-Mijo, me voy a morir, me voy a morir-, exclamó Juvencio con
esfuerzo su última noche. Vomitaba sangre. Decían los médicos que ya no tenía
pulmones. No se explicaban cómo vivía si lo habían desconectado al aire que
acostumbraba llegar a su nariz desde dos años atrás.
Ese Juvencio aprendió a fumar antes de cumplir diez años.
Cuando tenía cuarenta, los médicos le advirtieron el peligro que corría.
Abandonó el tabaco, aunque el daño estaba hecho. Murió a los 77 años, con un
corazón que no corría, exhausto de trabajar toda una vida. Los pulmones
reclamaban su descanso. Estaban deshechos y no respondían a las ganas de vivir
que sentía Juvencio.
-Mijo, me voy a morir, me voy a morir-, volvió a decir el
pobre.
En una esquina del cuarto, a donde lo llevaron para que
expirara en privacidad, uno de sus hijos lloraba el inminente retiro de
Juvencio de la carrera por la vida. Al lado de la cama, otra de sus hijas gemía
a los gritos, rogándole que regresara de la
muerte, que no se dejara vencer, pero iba siendo tarde. Los párpados no
los pudo volver a abrir y dejó de pronunciar más palabras. Sólo abría su boca
para recibir el aire que sentía que se le iba. Los labios se expandían para
guardar reservas, pero ya no había tiempo.
La cuenta regresiva le llegó a Juvencio la tarde de un
martes, horas después de levantar sus ojos y decir con miedo que iba a morir. Y
no lo quería. La noche que ingresó al hospital, el principio de su fin, parecía
un bebé indefenso que había nacido poco tiempo atrás. El viejo suplicaba una
ayuda que se difuminó el décimo día.
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