En el centro de Medellín la explotación sexual
infantil no tiene disfraz ni se camufla en sus calles. Más niños, niñas y
adolescentes son abusados cuando deberían estar con sus cuadernos en los
colegios.
La almohada amarilla es
el único objeto que toma vida en esta celda, una azul, de paredes grasosas y
olor a marihuana. Bien recuerdo ahora cuando Yuliana entró al cuarto y movió su
mano como un ventilador ante el hedor de la cripa consumida que dejaron dos
desconocidos.
En la calle, bajo el
viaducto del Metro, me entregó uno de sus dedos para sujetarla. Caminamos uno
al lado del otro, ante la mirada de conductores y vendedores, de pasajeros y
transeúntes. Con la vista puesta al frente le hice un par de preguntas: de Apartadó
y 17 años, fueron sus exiguas respuestas.
Sentado en este cuarto,
me devuelvo un poco y la observo de nuevo bajo el marco metálico de la puerta.
Es un segundo piso, de paredes lúgubres, protegido por una reja blanca
asegurada con candado. A un lado del ingreso una placa con letras negras dice:
“Prohibido el ingreso a menores de edad”. Dirigí la mirada hacia Yuliana y la
contemplé con seriedad, tal vez con deseo: sus piernas largas y su abdomen
plano, sus pechos amordazados en un top azul y sus nalgas amplias, grandes,
redondas.
-¿Van a fumar?- preguntó
el recepcionista, interrumpiendo la imagen. Lo vi macilento, camuflado en este
lugar triste y oscuro, en donde mujeres arriman dos, tres y cuatro veces al día
con un hombre diferente, inflados bajo el pantalón con urgencia de satisfacer
su sexo.
Sentada de lado en la
cama, sobre un colchón deforme cubierto por una sábana transparente, ella
guarda silencio y apoya los codos sobre sus piernas atléticas. Me está
esperando ¿Qué espera? ¿Qué debo hacer: tocarla, besarla, desnudarla? Yuliana
sabe más que esta divagación.
Soy su primer cliente
del día, me dice con voz ronca, con palabras fugaces, perdidas en el tiempo,
apoderadas por el efecto de una droga que consumió antes de conocerla. La cama
está esperando, parece decirme al acercarme sus pechos. Creo que aguarda una
orden, que la toque o que levante su escasa ropa y que desabroche su brasier y así
deje al descubierto sus senos frescos, oscuros, firmes.
Explotación en Medellín
Yuliana no es un número,
no es una cifra, es una chica, con nombre y apellido y con familia y con
historias de amor y con sueños, arrojada a la calle desde hace siete años. No
hay datos consolidados de cuántos niños, niñas y adolescentes son explotados
cada día en las calles de Medellín. Los pocos registros están conformados por
denuncias o por jóvenes que voluntariamente han decidido alejarse de una vida
tan complicada, en donde sus cuerpos son subordinados ante los deseos y
aberraciones de miles de personas. No hay cifras, pienso, con la vista puesta
en Yuliana, aunque todos se dan cuenta en el centro de la ciudad de la cantidad
de adolescentes que deben vender sus cuerpos en las calles y que deberían estar
en un salón de clase empuñando un lapicero y tomando notas en sus cuadernos.
Dos son las principales
causas de la explotación sexual infantil, me explica César Darío Guisao,
director regional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar –ICBF-: La
descomposición del núcleo familiar es la principal causa; la segunda, la no
vinculación al sistema educativo, como un sistema de prevención; a lo anterior
se suman causas socioeconómicas. Además, agrega, la explotación está muy
relacionada con el consumo de drogas ilícitas.
Entre 2012 y 2013, el
ICBF recibió 101 denuncias por explotación sexual comercial. Esa misma cantidad
de jóvenes fue atendida y se encuentra en los Centros Zonales de esta entidad.
¿De dónde provienen todos estos jóvenes? Héctor Fabián Betancur, secretario de Inclusión
Social y Familia de Medellín, afirma que, en su mayoría, arriban de las comunas
7, 8 y 13 y que la explotación está amarrada a dos elementos: uno, problemas
socioeconómicos en las familias; y dos, las problemáticas del silencio, cuando
miembros de la familia están involucrados o son cómplices del abuso. Y es en el
Centro en donde la mayoría es explotada.
Tanto discurso, tantas
cifras, pienso al lado de Yuliana, casi desesperada, aguardando que me baje el
pantalón o que le quite su ropa, para salir de nuevo a la calle y conseguir un
nuevo cliente. ¿Cliente? ¡Qué horror de palabra! Le hago un par de preguntas,
pero sus respuestas son vagas: no vive con su familia, duerme en un hotel en el
que paga 15 mil por noche, cumplió 17 años el 12 de febrero y fue uno de los
días más aburridos de su vida afrontando su dura realidad. ¿Lo más complicado?
“Tener que comerse a un pío que no me guste”. Le gusta fumar marihuana. Soporta
4 o 5 hombres por día; no terminó el colegio, pues a los 12 años inició su
explotación sexual infantil.
Cuando cruza sus piernas
en la cama me percato de que tiene una tanga rosada, pues la cremallera de su
short está abierta. En realidad, me dice después, el cierre se dañó y lo
reemplazó con un gancho que no soportó la presión de la tela tirando para cada
lado. Yuliana responde con monosílabos, a veces guarda silencio y parece
dormida. Tiene afán. “¿Ya?”, me dice a cada instante, al comprobar que no
quiero su cuerpo, su sexo, sino sus palabras, su historia, su mundo, lo que se
esconde en estos cuartos estrechos, desagradables, poco propicios para el amor.
“Usted se está demorando mucho”, me espeta, “págueme los 20 mil”, agrega. Entonces
accedo y abandonamos el cuarto.
Salimos y luce tal cual
entró. No removió la balaca ni el moño con pétalos azules sujetados de su
cabello negro. Está lloviendo y se lamenta. Me despido y bajo las escaleras.
Salgo en busca de un bus y ella queda atrás, con pocas ropas, bajo la lluvia y
el viento frío, esperando que alguien más la aborde, que la desnude, que la
abuse. Es una niña, resuelvo sin mirar atrás, es una niña.
