Alborozados caminan los
enamorados por las calles de Abejorral. Él tañe su guitarra, ella alegra las
maracas. Cantando recorren las faldas sonriendo sin ningún afán.
Sus cabellos castaños no
han perdido la batalla con los canos; su piel permanece inmaculada como reina
que nunca se expuso al sol. Los años transformaron el llano de su rostro en
agrestes montañas llenas de surcos, de accidentes y valles pronunciados.
Él, por su parte, no se había
acercado al altar vestido de negro, con el pecho agitado y sus manos sudorosas
agarrando una reina que en poco fuera la madre de sus hijos y la dueña de sus
días.
Ellos, tan disímiles, tan desconocidos, tan alejados el uno del otro en un pueblo
campesino, de casas viejas y restos de una colonización que inició por aquí, se
conocieron hace tres años. Ella, resignada a vivir sin compañía; él, con el
desánimo de comprender que nunca se casaría y que el amor, el verdadero, el
duradero, era una negación en su horizonte.
Sentados sobre el
estuche de una guitarra, macerado, lastimado, él tañe la guitarra y ella agita
las maracas. Frente al parque de Abejorral, justo en las escaleras de acceso a
un minimercado, Juan Gonzalo Ramírez, de 74 años, canta y estira su boca, y
María Ernestina Gallego, de 77, tararea las letras.
Los creí unidos por
décadas, con una descendencia prominente, con el gusto de cantar en las calles
tan solo por el placer de llenar de música este viento fresco que sopla desde
lo lejos del páramo. Pero no, no. Hace dos años se casaron y fueron la
sensación en Abejorral. Un sacerdote quiso impedirlo y no lo logró.
-Un padre no nos quería
casar- dice él.
-No nos querían casar,
como si fuéramos un par de culicagados- agrega ella, con el ceño fruncido, y no
sé si es enojo o es el fastidio de la luz que el sol refleja en los adoquines y
lanza como liebre sobre sus ojos.
Caminan entre las calles
faldudas, bien cerquita, cantando y sonriendo, recibiendo monedas y así, poco a
poco, alcanza para comprar de comer, para seguir viviendo interpretando
guascas, caminando hasta el parque y aguardando allí sin afanes, sin
apariencias, disfrutando de la atención que reciben, de las monedas que les
regalan, de lo felices que se muestran.
El 7 de noviembre
cumplirán tres años de casados. Ella se volvió a enamorar; él cumplió el sueño
de ser esposo, de entrar por la puerta grande de la iglesia, de agarrar de la
mano a su esposa, de besarla en la calle sin importar que les digan viejos. Al
fin, lo importante, es que les llegó el amor a los setenta. Justo cuando la
llama expira, en ellos nace.
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