sábado, 9 de febrero de 2013

TAN SOLO UNA FÁBULA


Su carátula era morada y en la portada no recuerdo cuántos animales había. Sé, como si lo volviera a tener en mis manos, que zorros, leones y hormigas había en su interior y hablaban el mismo idioma. Era un libro de fábulas de Félix María de Samaniego y su primera historia la leí cuando llegué a casa después de unas compras que hizo papá en Rionegro, a media hora de mi pueblo, Guarne.

Tendría ocho años y el libro lo cuidaba tanto como el uniforme verde y blanco de un equipo de fútbol, que me regaló mi viejo. Un mal día las fábulas desaparecieron y creo, después de tantos años, que fue una de las pérdidas más grandes que he tenido. A veces soñaba con él y lo buscaba en el cuarto oscuro donde estaban los objetos inservibles o en los cajones de las camas llenos de ropa. Al despertar corría a esos lugares y comprobaba que las hojas brillantes y coloridas de mi libro habían desaparecido, pero sus historias habían permanecido en mis recuerdos.

Fantaseaba con la gallina de los huevos de oro e incluso creía que de los galpones de gallinas de mi abuela habría alguna que nos podría hacer ricos. También leí la fábula de la hormiga y la cigarra, que recordé dos lustros después mientras la traducía en clases de inglés. El lobo, el león, el cuervo, el chacal, la oveja, el perro, todos hablaban la misma lengua.

De niño, las fábulas y cuentos fueron tan poderosos como los balones de fútbol. Mi libro favorito se perdió, aunque dejó en mis manos la obsesión de leer cuanto encontrara: periódicos, revistas, libros, el diario de una tía, la lista del mercado que preparaba mamá.