Dijo un niño en un cuento, que hubo un momento en el que Dios jugando fútbol con sus amigos, chutó tan duro el balón, que este se pinchó contra un rosal. Al explotar surgió el universo y todo lo que conocemos, como si se tratara de la teoría del Big Bang.
En Medellín, un tipo llamado Guillermo Moreno trajo bajo su brazo un balón de fútbol. Era 1910 y ese objeto redondo empezó a rebotar sobre el césped antioqueño.
Llegó el balompié a un departamento que empezaba a experimentar los avances más importantes en su camino de convertirse en ciudad. El balón rodaba y de las montañas del Oriente bajaban las aguas que inflaban el primer acueducto, aparecía la electricidad y con ella, el tranvía que unía cada extremo de ese pueblo que se expandía a pasos de gigante.
El Ferrocarril de Antioquia arribaba de Puerto Berrío con una inmensa masa atraída por las oportunidades de la naciente industria. Las textileras necesitaban mano de obra y ellas, en su boom, impulsaban los primeros barrios obreros. En estos, el fútbol se regaba y se popularizaba. Jugar con un balón dejaba de ser cuestión de ricos para ser parte del paraíso terrenal de la clase popular.
De la misa de cada domingo en la mañana, una turba de gente caminaba hasta el Hipódromo a ver correr los caballos. Luego seguía la fiesta, el fútbol.
Cada fin de semana se hacía popular un equipo, el Medellín F.B.C. Detrás de él estaba la elite conservadora de Antioquia, la clase política de Medellín, los hombres más poderosos del Valle de Aburrá, los mismos que decidieron crearlo en los albores del siglo XX.
Crecían Fabricato, Tejicóndor, Coltejer y Gaseosas Posada Tobón. Una masa de empresarios consolidaban el desarrollo de la región y así, el fútbol, seguía su camino. La clase alta se alejaba de su práctica y se refugiaba en los clubes sociales. Sus hijos se iban a estudiar a Europa y los obreros protagonizaban las tardes de domingo en el viejo Hipódromo Los Libertadores.
Se fusionan dos equipos y surge Unión Indulana. Éste cambia de razón y se modifica por Atlético Municipal. Detrás de él, persiguiendo el ideal de defender el jugador colombiano, Fabricato da la primera señal de la industria. Le extiende la mano y lo financia. Como todos los jugadores eran criollos, le dan el nombre de Atlético Nacional.
El fútbol se hace imprescindible. ¿Cómo no serlo si no hay otra forma de diversión para el fin de semana?
Personajes apasionados, dispuestos a perder su dinero en un club de fútbol, se sumergen en el deporte. Compran, venden jugadores y renuncian a sus propiedades para inyectar a sus equipos. Fracasan con la chequera pero salen victoriosos con su pecho firme y el corazón latiendo.
Luego aparece algo llamado publicidad, el nombre de una marca en una camiseta. Un sinnúmero de empresas, que crecieron con el fútbol desde comienzos de siglo, deciden unirse al deporte y apoyarlo. En algunos momentos no fue negocio, sólo una cuestión pasional, de hinchas. Años después, una dependencia mutua.
Elite, empresa y fútbol no se han separado desde entonces. Entendieron que su relación era necesaria, que con su historia narraban la vida de esta parte del país. Contribuían a esa necesidad de identidad, generaban cohesión social, divertían y cambiaban el destino de la vida así fuera sólo por un par de horas.
He aquí el resultado de esa historia, de los primeros golpes del balón que rodaba y de los personajes que se enamoraron de ese movimiento perfecto. De la elite que se apasionó y aportó su dinero, y de la industria que entendió que sus equipos de fútbol popularizaban sus marcas, pero que identificaban al pueblo que buscaban.
Todo un siglo de apoyo y acompañamiento. Cuando ese balón llegó en 1910, hubo una pequeña muestra del Big Bang en Antioquia. Surgió todo lo que hoy conocemos: nuestros equipos de fútbol, los hinchas y la pasión que se siente en estas páginas. ¡Que ruede el balón!
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