martes, 19 de julio de 2011

LA CARAVANA LLEGÓ DE RIONEGRO


Hace un año estaba bajo el sol ardiente, con libreta en mano y pendiente de la radio. A 16 kilómetros de meta Sergio Luis Henao se jugaba el título de la Vuelta a Colombia, y yo me apasionaba más del ciclismo. Creo que cuando escribí esto para EL MUNDO, el amor por la bicicleta fue definitivo.

La caravana se acercó con más de 80 personas. El lote, que salió de la vereda Las Hojas, arribó a meta ondeando la bandera de Antioquia. La roja y blanca de Rionegro se deslizaba en el viento como nunca. El grupo principal tardó dos horas en llegar al Alto de Las Palmas. Asaltaron el puerto desde el Oriente antioqueño cargados de aerosoles, pintura, rodillos, pancartas, fotos y mucho, mucho nerviosismo...Claro, también con mucha emoción.

Doña Cecilia arribó con sombrero, poncho, gafas oscuras, tenis grises y unas bombas blancas sujetadas por sus manos. La mamá de Sergio había empezado a preparar desde el miércoles la penúltima función. Yuliana tenía una falda blanca y una camiseta del Orgullo Paisa, que utilizó su hermano hace unos años. Don Omar, con sus manos de campesino, piel curtida, bigote delineado y un radio cerca de sus oídos, se alejaba un poco de toda la caravana. Nervioso, calculador. Hacía fuerza para que José Rujano no le descontara tiempo a su hijo.

Cien metros más arriba, cerca del final, ‘Fercho’, uno de los mejores amigos de Sergio, tenía en sus manos un rodillo y un tarro de pintura blanca. Escribió ‘Yeyo’ a lo ancho del carril. Otros amigos disparaban con sus aerosoles el apellido Henao, el apodo ‘Yeyo’, o la insignia ‘Orgullo Paisa’.

Los automóviles empezaron a cruzar con afán de no perderse el final. “Atacó Rujano, atacó Rujano”, decían en la radio. Muy pronto, para la tranquilidad de Cecilia, el venezolano volvía a ser cazado.

“Ahí vienen, ahí vienen”, se escuchó. Claro, venía un anciano en su bicicleta, sin camiseta. Tenía una barba larga y canosa que contenía el sudor que bajaba de su frente. Por sus orejas se cruzaban voces de aliento, como si fuera el primero en ascender los 16 kilómetros finales.

“Se quedó Jaime Castañeda...se quedó el boliviano Óscar Solis... se quedó Sevilla y Alex Cano”, escuchaban por el radio. Como una plegaria que se cumplía, Sergio Luis partió con fuerza. “Se quedó Rujano, se quedó Rujano”, atendieron con emoción la noticia.

‘Yeyo’ ascendía con Darwin Atapuma. Más adelante estaba Javier González. Cruzó Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez en un coche del Orgullo Paisa. En su mano derecha se dibujaba la ‘V’ de victoria. Poco después González subía el final de la cuesta como si huyera de un terremoto. Pocos segundos después se escucharon los gritos. Animaban a ‘Yeyo’. Tenía la cabeza fija en el gris del pavimento. La levantó, la giró a la derecha y escuchó a su mamá, sus amigos, sus familiares. “Sergio Luis, Sergio Luis, que orgulloso estoy de ti”, habían gritado poco antes. “Fue una alegría inmensa, cuando los ví se me olvidó el cansancio en el momento”, contó luego Henao.

Como poseídos, la caravana lo siguió corriendo. Las banderas de Antioquia y Rionegro acariciaban con su tela al viento. Sergio Luis cruzó tercero la meta y aumentó la diferencia sobre Rujano. Esperando el llamado para vestir otro día la camiseta de líder, Rujano estrechó la mano del antioqueño. Hablaron un poco, hasta que pronunciaron con fuerza y lentitud Sergio Luis Henao Montoya.

‘Yeyo’ se puso la camiseta tricolor, juntó sus manos y las empuñó. Su familia lo miraba con emoción. Él lo hacía con agradecimiento. Está cerca de ganar como debutante la Vuelta a Colombia, su primer gran sueñoo. Doña Cecilia tenía en sus manos una pancarta que decía “Sergio Luis el mejor y será campeón”. Está cerca. Antioquia así lo espera. Fuerza Sergio.

lunes, 18 de julio de 2011

MIENTRAS RONCA LA QUEBRADA



En la finca hay un árbol platanero a la entrada y un perro negro vigilante. En la portada dice Fortaleza, con un color rojo imperceptible y camuflado con el gris oscuro del concreto.

Ahí en el patio, varias cuerdas atraviesan de un lado a otro el lugar. Son remiendos donde Carlos, al que llamaremos El Flaco, cuelga la ropa que lava. “Es que yo tengo agua”, describe, casi sin mover los labios, con la cara oscura, de no bañarse hace unos cuantos días.

Su rancho no tiene puerta y el único problema es el invierno. Las paredes están oscuras, el techo ya está negro por la combustión de la lámpara de petróleo que utiliza de vez en cuando. Lo suyo es como un búnker y el dinero no es su pretensión.
El Flaco no tiene dientes, ya no los necesita. Tampoco tiene mal aliento, aunque no use un cepillo. “¿Para qué? Si las encías ya son como piedras?” Anoche cocinó un sancocho y hoy, un lunes cualquiera, no ha desayunado.

Caifás sí comió esta mañana. Es un perro de ojos cafés y dientes blancos, encargado de la seguridad del rancho, de alertar cuando alguien se acerca, de acompañar a El Flaco cuando sale a reciclar.

El despertar del perro

Caifás ha ladrado cinco minutos. Se esconde bajo una silla de peluquería y vuelve a asomar su cabeza para alertar a los visitantes. No se ve nadie adentro. Desde la calle, sólo están los restos de la leña carbonizada, quemada horas atrás.

Frotándose los ojos con las manos, Carlos sale de su guarida. Tiene una camisa azul, mojada por partes, como si este flaco vistiera un rompecabezas. Entreabierta en el pecho, ya quemado por el sol, brota un sinfín de vellos negros y canos. Es mediodía y hoy iba a reciclar. “No me acordaba que era festivo. Yo tengo mi trabajo, ¡vea como madrugo!”. En su mano derecha sujeta un limón verde. Es la primera comida del día. El estómago ya se consuela con el ‘Chamberlai’. Unas cuantas monedas para acumular mil pesos necesita conseguir cada día.

“Yo no conozco la borrachera. Todos los días me tomo unos chorritos y me quedo dormido”. En el barrio lo conocen por lo que toma. ‘¡Oiga Chamberlai, hágame este trabajito!’ Lleva 25 años viviendo en ese rancho, aunque se rehúsa a dejarnos entrar.

La entrada a la Fortaleza

“Esta es mi fortaleza”. Dice vivir ahí hace más de 20 años. La entrada a su casa es un hueco entre dos avenidas. Sólo ahí se escuchan las aguas negras que bajan de los barrios de arriba. Es un hueco de concreto, una canalización donde el agua baja despavorida con su color gris y una espuma flotando en la superficie. La entrada tiene casi tres metros de ancho y menos de dos de alto. Claro, Carlos ha rellenado este lugar con escombros en dos décadas. Es como un embudo que se va cerrando hasta sólo alcanzar un metro de ancho.

No está seguro de su fecha de nacimiento; cree que nació el 31 de mayo de 1964. La primera vez que lo vi tenía la cara afeitada y su desayuno era una naranja que le dio uno de sus amigos, un vendedor de frutas que duerme sobre una manga, muy cerca de la Fortaleza de El Flaco.

Carlos no recuerda los nombres de sus nueve hermanos. Posiblemente los niega. “¿Hermanos?”, se queda pensando y fija la mirada y su nariz aguileña sobre una mujer que camina sudorosa bajo el sol canicular. “Todos son mis hermanos, véalos ahí”.

Del cuello le cuelga un cordón negro. Al final, en medio del pecho, pende una estrella plateada. Tiene marcada una cara feliz. No describe su afición por las estrellas, pero allá adentro, donde ya no entra la luz, con una tiza dibujó seis estrellas, de cinco aristas.

Su casa tiene seis metros de profundidad. A la derecha, en el suelo, hay una base de escombros y, sobre ella, una puerta de madera azul ya podrida. A la izquierda, a un metro, bajan las aguas. Hay basura y objetos inservibles para cualquiera, no para él. “Yo guardo las cosas que me encuentro. Algún día me van a servir”. Una silla de peluquería recibe una gotera que brota entre el concreto. Es codiciada por Juan Pablo, un amigo de toda la vida de El Flaco. “¿Acaso va a montar una peluquería que no me la vende?”, se le escucha al personaje, mientras baja dos metros por la escalera que conduce de la calle a la canalización.

“Hola, mi nombre es Juan Barrera, el montañero poeta”. Se siente elegante, con camisa negra, pantalón claro, botas oscuras y un sombrero. Tiene un pequeño bozo y se sienta en la segunda cama.

El montañero poeta


Este ‘loco’ tiene un libro de Rafael Pombo que se llama “Fábulas y verdades”. Empieza a declamar su poema ‘Golpe de estado, por un loco extraño’. Imposta la voz y Carlos sonríe en silencio. Se vuelve a presentar, “mucho gusto, Juan Barrera, el montañero poeta. Engendro a dos personajes, al montañero de cepa y al montañero poeta”. Prende un porro de bazuco y el olor se encierra en la caverna. “¡Cayó!, como un rayo raudo/ trasformó como un salmo el concepto que de mí tenían/ Yo ahora soy un loco extraño, que errando da cada paso en las esquinas/ inquinan mi vida y que si no condena aumenta la pena y da un pedalazo a la lengua suelta/ por ellos, que muerdan, que pena, pues yo impongo de mí cosas buenas/ rio, riendo y bailando de dicha cantando aplasto las penas/ por mí no hay problemas”.

‘El Loco’ Barrera no querer el dinero. “Tengo una hija de 17 años y no estoy con ella porque no quise la plata. El patrimonio que tenía era de 80 millones de pesos, pero no quería mi vida después de un mostrador”. A veces duerme donde El Flaco. Sabe que le sobran dos camas.

Al final, cuando la canalización es más estrecha, está la tercera cama. Cada una está levantada a más de un metro del suelo. Un andamio de madera, de listones clavados contra el cemento y de otros apretados contra el suelo sirven para que las tablas horizontales estén clavadas con firmeza. Allá en la oscuridad hay una linterna sin pilas y un reloj negro, inmóvil, en la pared. “Uno acá duerme muy bueno escuchando roncar la quebrada”, describe Carlos. El Loco se quita la camisa y guarda silencio.

Frente a la segunda cama, hay dos cascos de moto y varios pares de zapatos negros con platina. Caifás está echado en el suelo. Se levanta y toma agua de una caneca verde. Una manguera llega de un lugar desconocido con agua limpia. Es transparente, por lo menos. De ahí sale el líquido para mezclar con alcohol y beber todas las noches el chamberlai; esa agua la utiliza para lavar o para cocinar en el patio del rancho. Contra el muro hay una carpa azul, húmeda por las aguas sucias que salen de una tubería que van a dar a la canalización.

Del techo caen animales que dan picazón. Sobre mi brazo ya he matado dos. “Una vez me cayó un gusano de pollo del techo; me dejó enfermo como tres días”. Le habla Carlos a Caifás y le pide que suba y baje la escalera. “Vea, el perro es como un humano, sabe salir de acá”.

Falta el televisor

El Flaco mide, tal vez, 1.80 metros y vive como un rey. Él no se queja. “Ahora es que vivo bueno. Antes dormía debajo de una acera, sin comida y aguantando hambre y frío, durmiendo en mangas”. Su rancho es codiciado. Dice, tal vez, que seis veces “los envidiosos” de su rancho le han prendido fuego; otras, el agua, en invierno, se le ha llevado las cosas y le ha tocado volver a empezar. “Pero nunca me puede faltar una cobija”. Este lunes, El Loco está esperando que nos vayamos, para irse con Carlos a un lugar que desconocemos. Tiene varios metros de cable de televisión colgando sobre un clavo de acero. ¡Quien lo creyera, le falta un televisor!

Con cama, agua limpia, cobija, ropa y hasta un sanitario en el que hace las necesidades, que caen inmediatamente al agua, El Flaco no necesita del dinero para vivir bien. “La plata le dañó el corazón a los hombres”. Se siente como un rey. Sólo quiere un radio que lo acompañe todos los días; El Loco pide un cuaderno y un lapicero para escribir sus poemas. ¿Acaso estaban locos?

viernes, 8 de julio de 2011

EL BIGOTÓN II


El Bigotón no soportó su secreto. ¡Claro, si estaba que se moría y no podía aguantar la mentira de 40 años! Acaso, ¿quien iba a solucionar un problema legal tan bravo si él no ajustaba bien la correa de sus pantalones para cantar de una vez?

El Bigotón quedó a solas con la abuela. Pidió que salieran todos del cuarto. Algo serio tenía que ocurrir, aunque en los chismes de pasillo ya susurraban eso que la vieja tenía que escuchar por fin. No vestía las camisas de seda, mucho menos el sombrero de siempre. Estaba delgado, los ojos le brillaban y la mujer de toda su vida escuchaba en frente.

El Bigotón se casó con una mujer pequeñita, tan diminuta que parecía una muñeca, y tan experta en la cocina, que todo le quedaba delicioso. Ahí la tenía a su lado, esperando el secreto guardado, en medio de lágrimas, en una situación tan íntima con el viejo, como los años mozos de matrimonio.

El Bigotón temblaba. Los labios formaban un surco de preocupación. ¿Recuerdas, vieja, la amiga que te acompañaba en la dieta cada vez que nacían nuestros hijos? ¿Te acuerdas de la amiga a la que enviabas algo de comer cuando se preparaba la cena para una ocasión especial? Vieja, ¿aún te preguntas por qué tu amiga nunca tuvo esposo? Mi amor, seguro no olvidas que siempre me preguntabas en la cama, quién era el papá de los hijos de tu amiga. Y ella que dijo que fue un hombre que la abandonó. No trabajaba y aún así, nunca le faltaba nada. Al menos el tipo respondía desde la lejanía, debías suponer, vieja.

Sí, vieja, sí. Ella, ella, tu amiga, la de siempre, la de toda tu vida, la que cuidaba los niños, la que siempre estuvo pendiente de la familia, ella, ella. Me escapaba a comprar repuestos a la ciudad, era eso lo que te decía. Y ya ves, aquí estoy tirado en esta cama, a punto de morir, buscando la forma de contarte esta historia que me embarga el pecho. Sí, vieja, el corazón ya no late igual. Esta preocupación tan grande, mi amor, no la puedo callar antes de morir… Me iba con ella a la casa donde empezó nuestro matrimonio. Esa de tapia en la vereda. Allá me escondía.

jueves, 7 de julio de 2011

EL BIGOTÓN I



El Bigotón tiene un pequeño parche de pelo bajo la nariz. Siempre viste un sombrero oscuro con una pluma incrustada en un costado. Los botones de las camisas claras, que plancha cada mañana su esposa –mi abuela-, gritan todos los días cuando los hilos los apretujan contra la seda suave que viste el viejo. Esos pantalones oscuros, siempre frágiles, los pasea de un lado a otro.

El Bigotón no para de caminar, no ha dejado de ser inquieto, ni siquiera cuando se acostaba con la mejor amiga de mi abuela. Siempre fue un tipo trabajador, de esos que creía que para hacer plata no se necesitaba estudiar. Al fin y al cabo, su fortuna empezó como campesino en las frías montañas del pueblo. Luego se aventuró en un negocio de construcción. Ahí creció su capital, la familia acumuló catorce niños bajo la estricta disciplina, y la exquisitez de la cocina de la abuela.

El Bigotón –aunque sea repetitivo- mantuvo su ley a la fuerza, con golpes y castigos duros. Sus padres murieron muy jóvenes, así que sus hijos no pudieron conocer al abuelo, un tipo de patillas extensas y aspecto duro cuando fruncía el ceño. Puedo asegurarlo por la fotografía a blanco y negro que cuelga aún de la pared beige de la vieja casa.

El Bigotón ha perdido la dureza de su carácter. Los años lo han hecho más laxo, las preocupaciones no lo han dejado tranquilo, los quebrantos de salud lo hicieron reflexionar.

El Bigotón estuvo a punto de morir. El corazón desfallecía, no se movía con la energía que lo hizo fuerte y trabajador, mientras caminaba de un lado a otro. Como hoy, se resiste a descansar, se ve obligado a seguir trabajando, o por lo menos a vigilar los negocios de la familia, observar a los obreros u obsequiarles una labor si los encuentra sentados y hablando.

El Bigotón, regresemos, vivió durante meses en un hospital. Mi abuela lloraba cada día al encontrar al viejo en esa cama. Los hijos turnaban su visita, rezaban el rosario –como ha sido todos los días, por años, lustros, décadas-. Uno y otro amigo, los pequeños nietos, los hijos que ya eran padres, y algunos trabajadores, visitaban a El Bigotón. Lo vieron muerto, pero ahí anda, dando pasos cada día. A las cinco de la mañana no quiere seguir roncando. Es hora de levantarse. Vio tan cerca la muerte, que no se le ocurre concederle minutos a la almohada.

El Bigotón se levanta y viste el pantalón suave, la seda y el sombrero con la pluma en el costado que deja sobre la mesa de noche. Claro que el pequeño bigote, como si fuera el parche de una herida, permanece bajo la nariz.

El Bigotón está en mi recuerdo desde hace 20 años. Y sigue igual: con la barriga pronunciada, el carácter firme y la necesidad de vigilar la fortuna que cosechó para sus hijos cuando dejó las frías montañas llenas de papa y fríjol.

miércoles, 6 de julio de 2011

CUANDO DESPERTÉ



Esta mañana, en medio del letargo y bajo el sol punzante, el niño me devolvió a mí. Tenía brazos delgados, una camisa blanca y el cabello, aún húmedo, peinado con precisión por su madre, que lo llevaba en brazos.
La tía –creo que lo era- caminaba dos pasos atrás, apresurada como si presintiera que iba a llegar tarde al hospital –supongo que iban hacia allá-.
Con la mano derecha, la tía trigueña y fornida, arrastraba un tanque de oxígeno verde. Una manguera transparente iba hasta la nariz del niño. Ojos oscuros, piel inmaculada, tristeza pronunciada.
Pendiendo de ese tanque, la vida del niño está al borde de la cornisa. Tiene cinco años. No puede caminar por sí solo, el aire abandona sus pasos. Sujeto contra el pecho de su madre avanzan rápido. Las miradas se agarran de esa imagen. Y yo, que creí despertar dos horas atrás, abro los ojos saludando el nuevo día.

LA VOZ DE LA FLACA



La Flaca no tiene 40 kilos de salsa ni 30 kilos de hueso. Casi llega a ser trigueña pero se resiste un poco a serlo. Es menuda y sonríe con atracción. Un lunar negro se posa junto a su boca, y ¡ay como tienta cuando muestra los dientes!
No creo que haya visto una parecida y menos con esa cualidad que enfría la piel, tensa los músculos y cautiva los sentidos. Sólo se necesita escucharla, nada más. Ya de por sí su sonrisa es suficiente, pero la voz de la Flaca es avasallante.
El viento es un gárrulo cuando la escuchas cantar. Los ojos le brillan y sus delgadas manos coordinan el movimiento, como danzando con el dulce susurro. De a poco sus palabras hipnotizan. No hay forma de devolverse, esa ceguera auditiva se pronuncia con prontitud y los ojos no seguirán mirándola igual.
Con decirte que la Flaca cuando empieza a cantar, el cuerpo ya no es parte de mí. No lo coordino y quiero estar inmóvil descifrando cada letra que expulsa con cariño. Quiero mirarla, pero me veo obligado a no hacerlo, debo evitar la idiotez en mi cara.
La voz de la flaca es pasional. No imaginaría escuchar sus palabras una madrugada, muy cerca de mi oído. Creo que debo conformarme con la emoción que me llenó la única vez que la escuché diciendo “de tu querida presencia, comandante Che Guevara”.