jueves, 11 de diciembre de 2014

SEMBRAR UN ÁRBOL


Serafín es un árbol que dibujo en mi cuaderno. Serafín es un hombre de bigote oscuro y ojos cielo. Serafín es un guayacán rosado que se mece como un ronquido, opuesto al silencio en el que se nace. Serafín es un dibujo, es un hombre, es un guayacán. Serafín es música, Serafín es una ilusión.

Serafín –el guayacán- fue por mucho tiempo deseo, un traje amarillo bajo el sol canicular, una cadena de flores que formaban versos para enamorar, una idea que nació en las letras de Juan José Hoyos.

Antes de llamarte Serafín fuiste un dibujo en mi cuaderno, una idea, un propósito. Tu vestido era brillante y el camino estaba lleno de ti, un instante de magia, un ronquito apacible bajo el que se mecían mis pasos y unas cuantas letras. En tu sombra, Serafín, imaginaba –imagino- una libreta, un lápiz y un libro.

Serafín –el hombre-, de sombrero y palabras del sereno dibujó tu cuerpo en un vivero. Al cruzar y recordar el dibujo de mi cuaderno detuve los pasos y entré en tu búsqueda. Me recibió Serafín, con esa voz que florece, palabras cargadas de cariño, un susurro de amor. 

-¿Cuál es su nombre?
-Serafín- respondió como un secreto, bajito y melodioso-. Lleve el rosado, es más bonito y escaso.
-Pero… había pensado en uno amarillo –le dije. De pronto del recuerdo brotó la imagen de dos rosados desde un balcón del valle del río Cauca y con él la decisión.

Serafín, me dije al recordar su nombre. De inmediato pensé que así te llamarías, mi guayacán rosado. ¡Qué mejor nombre! Quiero verte florecer como la mirada, como la voz, como las manos del Serafín del vivero. 

Y aquí estoy Serafín –ahora mi guayacán, mi sueño, mis flores futuras, el hombre, el dibujo en el cuaderno- compartiendo mi nostalgia, mi ilusión, esperando por el día que me despiertes con tu amor, con tu voz, con tus manos rosas, siempre rosas, cayendo lentamente, floreciendo, refulgiendo. Tienes dos años, Serafín, y pasarán ocho años más para verte de traje. 

Sembrarte, Serafín, acariciar tus hojas anchas como una sonrisa, visitarte cada mañana, crecer contigo para florecer juntos. Sembrarte, amigo, es cultivar un libro, capotear la lluvia y soportar el ardor ponzoñoso del mediodía, roncar en el silencio, caminar –como todos- hasta arder en lo profundo de la mirada, ser música, ser realidad. 

Alguna vez lo pensé, lo sentí, imaginé mis pasos sobre las flores del guayacán: Tomarlas, olerlas, impregnar mi nostalgia, descargarla, aflorar mi fuego, reavivarlo. Alguna vez, pensé, quería sembrar un árbol, un guayacán, para pintar con magia la ilusión que la realidad desbarata. 

Sembrar un árbol. Sembrar un hijo o un hermano, una novia, una compañía. Serafín es un dibujo, es un hombre, es un guayacán rosado. 

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