperanza de que la gente iba a volver. Muchos teníamos solarcitos. Todo estaba muy acabado pero volvimos a la casa- dice con resignación.

Los demás encontraron sus casas vacías, saqueadas. Las moradas silbaban ecos de dolor. Hubo que volver a sembrar, a construir, a reír, a nacer.

En los años siguientes regresaron 1.800 personas, poco más de un tercio de las que alguna vez se enorgullecieron del paisaje abrumador que se divisaba desde lo alto de Aquitania.

Pero no estaban solos.

***

De acuerdo con el Observatorio de la Vicepresidencia de la República, los municipios de Colombia con la mayor cantidad registrada de eventos con minas antipersonal entre 1990 y julio de 2005 fueron San Francisco, Antioquia, (163 eventos), San Vicente del Caguán, Caquetá, (120); Montañita, Caquetá (116); Tame, Arauca (111); San Vicente de Chucurí, Santander (100); Arauquita, Arauca (106); Florencia, Caquetá (85); Cocorná, Antioquia (82); San Carlos, Antioquia (80). San Francisco estuvo por delante de municipios reconocidos en el panorama del conflicto nacional como tradicionales focos de disputa. Es decir, y teniendo en cuenta que Colombia es uno de los países con más minas en su territorio, San Francisco –y Aquitania-, fueron una de las zonas más minadas del mundo.

La guerrilla de las Farc protagonizó la siembra de minas antipersonal en el territorio, una vez el Ejército construyó su base militar arriba de Aquitania y resultó vencedora –con los paramilitares- de la Operación Marcial, con la cual se expulsó a los subversivos de la zona.

La siembra de minas generó un desplazamiento interno. Es decir, habitantes de las veredas se vieron en la obligación de abandonar sus tierras minadas para huir al centro urbano del corregimiento. Esa es una de las razones por las cuales cinco de las 13 veredas se encuentran desiertas.

En 2013 el municipio de San Carlos, también en el Oriente de Antioquia, fue declarado por el gobierno como el primer municipio libre de minas en el país. El que sigue –y está en proceso- sería San Francisco.

***

Jorge Mario Alzate es director del Programa de Víctimas de la presidencia de la república en el departamento de Antioquia. Dice que en la región Oriente acompañan a 8.000 familias. 1.000 hogares pertenecen a San Francisco, y de estos 300 son del corregimiento Aquitania.
Habla de reparación individual y colectiva. Con la primera hay una indemnización de 40 salarios mínimos vigentes. La comunidad se encarga de definir cuál sería la segunda. Aquitania lo está definiendo. Sueñan con un museo de la memoria y con la vía de 33 kilómetros pavimentada.

El programa, como lo pretende la ley 1448 –Ley de Víctimas-, pretende restituir, rehabilitar, indemnizar y garantizar la no repetición. Falta mucho y más en la verdad de lo que sucedió. Verdad que los grupos armados implicados –e incluso el Ejército que se alió con los paramilitares para combatir a la guerrilla y que luego fue motivo de escándalo por los falsos positivos: jóvenes inocentes del corregimiento que fueron señalados y presentados como guerrilleros. Esta cruda verdad la denunciaría luego la poetisa Ana Ligia Higinio- no reconocen.

-Hay una debilidad en la verdad, porque lo que dicen –los exjefes guerrilleros y paramilitares- se queda en las salas y no es divulgado en medios y toda la gente no puede acceder a ellas- admite Jorge Mario.

No es suficiente con divulgar, digo.

***

Las piedras de los ríos tienen nombres. Ocres, blancas, grises, negras. Todas tienen escrito un nombre, fecha, edad, sexo. Es la casa de la memoria: un cuarto de poca luz y escaso espacio para tantos recuerdos. En una pared hay dibujos de niños en los que retratan sus recuerdos del conflicto. Y aunque están llenos de color las escenas no pueden ser más oscuras. En una, un niño dibujó un río con sus aguas rojas, tan vivas como la sangre, como el río Magdalena, en donde los armados lanzaron cientos de personas que aún están desaparecidas.

Hay carteles, telas, historias, fotografías, piedras. Y éstas, la representación de ese ser que perdieron –perdimos- yacen en el suelo sobre un plástico. Su desaparición es la razón por la cual quisieron utilizar las piedras de sus ríos embravecidos para recordar a quienes les quitaron la vida, a aquellos que no dejaron un cabello como rastro.

Las piedras están juntas, reunidas, frías. No fueron extraídas para lanzarlas. Están ahí para construir, porque la verdad que recaía en los armados nunca fue reconocida. De esta manera es como ellos construyen su verdad y hacen catarsis sobre el pasado y vuelven a darle vida a un sitio que creyeron muerto. Hacen todo esto porque en Aquitania quieren construir otra historia, una que dé la espalda a los armados y sus fusiles y sus balas y sus minas antipersonal y su indiferencia y su desprecio y su… y su…

Han vuelto para construir, reconociendo con dolor la frase en letras negras escrita en la pared blanca del colegio: El corazón tiene razones que ni la misma razón conoce.

Regresaron.





[1] La chusma fue el apelativo que recibieron los adeptos del partido Liberal, del cual Jorge Eliécer Gaitán era su líder.

viernes, 17 de enero de 2014

El norteño, un artista itinerante

Texto: Juan Camilo Gallego Castro 
Fotografías: Diego González

A Lubín Holguín no le preocupó aquella noche de domingo en la que cantó en El Show de las Estrellas que la mañana siguiente tendría que madrugar a vender sus cedes en buses que serpentean la autopista Medellín-Bogotá.

Fue el momento más feliz de su vida. Y lo sabía. Fue el instante dorado en el que lo envolvió la satisfacción de verse frente a Jorge Barón y escuchar el grito al unísono que decía: ¡Norteño, Norteño! Ese día es la lumbre que ilumina sus recuerdos; el sitio al cual desea regresar una vez deje de vender su música viajando kilómetros entre pueblo y pueblo, entre buses y buses.

Son las ocho de la noche y nos encontramos en una cafetería en el parque de Marinilla, un pueblo frío ubicado a una hora de Medellín. Lubín Holguín -31 años, cuerpo rollizo, mejillas abundantes y sonrosadas, y padre de familia- pide un café con almojábana y se resiente de su garganta. Quienes lo conocen lo llaman Norteño. Él sonríe, se siente importante.

En el suelo, apretada con sus botas negras, sostiene una bolsa con un bafle oscuro en su interior. Hasta hace pocos minutos estaba en la autopista interpretando una de sus 32 canciones a bordo de un bus. Guarda su sonrisa y saca de un rincón el pensamiento que lo corroe en los días difíciles.

-A veces uno se desilusiona. Si me dicen que tengo madera, ¿por qué hasta ahora no tengo un patrocinador? Dicen que Marinilla es una ciudad de talento musical, pero con gracias y felicitaciones no vivo y no mantengo a mi familia- dice, con voz baja en la cafetería.

Su rostro muestra una expresión adusta. Imagino que muchos días llega a casa desilusionado. Aunque dedicarse a sus canciones y a sus anhelos es mejor y más satisfactorio que raspar coca o vender gasolina de contrabando, como debió hacerlo en su juventud, los tropiezos con la música son innegables.

-Soy muy poca cosa para mucha gente porque trabajo en los buses. Para muchos es un desprestigio. Imagínese que una vez el alcalde de San Luis, el pueblo en el que nací, dijo que cómo iban a llamar a un gamín a las Fiestas de la Madera.  


***

Sentado frente al Norteño me percato de lo bien que sabe interpretar su papel artístico: viste chaqueta negra, camisa gris a rayas y botas oscuras; en la cintura una gruesa correa con una chapa gigante con la cabeza de un toro. Está bañado en plata: una gruesa cadena en el cuello, una pulsera en su mano derecha y tres anillos repartidos entre sus dedos. Esta vez dejó el sombrero en casa y prefirió engominar el cabello hacia atrás.

Es evidente que no solo canta por vender en los buses, sino que se muestra como quien es, el Norteño Paisa, como un hombre que interpreta corridos y le canta a desplazados, secuestrados, a la guerra y la paz, a su hija, a su familia, a los problemas de su región; aunque también hace honor en otras canciones a los temas característicos de este género musical: las mujeres, el desamor y el licor.

De pronto, mirando a su alrededor, el Norteño retorna a la alegría mientras apura un trago de café.

-Por primera vez se me salieron las lágrimas cantando una canción- dice, llevando como pinzas los dedos a sus ojos, recordando una de las historias de la tarde. De pie, mientras cantaba “Al son de guitarras”, con el bafle negro adherido a su hombro y el dedo índice de su mano izquierda al aire como queriendo enfatizar en fragmento de su canción, los ojos se le humedecieron.

“Que se escuchen sonar las guitarras,/ bien acompañadas de humo y licor;/ que en la mesa no falte cerveza,/ también las botellas de aguardiente y ron./ Porque traigo un dolor en mi alma/ que me está matando y culpable no soy./ Me dejó cuando más la quería…”

De repente, un par de lágrimas brotaron hacia sus mejillas abultadas. Al final, secó su cara con la manga de la camisa, miró a los pasajeros y les ofreció sus dos trabajos musicales: Dos cedes, envueltos en papeles azul y negro y cubiertos con un plástico, con el nombre en letras amarillas de “Lubín Holguín, el Norteño Paisa”, y en el respaldo la lista de sus canciones.

-¡Ay, como canta de lindo y con todo ese sentimiento que hasta llora!- le dijo una mujer con una sonrisa en su piel surcada y un billete de cinco mil pesos en una de sus manos.

Ahora, mientras remoja la almojábana en el café, Lubín habla con voz carrasposa: “Estoy tan congestionado, que por eso se me salieron las lágrimas cuando cantaba en el bus”, dice, y de inmediato suelta una risotada recordando las palabras de la mujer: “Tenía tantas ganas de estornudar que por aguantarme es que lloré”.

Hace tres años decidió cantar en los buses y vender allí su producción musical. Se niega a dedicarse a otro oficio, porque para un hombre como él, a estas alturas de la vida no puede darse el lujo de renunciar a sus sueños, de desperdiciar todo lo que ha aprendido con la música, de decirle no al anhelo que tuvo desde niño. Y como no se iba a quedar esperando alguien que lo impulsara hacia el éxito, pensó que entre buses y pueblos vendería sus cedes; y así ha financiado su carrera artística y ha mantenido a su familia.

Cuando sale de casa, por su mente cruzan innumerables sentimientos: muerde el polvo esperando un patrocinador, aunque saborea el orgullo y la satisfacción recordando el reconocimiento de los suyos y la presentación que hizo en 2012 en El Show de las Estrellas, en Marinilla.

Aquel fin de semana, recuerda ahora con la espalda recta y una sonrisa que gana terreno entre su cara redonda, el alcalde Gildardo Hurtado y Jorge Barón lo llamaron a su casa. En cuestión de segundos le explicaron que habían elegido sus canciones para cerrar el espectáculo. La noche del domingo era el inicio de su éxito, el día en el que dejaría de salir a cantar en vehículos de transporte público. Pero la nube de su imaginación se desvaneció en la madrugada. El Norteño, asegura con emoción, esperaba interpretar “Doble traición”, la historia de un tipo rico que le tendió la mano a su amigo y este se quedó con su mujer; Barón fue enfático en que quería que cantara “El orgullo de un desplazado”, su primera composición, y “Canto a la libertad”, en honor a los secuestrados. Y así lo hizo. Al día siguiente cambió el trono que había soñado por el banquillo terrenal desde el que sigue cantando para regresar a su cima.

***



A los ocho años de edad Lubín interpretó su primera canción norteña. Al final de una tarde, de pie sobre el cadáver de un tronco talado, levantó sus manos oscurecidas con la tierra y se dirigió hacia el campo, alzó la voz y suplantó por unos minutos el trino de sinsontes, carpinteros y azulejos. Esa tarde decidió que sería un cantante, un norteño.

Entonó una canción mientras el sol caía en el sueño y las chicharras comenzaban su concierto. Lo hizo cuando había terminado de arrancar yuca con su papá. Imaginó los huecos en la tierra negra como los espectadores de su voz chillona y sentimental. Era su público imaginario en una vereda de San Luis, un pueblo del Oriente antioqueño, entre bosques húmedos y ríos empedrados.

-El único canto que quiero escuchar es el de la rula- le decía su papá, enojado, porque no quería que su hijo perdiera el tiempo creyéndose cantante.

Así y con todos los regaños, Lubín nunca dejó de cantar. Soñaba con ser un artista, un bohemio popular en todos los pueblos. Un cantante. Cuando raspó coca nadie lo callaba. Allá en el Caquetá y Putumayo, en donde estuvo casi una década, le pedían que continuara cantando para no quedar en silencio en medio de la selva; cuando prestó servicio militar en el Ejército se hizo el artista de los soldados y en la Universidad Autónoma Latinoamericana, en Medellín, en donde fue vigilante, su voz se hacía eco entre los pasillos vacíos y oscuros en la noche.

***

Los gritos histéricos de su canto se perdieron pronto con la bruma que palidece las montañas de la vereda La Garrucha en San Luis. Escuchar sus palabras cuando el café se agotó en el vaso y las últimas gotas humedece sus labios, me permiten entender con claridad el tema de sus canciones. A los nueve años su papá decidió echarlo de la casa. 

Por aquel tiempo un adolescente de 15 años lo invitó a jugar fútbol con otros en la cancha de la escuela. Al negarse lo golpearon, y la respuesta de la profesora ante su denuncia fue: “defiéndase como pueda” Y en efecto lo hizo, con una piedra directo a la cabeza del joven que amenazaba con pegarle de nuevo. Le abrió una herida de donde manaba sangre como agua en su región. Lo expulsaron de la escuela y de la casa. En la autopista, con dirección al río Magdalena esperó a que un camión se detuviera y lo llevara a cualquier lugar. 

Terminó en Caquetá, en el Sur del país, en donde raspó coca, y, seis meses después, en La Hormiga, Putumayo, en donde estuvo hasta que cumplió 17 años. Creció lejos de su familia y regresó casi una década después cuando creían que había muerto en algún lugar. 

Al volver a San Luis hizo mantenimiento en la autopista Medellín-Bogotá y, más tarde, vendió gasolina de contrabando cerca de su pueblo. Fue un negocio rentable hasta que en el año 2000 las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio–ACMM- ordenaron evacuar las viviendas ubicadas a menos de un kilómetro de distancia de la autopista Medellín-Bogotá, entre Alto Bonito (El Santuario) y Río Claro. Ese día entendió que su destino no estaría en su pueblo, sino lejos de él. 

Así llegó a Marinilla, uno de los municipios del Oriente antioqueño que más desplazados recibió de la región. Entre filas y filas recibió la carta que lo confirmó como un desplazado más del conflicto armado en Colombia. Por aquellos días en un papel suelto escribió “El orgullo de un desplazado”, su primera canción, que se convirtió en el himno entre quienes padecían su drama y en una de las canciones que interpretó aquella noche soñada en El Show de las Estrellas. 

Me siento muy orgulloso / por ser un buen campesino, / trabajando siempre duro / conseguí lo que he querido. / Gracias a Dios doy por todo, / soy un hombre agradecido./ Con la violencia en mi pueblo, / dejamos tierras y cultivos, / mucha gente está sufriendo/ porque todo lo han perdido,/ otros ya se establecieron, /les tocó un nuevo destino.



Mientras recuerda su historia, espero escuchar algún quejido, un lamento. Pero no, él no reniega de su pasado, de su familia. Se asegura de que su niña Juliana Marcela no tenga que sufrir como le tocó a él. La vida es así, me parece leer en su mirada. Convierte las tragedias en los temas de sus canciones. 

El Norteño no soporta hablar de su vida sin cantar una pequeña estrofa de sus canciones. Hace minutos terminó su café y necesita mostrar su talento. Del suelo levanta el bafle negro en el que nace la música de sus canciones, conecta una memoria USB y confirma antes de empezar que su segundo trabajo musical, “Al son de guitarras”, no tiene canción mala. 

Sobre la mesa metálica deja sus dos cedes y, tal vez buscándolo, se convierte en el protagonista de la cafetería cuando sube el volumen. Le brilla la cara, los ojos se iluminan, la voz crece y crece y la música de fondo, de una emisora de Rionegro, se rinde ante el canto del norteño. 

A todos los secuestrados que se encuentran en la selva/ Reciban un gran saludo de una población entera/ Y que Colombia muy pronto la liberación espera./ A los captores les pido que piensen y consideren/ Son personas inocentes pagando lo que no deben/ Es la injusticia más grande/ Que están cometiendo ustedes./ Yo siempre he dicho lo mismo/ La libertad en esta vida, para mí es lo más sagrado/ Cuándo será que liberan/ A todos los secuestrados.

***

Desde las 10 de la noche, cuando cerraban la Universidad Autonóma Latinoamerica, Lubín cantaba hasta la madrugada. Caminaba entre los pasillos, con la escopeta en la espalda, inventando canciones e interpretando la música de otros artistas. No necesitaba micrófonos ni altavoces para cantar. En el edificio se encerraba su voz con letras melancólicas, cerraba los ojos e imaginaba sus seguidores, las rocolas de las cantinas con sus canciones; alzaba las manos saludando su público y agachaba el torso para rendirse ante quienes lo aplaudían. 

En una de aquellas jornadas interpretó “El orgullo de un desplazado”. En su mente imaginaba el acordeón y las guitarras que acompañaban su voz. A mitad de la noche, entre el eco y la oscuridad apareció la silueta de un hombre. Las palabras se le escaparon y quedó petrificado como si ante sí hubiera un fantasma. 

-¿Por qué se queda callado, hombre?- le dijo uno de los docentes que se había quedado dormido en su oficina-. Tenga estos 20 mil pesos para que siga cantando así de bonito. 

Días después, el profesor se le acercó a Lubín. Le explicó que había acordado con un estudio para que grabara su primera canción. Tres semanas después, con la ayuda de un hermano y un amigo, grabó dos más. En ese momento, recuerda ahora, tenía tres canciones y se hacía a la idea de que lo suyo era la música norteña y no la vigilancia, de que haber cantado de niño en las tierras de San Luis no era una utopía sino un augurio de que su futuro estaría entre tarimas y estudios. 

A casa llegaba entusiasmado con su promisoria carrera musical. A cada instante se repetía que el público que había soñado en el huerto de su papá dejaría de ser una fantasía. Entre sus compañeros Lubín se convirtió en el Norteño, en el cantante, en el artista. El vigilante-cantante. No dudó en componer una canción al oficio que desempeñó por tres años y en dedicársela a quienes trabajaron con él: “Para todos mis compañeros en Atlas Seguridad”. 

Soy colombiano, de corazón lo digo/ A mucha honra, hijo de un muy buen campesino/ Soy vigilante y no lo niego, mi hermano./ Sirviéndole a la gente me verán uniformado./ Los vigilantes trabajan con mucho honor./ Y de mi parte mi respeto para ellos,/ Pues estos hombres trabajan con mucho amor./ No los ignoren, ellos merecen respeto. 

Ante algunas directivas de la universidad y la empresa de seguridad llegó la noticia de que había un vigilante dedicado a la música, un vozarrón que despertaba los fantasmas de la noche, un empleado que recurría a las canciones para sentirse acompañado en su jornada laboral. Lo citaron. 

-Lubín, nosotros sabemos que está cantando y que trabaja para nosotros. Pero aquí necesitamos que se enfoque en una sola cosa –le dijeron-. Elija si continúa con la empresa o se dedica a la música. 

La pregunta lo dejó frío. De inmediato pensó en su esposa y en su hija Juliana Marcela. ¿De qué vamos a vivir?, se preguntó. Segundos después agradeció por la oportunidad de trabajar, embebido por el orgullo, pero afirmó que prefería dedicarse a su sueño: cantar. 

-Los pajaritos no trabajan, pero tienen su diario- explica ahora Lubín ante la mirada atenta de varias personas en la cafetería que hace unos minutos prestaron atención a su monólogo. 

Los ahorros no alcanzaron por mucho tiempo. “Cuando se acabó el billete, se puso Cristo a padecer”, recuerda. Entonces decidió vender películas y música, en donde camuflaba sus canciones, como si se tratara de un cantante desconocido. Como su producción se vendía, se empeñó en componer y grabar más. Tiempo después lo único que ofrecía era su música, las canciones de Lubín Holguín, el Norteño Paisa. 

***





-En los buses no me gusta pedir un aporte; sólo vender mis cedes- dice ahora Lubín-. Si apenas tienen mil, yo se los doy. La ayuda más grande que puedo tener es que escuchen mis canciones. 

Hace días, recuerda, abordó un bus que se dirigía hacia Cocorná. Cuando terminó su función, un anciano le dijo que cantaba muy bueno, pero que tenía dos mil pesos para comprar la panela para llevar a la casa. Lubín le sonrió al viejo y le entregó sus discos sin recibir el billete a cambio.

-Pero que sí escuche mis canciones- le dijo.

-Pues claro, hombre, allá en la vereda solo se va a escuchar a Lubín Holguín, el Norteño Paisa- le respondió con una sonrisa de agradecimiento. 

En este punto, Lubín explica que sabe que en municipios como Cocorná, San Francisco, San Luis, Granada y San Carlos, hay personas de muy pocos recursos. En su mayoría campesinos que escuchan carrilera y rancheras en sus fincas y que tienen poco dinero para comprarle su trabajo. Sin mediar pregunta, atravesado por el recuerdo que surge y que debe nombrarse antes de que se esfume, habla de su mejor concierto, de aquel día en el que desconocidos cantaron sus canciones con cervezas y aguardiente en sus manos. 

-En Aquitania me recibieron como un héroe. Había mucha gente en el parque esperándome- rememora paseando sus dedos por los cedes que reposan en la mesa metálica y helada. 

Cuando arribó a Aquitania, un corregimiento de San Francisco azotado por las guerrillas y los paramilitares, no se imaginó que todo el público que lo rodeaba se había citado justamente para verlo y escucharlo cantar. 

-Es que allá se escucha mucho mi música. Como han sufrido tanto por la violencia, por eso les gustan mis canciones. 

Y no se hizo esperar la ovación a “Canto a la libertad” y “El orgullo de un desplazado”. Se percató cómo tantas personas sabían de memoria sus canciones. Allí, sobre la tarima, el Norteño confirmó que el haber cantado sobre el tronco del huerto de su papá fue la corazonada que lo guió a convertirse en artista musical. Valía la pena continuar cantando mientras más paisanos escucharan sus canciones. En este punto esboza una sonrisa que hace brillar sus pómulos.

-Todo el mundo me daba la mano, y como yo no soy nadie también se las daba. Imagínese que hicieron una malla humana y me tiraban hacia lo alto. Ese día llevé 150 cedes y se vendieron todos. Me quedé con una imagen muy bonita de allá. Es que Aquitania tiene un espíritu muy bacano, no por lo físico sino por la gente. 

***

El Norteño ha perdido la cuenta del número de discos vendidos durante su carrera artística. 

-Ese número se me salió de las manos. He vendido un montón- afirma con satisfacción.

En sus manos carga con ansiedad el bafle esperando el momento para interpretar otra de sus canciones pero el tiempo se agota y se acerca la hora de cierre de la cafetería. En 2008 lanzó su primer trabajo musical con diez temas; aún hoy lo sigue vendiendo. Mientras que en 2012 presentó su álbum “Al son de guitarras”, compuesto por 20 canciones y más de diez mil copias vendidas en diferentes escenarios. A la vez, tiene dos videos musicales en Youtube con dos de sus canciones más importantes. 

 Mientras analizo el dato, prende de nuevo el bafle y se dedica a la canción que compuso para su hija, “La dueña de mi vida”. 

Hoy nuevamente me siento enamorado, /estoy ilusionado y es lo más sagrado que yo puedo tener./ La conocí tan frágil y pequeña/ Se convirtió en la dueña de mi vida y mi ser/ Es mi hija para mí la más hermosa, / bella como una rosa, dulce como la miel. 

En las mesas alrededor hacen silencio y voltean sus miradas hacia el Norteño. Él se percata del protagonismo y sube un poco el volumen de su bafle y canta con más fuerza. A continuación uno de los empleados de la cafetería reduce en el local el volumen de la emisora.

Es el tesoro más grande de mi vida/ Me colma de alegría, es el amor más fiel/ Mis esfuerzos son todos para ella/ Quiero que mi doncella siempre sea feliz/ Que esté tranquila y libre como el viento/ Yo viviré contento viéndola sonreír. 

Y luego hace la dedicación: “Juliana Marcela, que Dios te bendiga todos los días de tu vida, te amo con todo mi corazón”. Algunos lo miran con admiración, otros con curiosidad, unos pocos deslizan una sonrisa. Lo cierto es que es experto en hacerse notar. 

A continuación, antes de que cante otra de sus canciones, me explica que sueña con convertirse en un artista popular, uno de esos grandes que se escuchan en todas las emisoras, de aquellos que son invitados a las fiestas, de los que son entrevistados en televisión. 

-Más adelante quiero ser como Jhonny Rivera, si Dios quiere, ser un Charrito Negro, ser una leyenda con la ayuda de Dios y de mi pueblo colombiano- afirma con tesón, confirmando el sueño de su vida, devolviéndose al niño que cantaba en una vereda de San Luis, en el raspachín de coca en el Sur del país que acompañaba los días con su voz, en el soldado que cantaba entre el pelotón, en el vigilante que despertaba la noche con sus letras tristes y reflexivas, compuestas por tragedias de tantos colombianos que como él que han sido víctimas de la violencia. 

Confirmo que está seguro de lo quiere, de lo que sueña. De inmediato recuerdo lo que me dijo cuando le hablé por primera vez por teléfono: “Es que si yo me meto a trabajar a una empresa, eso implica renunciar a los sueños, y los sueños no se negocian”.

Nos levantamos de la mesa y nos despedimos en la calle. Mientras caminamos sobre la acera, saluda a un amigo y su esposa. 

-Muéstreme pues la última canción que grabó- le dice este. De inmediato, Lubín no oculta su emoción por volver a cantar y ser escuchado, por mostrar su trabajo, por sentir que lo suyo vale la pena. Prende su bafle y canta a pedido, de pie, con su cara iluminada, como el niño que se dirigía al campo cuando terminaba su jornada laboral en un huerto de San Luis, como el artista que llegó a su cima cuando cantó en el show musical más longevo del país y que al día siguiente regresó a la calle a vender sus canciones.