Llevo años tratando de descifrar
el sabor de tu piel y esperando el momento de escuchar tu voz llorosa sostenida
en el tiempo pronunciando la palabra amor. En las noches me acuesto sobre la
cama y llevo la cobija hasta el cuello. Levanto la mirada y me sumerjo entre
una de las imperfecciones del cielorraso. Y ahí, en el silencio sepulcral de la
habitación, me pregunto cuándo será la mañana y podré cruzar tu cavidad.
Al amanecer, cuando vuelvo a
pensar en ti, me olvido de ese tonto que te conoce menos que yo, y reniego de
este falo semental que lanza tinta todo el tiempo. Y vos, con un donaire de
superioridad, me repites con desdén en esas líneas, que soy un loco resignado
que no podrá disfrutar del placer que intoxica a ese idiota que creé porque
nunca podré acceder a ti.

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