
En la finca hay un árbol platanero a la entrada y un perro negro vigilante. En la portada dice Fortaleza, con un color rojo imperceptible y camuflado con el gris oscuro del concreto.
Ahí en el patio, varias cuerdas atraviesan de un lado a otro el lugar. Son remiendos donde Carlos, al que llamaremos El Flaco, cuelga la ropa que lava. “Es que yo tengo agua”, describe, casi sin mover los labios, con la cara oscura, de no bañarse hace unos cuantos días.
Su rancho no tiene puerta y el único problema es el invierno. Las paredes están oscuras, el techo ya está negro por la combustión de la lámpara de petróleo que utiliza de vez en cuando. Lo suyo es como un búnker y el dinero no es su pretensión.
El Flaco no tiene dientes, ya no los necesita. Tampoco tiene mal aliento, aunque no use un cepillo. “¿Para qué? Si las encías ya son como piedras?” Anoche cocinó un sancocho y hoy, un lunes cualquiera, no ha desayunado.
Caifás sí comió esta mañana. Es un perro de ojos cafés y dientes blancos, encargado de la seguridad del rancho, de alertar cuando alguien se acerca, de acompañar a El Flaco cuando sale a reciclar.
El despertar del perro
Caifás ha ladrado cinco minutos. Se esconde bajo una silla de peluquería y vuelve a asomar su cabeza para alertar a los visitantes. No se ve nadie adentro. Desde la calle, sólo están los restos de la leña carbonizada, quemada horas atrás.
Frotándose los ojos con las manos, Carlos sale de su guarida. Tiene una camisa azul, mojada por partes, como si este flaco vistiera un rompecabezas. Entreabierta en el pecho, ya quemado por el sol, brota un sinfín de vellos negros y canos. Es mediodía y hoy iba a reciclar. “No me acordaba que era festivo. Yo tengo mi trabajo, ¡vea como madrugo!”. En su mano derecha sujeta un limón verde. Es la primera comida del día. El estómago ya se consuela con el ‘Chamberlai’. Unas cuantas monedas para acumular mil pesos necesita conseguir cada día.
“Yo no conozco la borrachera. Todos los días me tomo unos chorritos y me quedo dormido”. En el barrio lo conocen por lo que toma. ‘¡Oiga Chamberlai, hágame este trabajito!’ Lleva 25 años viviendo en ese rancho, aunque se rehúsa a dejarnos entrar.
La entrada a la Fortaleza
“Esta es mi fortaleza”. Dice vivir ahí hace más de 20 años. La entrada a su casa es un hueco entre dos avenidas. Sólo ahí se escuchan las aguas negras que bajan de los barrios de arriba. Es un hueco de concreto, una canalización donde el agua baja despavorida con su color gris y una espuma flotando en la superficie. La entrada tiene casi tres metros de ancho y menos de dos de alto. Claro, Carlos ha rellenado este lugar con escombros en dos décadas. Es como un embudo que se va cerrando hasta sólo alcanzar un metro de ancho.
No está seguro de su fecha de nacimiento; cree que nació el 31 de mayo de 1964. La primera vez que lo vi tenía la cara afeitada y su desayuno era una naranja que le dio uno de sus amigos, un vendedor de frutas que duerme sobre una manga, muy cerca de la Fortaleza de El Flaco.
Carlos no recuerda los nombres de sus nueve hermanos. Posiblemente los niega. “¿Hermanos?”, se queda pensando y fija la mirada y su nariz aguileña sobre una mujer que camina sudorosa bajo el sol canicular. “Todos son mis hermanos, véalos ahí”.
Del cuello le cuelga un cordón negro. Al final, en medio del pecho, pende una estrella plateada. Tiene marcada una cara feliz. No describe su afición por las estrellas, pero allá adentro, donde ya no entra la luz, con una tiza dibujó seis estrellas, de cinco aristas.
Su casa tiene seis metros de profundidad. A la derecha, en el suelo, hay una base de escombros y, sobre ella, una puerta de madera azul ya podrida. A la izquierda, a un metro, bajan las aguas. Hay basura y objetos inservibles para cualquiera, no para él. “Yo guardo las cosas que me encuentro. Algún día me van a servir”. Una silla de peluquería recibe una gotera que brota entre el concreto. Es codiciada por Juan Pablo, un amigo de toda la vida de El Flaco. “¿Acaso va a montar una peluquería que no me la vende?”, se le escucha al personaje, mientras baja dos metros por la escalera que conduce de la calle a la canalización.
“Hola, mi nombre es Juan Barrera, el montañero poeta”. Se siente elegante, con camisa negra, pantalón claro, botas oscuras y un sombrero. Tiene un pequeño bozo y se sienta en la segunda cama.
El montañero poeta

Este ‘loco’ tiene un libro de Rafael Pombo que se llama “Fábulas y verdades”. Empieza a declamar su poema ‘Golpe de estado, por un loco extraño’. Imposta la voz y Carlos sonríe en silencio. Se vuelve a presentar, “mucho gusto, Juan Barrera, el montañero poeta. Engendro a dos personajes, al montañero de cepa y al montañero poeta”. Prende un porro de bazuco y el olor se encierra en la caverna. “¡Cayó!, como un rayo raudo/ trasformó como un salmo el concepto que de mí tenían/ Yo ahora soy un loco extraño, que errando da cada paso en las esquinas/ inquinan mi vida y que si no condena aumenta la pena y da un pedalazo a la lengua suelta/ por ellos, que muerdan, que pena, pues yo impongo de mí cosas buenas/ rio, riendo y bailando de dicha cantando aplasto las penas/ por mí no hay problemas”.
‘El Loco’ Barrera no querer el dinero. “Tengo una hija de 17 años y no estoy con ella porque no quise la plata. El patrimonio que tenía era de 80 millones de pesos, pero no quería mi vida después de un mostrador”. A veces duerme donde El Flaco. Sabe que le sobran dos camas.
Al final, cuando la canalización es más estrecha, está la tercera cama. Cada una está levantada a más de un metro del suelo. Un andamio de madera, de listones clavados contra el cemento y de otros apretados contra el suelo sirven para que las tablas horizontales estén clavadas con firmeza. Allá en la oscuridad hay una linterna sin pilas y un reloj negro, inmóvil, en la pared. “Uno acá duerme muy bueno escuchando roncar la quebrada”, describe Carlos. El Loco se quita la camisa y guarda silencio.
Frente a la segunda cama, hay dos cascos de moto y varios pares de zapatos negros con platina. Caifás está echado en el suelo. Se levanta y toma agua de una caneca verde. Una manguera llega de un lugar desconocido con agua limpia. Es transparente, por lo menos. De ahí sale el líquido para mezclar con alcohol y beber todas las noches el chamberlai; esa agua la utiliza para lavar o para cocinar en el patio del rancho. Contra el muro hay una carpa azul, húmeda por las aguas sucias que salen de una tubería que van a dar a la canalización.
Del techo caen animales que dan picazón. Sobre mi brazo ya he matado dos. “Una vez me cayó un gusano de pollo del techo; me dejó enfermo como tres días”. Le habla Carlos a Caifás y le pide que suba y baje la escalera. “Vea, el perro es como un humano, sabe salir de acá”.
Falta el televisor
El Flaco mide, tal vez, 1.80 metros y vive como un rey. Él no se queja. “Ahora es que vivo bueno. Antes dormía debajo de una acera, sin comida y aguantando hambre y frío, durmiendo en mangas”. Su rancho es codiciado. Dice, tal vez, que seis veces “los envidiosos” de su rancho le han prendido fuego; otras, el agua, en invierno, se le ha llevado las cosas y le ha tocado volver a empezar. “Pero nunca me puede faltar una cobija”. Este lunes, El Loco está esperando que nos vayamos, para irse con Carlos a un lugar que desconocemos. Tiene varios metros de cable de televisión colgando sobre un clavo de acero. ¡Quien lo creyera, le falta un televisor!
Con cama, agua limpia, cobija, ropa y hasta un sanitario en el que hace las necesidades, que caen inmediatamente al agua, El Flaco no necesita del dinero para vivir bien. “La plata le dañó el corazón a los hombres”. Se siente como un rey. Sólo quiere un radio que lo acompañe todos los días; El Loco pide un cuaderno y un lapicero para escribir sus poemas. ¿Acaso estaban locos?