Palenque no era de San Basilio de Palenque, por allá arriba cerca de Cartagena. Era un negro, no se si porque no se bañaba o porque era su verdadero color de piel, que descubría su dorso para trabajar. Usaba pantalones rotos y el cabello era peinado por obra del viento y falta de peinilla.
Comenzaban los años 90 cuando escuché hablar de él. Vivía en Planeta Rica, en la sabana del Caribe. Lo veía cargando la legumbre que llegaba de Medellín. Sobre los hombros y apoyados en su cabeza yacían esos bultos pesados, cargados del sopor de un viaje extenuante desde lo alto de las cordilleras hasta el nivel del mar, por donde corre con presura el Río Cauca.
El sol extenuaba y Palenque descubría su espalda, agarraba la camiseta y la posaba en el hombro derecho. De vez en vez, cuando iba y volvía, miraba un pequeño paisa sonreírle y él atendía su alegría con unas cuantas palabras de cariño.
Fueron pocas las veces que el niño vio a Palenque en esos viajes fugaces en camión. Pero una vez, recuerda, no paraba de llorar. Quería comer unos chitos y un tío no quería comprárselos. El negro suspendió sus labores, agarró de la mano al pequeño y lo llevó a la tienda de la esquina. Sacó de su bolsillo un billete arrugado y regresó al camión con una sonrisa en su retina y un rechinar de unos pequeños dientes masticando unas golosinas. Fue la última vez que vio a Palenque, cuando corría por unos chitos.
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