En este cementerio los muertos
se han ido. Las bóvedas que abandonaron los fallecidos tampoco las apetecen los
vivos.
Esos que respiran, huyen
despavoridos de la cima de la montaña, en donde el frío petrifica las ganas de
vivir, y se van, con afán, sobre un vetusto bus que serpentea entre esa
cordillera escarpada hasta llegar a la ciudad.
Corren hacia la metrópoli, para
no permitir que sus huesos reposen en este lugar blanco, en donde los muertos sienten
morir de depresión porque nadie los visita.
Los jóvenes se han ido lejos de
casa. Cultivar la tierra, como lo hicieron los viejos que vivieron en este
cementerio y los que viven muriendo entre las calles empedradas, no le importa
a estos muchachos, con ansias de ciudad, de gente, de fábricas y universidades.
Se van y los viejos quedan en
este pueblo de tejas de barro y muros de tapia, que se sostienen por el tiempo,
un cemento mágico mezclado con telarañas que mantiene las estructuras de esta
población, mientras muere poco a poco y se hace más vieja cada día.
En lo alto del parque se avizora
ese nevado, de nieves pulcras y terror escondido. Luego de la iglesia, calle
abajo, se camina hacia el precipicio, al último extremo de estas pocas cuadras.
Allá está este cementerio blanco, con bóvedas que parecen hornos de ladrillo. Y
en una de ellas, un hilo oscuro brota y baja entre la pared, y mancha el
cemento mugriento.
Unos metros después está una
seguidilla de personas sin nombre que entraron en 2002 y nunca nadie se ha
atrevido a desenterrarlos y extraer su osamenta. Fue en marzo 21 cuando
llegaron. ¿Quién buscará estos muertos, éstos que nadie visita, a quien nadie
le importa, de quienes sólo se sabe que desfiguraron unos hombres armados?
La fortuna les llegó a este
cementerio solitario, en donde sólo rumba el viento entre las paredes y los
pájaros entonan una música monótona que memorizaron los muertos que se fueron
de nuevo a las calles, a donde no tienen a quien saludar.
A pocos metros de este
cementerio se levanta el acilo. Todos los días, los viejos ven desde su balcón
la próxima estación. Y en este manicomio de muertos, la morgue está abandonada
y los restos de un ataúd y sus telas blancas, están invadidas por las moscas.
Hay ángeles blancos en cada
rincón y vírgenes abriendo los brazos o cargando un niño. El cemento de los
senderos se ha resquebrajado. Ya ni a los vivos les importa el lugar que abandonaron
los muertos. Morir es mucho más digno en la ciudad, en donde los cementerios
están llenos de gente, en esos sitios donde la noche se llena de susurros que
llegan hasta las calles y aterrorizan los transeúntes.
Pero aquí, a este manicomio de
muertos, no llega nadie nuevo, ni un forastero. Estos sin nombre, que tienen
sus huesos encerrados entre el ladrillo, en las noches recorren desolados las
callejuelas sin tener a quien silbarle en los oídos. Vivir en la vida o en la
muerte no tiene diferencia en este pueblo. Los muertos están perdiendo la razón
y los vivos están muriendo sin saberlo.
Muy bueno. Sigue así
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