No he palpitado al verte.
Cuando te saludé tus ojos brillaban y tus labios me llamaban. Me alegré de no
prestarte atención, de saber que esa pasión que me inyectaste hace unas semanas
ya había agonizado en el mar de mis letras y en el jardín de mi deplorable alma, que se había encerrado en tu sonrisa y tus palabras cortantes
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