Esta es una tierra grandiosa.
Es una montaña arrugada con un verde intenso y cicatrices oscuras. Es un bosque
mutilado que fluctúa entre la lumbre de sus árboles bajo el sol sofocante y los
campos desolados. Hay quebradas y ríos furiosos y cristalinos que bajan helados
en este mirador caliente. Mirador. En la madrugada clarísimo dibuja el río
Magdalena –que atraviesa el país de Sur a Norte- su camino entre las
cordilleras central y oriental que brotan en sus costados. También es frío. Al
final de la tarde reposa entre algodones que se mueven con la velocidad de un oso
perezoso. Aquí se mezcla el calor del trópico con el polvo de una vía tortuosa
de 33 kilómetros. Y sin embargo, lejos de las comodidades de una ciudad, un
pueblo de nombre Aquitania vuelve a crecer. No es que en más de doscientos años
no haya tenido tiempo suficiente para hacerlo. Es distinto. Justo aquí, la vida
ha renacido.
Son las 8 de la noche del 20 de
julio. Es día de fiesta nacional. Una bandera de Colombia –amarillo, azul y
rojo- es llevada entre las calles frías rodeada por antorchas, amenizada con
cumbias y gritos de carnaval. Con tambores. Tambores. Pam pam pam. Tambores
intensos y rápidos como una marcha, como presagio de la guerra. Pero no. Es una
marcha de paz. El décimo aniversario de la huida. Caminan frente al colegio y
en su pared pulcra, en letras negras, como una década atrás con amenazas y
mensajes de miedo, dice: El corazón tiene razones que ni la misma razón conoce.
Amarrados de dos estacas un par
de cerdos esperan la hora. Sobre las dos de la madrugada un par de hombres
amarrarán sus patas traseras de un poste de energía y allí, justo frente a una
de las dos discotecas ante visitantes absortos y bebidos, mascullarán el dolor
de la muerte con un puñal oxidado. En la madrugada el domingo será claro. La
carne fresca estará en las carnicerías.
Cruza el desfile y se concentra
en una placa polideportiva, frente a una iglesia inmaculada y triste.
Las calles lastimeras del parque
se aprisionan bajo los pasos de la multitud que escucha, que susurra.
Recuerdan. Una mujer monumental, de vestido blanco y pies desnudos, el cabello
ondulado enmarañado sobre su espalda levantándose ante la brisa, grita hijo, no
vayas a la guerra.
-¡Hijo, no vayas a la guerra!
La voz suplica a los presentes,
grita a los absortos, señala a los culpables. Ellos saben quiénes son. Lo sabe.
No pronuncia sus nombres. Están entre la gente.
-¡Amor necesitamos, violencia
ya no más!
Esta noche habrá música y baile.
Gritos de esperanza. Esperanza. La mayoría de los que la escuchan huyeron.
Regresaron.
En las esquinas soldados cargan
su fusil. Entre la gente, otros, observan.
-¡Amor necesitamos, violencia
ya no más!- termina de suplicar la poetisa. Ana Ligia Higinio su nombre. Desplazada,
retornada. Lideresa.
***
Un resumen diría que Aquitania fue fundada en 1783 por Abelardo López, Mario Orfina, José Félix Restrepo, Juan Guzmán y José Dolores López. El origen de su nombre es inverosímil. Caminaba un hombre con su mujer embarazada. La noche acechaba entre el bosque bullicioso. Arribaron a un sitio y el hombre le dijo: Aquí, Tania. La historia la narró la pareja poco después a quienes ya habitaban el territorio y adoptaron el relato como el origen de un sitio sin nombre, un cúmulo de casas entre la selva llena de guaguas. Aquitania lo llamaron. Aquí, Tania.
***
Es domingo y hace pocos minutos
inició la marcha pacífica que dará por clausurada la conmemoración de los diez
años de la huida. El camino que lleva hasta la placa polideportiva, de nuevo,
frente a la capilla blanca, de madera, es la única vía de ingreso a Aquitania. La
carretera, antes de entrar al pueblo, guarda silencio y muestra sus heridas:
cruces blancas se agolpan a lado y lado. En madera, con fechas, nombres, letras
oscuras, desteñidas. Algo pasó.
-Reconstruyendo el tejido
social haremos revivir nuestra esperanza- dice Ana Ligia Higinio.
-¡Duro, que no los oigo!- vocifera
una mujer morena, de dientes blanquísimos y brillantes.
-¡RECONSTRUYENDO EL TEJIDO
SOCIAL HAREMOS REVIVIR NUESTRA ESPERANZA!
La multitud avanza y grita y
reclama. Se concentran en la placa deportiva de cemento empotrada en mitad del
parque.
***
Jesús María Guzmán. Así se llama el hombre de 83 años que reposa en una silla plástica en el billar ubicado en la esquina que da ingreso al parque.
-Yo me siento muchacho. Las
únicas viejas son la cédula.
El sitio es una casona colonial
de dos plantas, puertas, ventanas y pretil de madera. Arriba la casa. Abajo el
billar: paredes azul celeste, sillas plásticas amontonadas en una esquina y
tres mesas de billar.
-Aquitania es conservadora-dice
ajustando su sombrero blanco-. La violencia empezó en 1948 con la muerte de
Gaitán. A mí me tocó perseguir la chusma[1].
La guerrilla subió por acá matando conservadores. Eso fue una cosa muy
horrible.
Jesús
María Guzmán –cabello corto cano, nariz aguileña, lunarejo y de ojos
entrecerrados- fue arriero. Medio siglo atrás iba con sus mulas hasta un pueblo
de nombre Cocorná, del cual dependía Aquitania. Llevaba maíz y regresaba con
jabón, petróleo y sal. Tardaba una semana en ir y volver. En su pueblo no se
conocía el arroz, tampoco consumían papa ni carne de cerdo. La mayoría de sus
habitantes desconocía la existencia de la energía eléctrica y de los
automóviles.
-La
guagua estaba amontonada. Aquí mataban un marrano y la gente no probaba. La
carne de monte es la más buena. Vivíamos alentados.
La base
alimenticia reposaba en yuca, plátano y frijoles. En ese tiempo, cuando
escaseaba la carne, los frijoles la reemplazaban. Eso creía. Lo cree Jesús
María. En 1990 finalizó la construcción de los 33 kilómetros de carretera desde
la autopista Medellín y Bogotá. Con esta la energía eléctrica. Poco menos de un
lustro atrás apareció el primer televisor.
El
balcón colonial zigzaguea en el segundo piso, con altos y bajos. Debajo de él
cuelgan algunos helechos, la madera está oscura, mojada, y con musgo.
-El
balcón está que se cae.
-No
hombe, eso está muy fino, no tiene cuando caerse.
De atrás del mostrador surge
una sombra que se aproxima a la primera mesa de billar, justo donde Jesús María
recuerda.
-Esa muchacha tiene entre 50 y
55 años. Se llama María Jesús Soto Escobar.
La muchacha es la segunda
esposa de Jesús. Sonríe disimulando prevenida el temor que le genera
escucharlo. Tampoco habla. Guarda silencio. Con esta 25 años. Con la primera,
la madre de 11 hijos, “entre 35 y 40 años”.
***
Aquitania ha cambiado de dueño. Primero perteneció a Cocorná, un pueblo rodeado por ríos rocosos en el departamento de Antioquia, en el centro del país. Hoy hace parte de San Francisco, otro poblado entre el bosque. En 1998 el municipio contaba con 15.500 habitantes. Una vez los armados –Farc, ELN, paramilitares y Ejército- se encargaron de hacer su guerra entre la población, la mayoría abandonó su territorio. San Francisco, en 2005, apenas lo habitaban 2.500 personas; Aquitania, 20 ancianos.
***
El cielo permite cruzar los rayos de sol que pronuncian el tamaño de la casona con su sombra sobre la calle áspera.
Un tipo de botas oscuras y
pantalón desteñido cruza el umbral. Cigarrillo en su mano derecha. Bigote negro
aguarda la caricia.
-Fumé hasta los 40 años –dice
Jesús María al observarlo-. Fumaba tabaco. Lo prendía, me lo fumaba. Y luego
volvía a prender el mochito. Cuando me quemé la lengua dejé de hacerlo.
Llega uno más. Sombrero, poncho
y camiseta.
-Vamos a jugar- dice.
El juego es a quinientos pesos
dirá Jesús María.
-El juego es a quinientos
pesos. Acá hay que trabajar barato. Nunca aprendí a jugar- lo dice mirando la
mesa con sus ojos claros escondidos entre unas gafas gruesas de aumento.
-Cada ocho días me saco para el
mercadito ganándole a este- dice el segundo, integrándose a las palabras del
dueño del billar.
El primero asiente y con sus
dedos manchados con el azul de la tiza agarra el taco en busca de revancha.
Siguen en su juego. Y acá.
-Este billar –continúa Jesús
María- ha estado quieto porque la coca la arrancaron y ya no hay plata.
Tas tas. El segundo hombre
lanza la bola 4, púrpura, en el orificio de una esquina de la mesa. Sonríe
dirigiéndonos su complacencia. El primero sostiene cigarro entre sus labios y
deja extender la ceniza hasta que el peso apremia y se desploma hacia el suelo.
-Me gustaba mucho el guarito.
Me pegaba borracheras muy fuertes. La última fue de toda una semana. Después de
eso no volví a beber.
-¿Y no peleaba con machete?
-No.
En su silla Jesús María es un
ser petrificado que tan solo cuenta historias. Apenas mueve la cabeza. Se
mantiene con piernas cruzadas y poncho sobre el cuello. En su mano izquierda un
reloj de manilla plástica y vidrio reventado. Antes del hombro derecho, una
piel brillante con una fisura, como un valle accidentado. No es una arruga, le
digo.
-No es una arruga…
-Esto me lo hizo un enemigo con
el que me encontré. Nos encendimos a peinilla.
-¿No que no peleó con machete?
Sonríe. Avanza.
-Tenía la mano levantada y
llegó el machetazo. Salía la sangre disparada. Lejos. Por suerte había vecinos
cerca. Grité. Eso era vaciado de sangre. Casi me muero. Unas venas me las
mocharon.
Dos de los dedos de su mano son
como piedras que murieron entrecerradas.
-En esa época nos curábamos
nosotros mismos- dice. Los dos hombres lo miran luego de un acierto del
primero-. Tenía 30 años cuando se me recogieron los dedos. Por aquí se peleaba
a punta de plan. Peleando y peleando resultaban los campeones. El más guapo se
regaba y se ponía a pelear en las cantinas. Decía “a ver, cómo es” y todos se
quedaban callados porque ese era el guapo. Eso era como juego de trompo, cada
ocho días se daban plan. Hay un mocho por ahí que perdió la mano en una pelea
con machete. Era de los guapos y ahí perdió la mano por guapo.
Por guapos.
***
Sucedió el mismo año de la huida. En 2003 el Proyecto Simci II de la Oficina contra la droga y el delito de la ONU identificó algunas hectáreas sembradas con coca en el municipio de San Francisco y su corregimiento Aquitania. Se convirtió en uno de los 44 municipios de Antioquia –de 125- con presencia de cultivos ilícitos entre los años 2001 y 2007.
Para el 2005 había 24 hectáreas
sembradas. El año siguiente fueron más de 100. Para 2007 sus cultivos
representaban el 0.8% del total departamental y en 2008 el 3.9% con 235
hectáreas sembradas. Fue la más alta desde que se hace el monitoreo.
En comparación con otros
municipios del Bajo Cauca y Nordeste antioqueños, en donde hubo municipios con
más de 1.600 hectáreas cultivadas la cantidad sembrada en San Francisco –y
Aquitania- era irrisoria. No por ello escaseaba el dinero. Campesinos cambiaron
plátano y yuca por coca en sus tierras fértiles. Este período coincide con la
hegemonía paramilitar en el corregimiento y los municipios aledaños.
En Aquitania primero estuvo la
guerrilla de las Farc. Aparecieron en 1982 después de una masacre en un
corregimiento cercano –La Danta-. Para esa época se replegaban ante el acoso de
los paramilitares –que se convirtieron en las Autodefensas Campesinas del
Magdalena Medio-. En los años noventa la guerrilla del ELN se apoderó del
territorio hasta que las Farc retomaron las riendas hasta su derrota definitiva
en 2003.
***
La orden llegó de Pocitos, una vereda. Ese día la guerrilla de las Farc, que disputaba el territorio con las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio y el Ejército y que ya había perdido una batalla con estos, dio la orden de abandonar Aquitania para retomar el territorio en donde se hicieron fuertes con su trabajo político. El plazo: tres días. Huir. Abandonar. Desplazarse -5 millones de desplazados ha tenido Colombia a raíz del conflicto armado-.
Era 20 de julio. Ana Ligia
Higinio, la lideresa, era representante legal de la Asociación la Sonrisa del
Niño. Estaba en la sede cuando una mujer se acercó llorando. Al preguntarle la
razón, respondió: cómo no hacerlo, si nos tenemos que desplazar. En un chivero
salieron los primeros y así, como desgranando una mazorca, salieron todos en la
huida. La gente se congregó en el parque y allí llegaron con lo poco que podían
llevar. Algunos salieron en volquetas, otros en vehículos pequeños o en
camiones.
Apenas permitieron ingresar unos
pocos para la huida. La mayoría de las 1.800 familias que huyeron lo hicieron
caminando. Caminando. Niños, jóvenes, viejos. Todos. En la tierra amarilla,
entre las piedras sueltas, bajo el calor sórdido. Dos horas tarda un vehículo
en transitar los 33 kilómetros hasta el final de la carretera cuando no hay
lluvia. El tiempo se triplicó. No vaya a ser injusto. Se multiplicó. Unos,
luego otros. Y así. A San Luis, Rionegro, Marinilla, El Santuario, Medellín,
llegaron. Se dispersaron. Muchos volvieron. Siguen retornando a la morada. Otros
no quieren volver. Duele. Volver a empezar.
De los cerca de 4.500
habitantes que tenía Aquitania, tan solo quedaron siete familias, ancianos que
decidieron resistir y cerrar sus puertas, guardar silencio, llorar el abandono.
***
Es 21 de julio. Diez años
después. En la placa polideportiva se hace un acto conmemorativo. En su billar,
sin prestar mucha atención, Jesús María recuerda.
-Eso fue muy duro pero no me
fue tan mal porque arrimé donde una hija que vive en San Luis.
San Luis, otro municipio entre
estos bosques, más cerca que Cocorná y San Francisco.
Jesús María no caminó, pero sí
lloró la partida en un carro mientras descendía de la montaña y a lo lejos
observaba la cúpula de la iglesia que se iba perdiendo en el recorrido.
Cuatro meses después llegó la
noticia de la batalla final. El sangriento resultado: los paramilitares, de la
mano del Ejército, habían expulsado de la zona a las Farc. Para Jesús María esa
victoria significaba regreso. No consultó, estaba decidido.
-Un día un chófer dijo en la
calle que la guerrilla dijo que todos podían volver. Ahí mismo nos fuimos pa’
arriba, empacamos las cositas y plum, subimos para acá. Dejamos gallinas y una
vaquita y no encontramos nada.
Regresó. Entre el bosque
surgieron claros. Cicatrices. Árboles perdidos. Maleza, ganado. El lustro
siguiente deforestaron el bosque y el crimen ecológico se hizo visible. A su vuelta,
abundaban gigantes terrenos para pastos y ganado. También para la coca. No hay
cifras sobre la masacre ambiental, pero no se necesita mucho para que un
habitante de Aquitania reconozca que el bosque que dejaron lo encontraron
mutilado.
-Fui uno de los primeros en
regresar. Teníamos la esperanza de que la gente iba a volver. Muchos teníamos
solarcitos. Todo estaba muy acabado pero volvimos a la casa- dice con
resignación.
Los demás encontraron sus casas
vacías, saqueadas. Las moradas silbaban ecos de dolor. Hubo que volver a
sembrar, a construir, a reír, a nacer.
En los años siguientes
regresaron 1.800 personas, poco más de un tercio de las que alguna vez se
enorgullecieron del paisaje abrumador que se divisaba desde lo alto de
Aquitania.
Pero no estaban solos.
***
De acuerdo con el Observatorio de la Vicepresidencia de la República, los municipios de Colombia con la mayor cantidad registrada de eventos con minas antipersonal entre 1990 y julio de 2005 fueron San Francisco, Antioquia, (163 eventos), San Vicente del Caguán, Caquetá, (120); Montañita, Caquetá (116); Tame, Arauca (111); San Vicente de Chucurí, Santander (100); Arauquita, Arauca (106); Florencia, Caquetá (85); Cocorná, Antioquia (82); San Carlos, Antioquia (80). San Francisco estuvo por delante de municipios reconocidos en el panorama del conflicto nacional como tradicionales focos de disputa. Es decir, y teniendo en cuenta que Colombia es uno de los países con más minas en su territorio, San Francisco –y Aquitania-, fueron una de las zonas más minadas del mundo.
La guerrilla de las Farc
protagonizó la siembra de minas antipersonal en el territorio, una vez el Ejército
construyó su base militar arriba de Aquitania y resultó vencedora –con los
paramilitares- de la Operación Marcial, con la cual se expulsó a los
subversivos de la zona.
La siembra de minas generó un
desplazamiento interno. Es decir, habitantes de las veredas se vieron en la
obligación de abandonar sus tierras minadas para huir al centro urbano del
corregimiento. Esa es una de las razones por las cuales cinco de las 13 veredas
se encuentran desiertas.
En 2013 el municipio de San
Carlos, también en el Oriente de Antioquia, fue declarado por el gobierno como
el primer municipio libre de minas en el país. El que sigue –y está en proceso-
sería San Francisco.
***
Jorge Mario Alzate es director del Programa de Víctimas de la presidencia de la república en el departamento de Antioquia. Dice que en la región Oriente acompañan a 8.000 familias. 1.000 hogares pertenecen a San Francisco, y de estos 300 son del corregimiento Aquitania.
Habla de reparación individual
y colectiva. Con la primera hay una indemnización de 40 salarios mínimos
vigentes. La comunidad se encarga de definir cuál sería la segunda. Aquitania
lo está definiendo. Sueñan con un museo de la memoria y con la vía de 33
kilómetros pavimentada.
El programa, como lo pretende
la ley 1448 –Ley de Víctimas-, pretende restituir, rehabilitar, indemnizar y
garantizar la no repetición. Falta mucho y más en la verdad de lo que sucedió.
Verdad que los grupos armados implicados –e incluso el Ejército que se alió con
los paramilitares para combatir a la guerrilla y que luego fue motivo de
escándalo por los falsos positivos: jóvenes inocentes del corregimiento que
fueron señalados y presentados como guerrilleros. Esta cruda verdad la denunciaría
luego la poetisa Ana Ligia Higinio- no reconocen.
-Hay una debilidad en la
verdad, porque lo que dicen –los exjefes guerrilleros y paramilitares- se queda
en las salas y no es divulgado en medios y toda la gente no puede acceder a
ellas- admite Jorge Mario.
No es suficiente con divulgar,
digo.
***
Las piedras de los ríos tienen nombres. Ocres, blancas, grises, negras. Todas tienen escrito un nombre, fecha, edad, sexo. Es la casa de la memoria: un cuarto de poca luz y escaso espacio para tantos recuerdos. En una pared hay dibujos de niños en los que retratan sus recuerdos del conflicto. Y aunque están llenos de color las escenas no pueden ser más oscuras. En una, un niño dibujó un río con sus aguas rojas, tan vivas como la sangre, como el río Magdalena, en donde los armados lanzaron cientos de personas que aún están desaparecidas.
Hay carteles, telas, historias,
fotografías, piedras. Y éstas, la representación de ese ser que perdieron
–perdimos- yacen en el suelo sobre un plástico. Su desaparición es la razón por
la cual quisieron utilizar las piedras de sus ríos embravecidos para recordar a
quienes les quitaron la vida, a aquellos que no dejaron un cabello como rastro.
Las piedras están juntas,
reunidas, frías. No fueron extraídas para lanzarlas. Están ahí para construir,
porque la verdad que recaía en los armados nunca fue reconocida. De esta manera
es como ellos construyen su verdad y hacen catarsis sobre el pasado y vuelven a
darle vida a un sitio que creyeron muerto. Hacen todo esto porque en Aquitania
quieren construir otra historia, una que dé la espalda a los armados y sus
fusiles y sus balas y sus minas antipersonal y su indiferencia y su desprecio y
su… y su…
Han vuelto para construir,
reconociendo con dolor la frase en letras negras escrita en la pared blanca del
colegio: El corazón tiene razones que ni la misma razón conoce.
Regresaron.
[1] La
chusma fue el apelativo que recibieron los adeptos del partido Liberal, del
cual Jorge Eliécer Gaitán era su líder.


