Anoche, su barba durmió a tu lado. Sentías el susurro de ese
cosquilleo e ibas doblando de a poco tu cuerpo desnudo. Te deslizabas entre su
piel y él se pegaba a ti, encendiendo una hoguera que se apagó en la madrugada.
Cuando le diste la espalda, él no quiso dormir. Prefirió fumarse un porro y
contemplar el tatuaje multicolor de tu espalda, el cabello enredado y la
silueta uniforme que lo volvía a encender.
En la mañana te miraba con deseo. Mientras el profesor
explicaba, él no apartaba sus ojos rojos. Esperaba una sonrisa, un movimiento
de cejas, un beso que flotara en el aire. Y tú, tan cruel, no quisiste
devolverle la luz centelleante, ni los labios de veneno y recobraste tu cuerpo, para que no siguiera prendido a él.
