miércoles, 19 de marzo de 2014

Reflejo

Tu reflejo en la ventana es el premio de consolación para este Rojo, sentado atrás de ti. Tus ojos vestidos de noche en el vaivén de este viaje, juntan el morir de la tarde que atraviesa los cristales, con el destello de tu sueño.

martes, 18 de marzo de 2014

Pequeña (II)

La primera vez que pregunté, te escondiste detrás del muro. Guardaste silencio.
En el segundo intento María, tu mamá, abandonó la cocina, y quise resolver mi duda.

-¿Qué piensas? ¿Qué sientes?

-Es recordar todo…

Callaste de nuevo. Miré tus ojos negros.

-¿Qué pasó, hija?- dijo María al regresar.

-Estaba hablando de Vladimir.

Vladimir, tu papá.

Ayer llevé el libro a tu casa y no estabas, pequeña. Entre las páginas, la historia de tu mamá; y de tu papá, desaparecido por los armados. Leíste en la noche antes de mi regreso. 
Tan insolente preguntarte por ese hombre del que mis letras traen recuerdos dolorosos.

La tristeza que avivé se conserva indeleble en algún lugar. Las palabras fueron escasas. Tus ojos acuosos, oscuros y tristes pronunciaron su nombre: Vladimir.

domingo, 16 de marzo de 2014

Pequeña

Estaba pensando en ti, pequeña, hasta que apareciste envuelta en fuego subiendo por la calle. El vestido ardiente, vivaz, rojo, encendió la opacidad de la tarde. Cruzaste al lado de un hombre.

Hace un par de horas, sentada en la cocina, pasaste una de tus uñas por mi brazo. Susurraste con tu mano. No hice caso. Te entendí. Hui. Tienes 17 años, mujer de fuego, ojos oscuros, labios resecos.

El mensaje de tus dedos se esfumó con el protagonista de tu compañía. Levanté la mano y te dije adiós. Sonreíste y pasaste de largo. Tu vida continúa; la mía sigue otro rumbo, pequeña.

viernes, 7 de marzo de 2014

Cachorro de zancudo


Cachorro de zancudo. Estás con las patas hacia arriba. Sos un lunar alado en la mesa límpida. Mueves una de tus patas traseras. Pareciera un tic, amigo. Recoges la otra y la llevas sobre tu pecho -¿acaso tienes?-. Permíteme llamarlo de esa manera para este caso. En una de tus alas recargas el peso. Oye, mirándote bien, moviendo tus patas una a una, veo que tienes unas antenas insignificantes. Yacen inertes. Sigo escribiéndote esta carta de despedida y continúas renegando, amigo cachorro.

No olvides que hace un momento te lanzaste sobre mi cuello. Eras mi enemigo, hasta ahora que te contemplo. Lancé una bofetada al aire y el remolino te arrastró hasta aquí, esta tu morada blanca. Llevé mi dedo corazón para acariciarte directo hasta la cornisa de la vida y la muerte. Nada más ahí. Exageré. Ya no te mueves, cachorrín, justo cuando empezaba a encariñarme contigo. Bueno, es una lástima que la gracia de esta clase expire con tu adiós. Me lamento de no haberte susurrado, pero pasé muy pronto de detestarte a quererte, y tu lucha apenas alcanzó para un par de párrafos.