Cuando tomo un álbum de
fotografías vienen a la mente un montón de historias y esas vacaciones en el
mar. Aún recuerdo sus olas violentas golpeando la playa, el agua salada ardía y
un río helado desembocaba a pocos metros de donde estabas.
Bajo una carpa tomabas
cervezas, como nunca te había visto, y destapabas el dorso ante la brisa que
soplaba en esa tarde soleada. Agarrabas de la mano a una mujer diminuta y la
llevabas caminando hasta el río y se bañaban allí, porque las aguas del mar
eran demasiado furiosas como para dedicarse a lidiar con ellas.
En esas vacaciones, no te
desprendías de lo que siempre creímos era un apéndice de tu cuerpo. En la
sombra se notaba una pequeña sombrilla sobre tu cabeza redonda. Siendo niño,
creía que habías nacido con sombrero. También estaba convencido que el pequeño
parche de vellos bajo la nariz había estado ahí por siempre. ¡Qué ingenuidad!
Antes de nacer, cada uno de nosotros
ya tenía un nombre predeterminado. Éramos, para todo el pueblo, los
pandequesos. En Guarne, nos acostumbramos a escuchar hablar del abuelo como ‘el
pandequeso’ o ‘Don Jesús’, y nosotros, tus nietos, te decíamos ‘papito’, como
si desconociéramos tu nombre.
Cuando eras pobre y vivías con
tus primeros hijos en el Alto de la Virgen, tus días se debatían entre la
estrechez de dos cuartos, la tierra y los pandequesos que vendía tu familia. ¡Allá
nació el pandequeso y así empezaste a progresar! ¡¿Cómo lo ves, Bigotón?!
Ojeo y te encuentro aún con el
cabello negro peinado hacia atrás. La nariz gruesa y los cachetes, como siempre
los recuerdo, eran dos montículos de carne que provocaban agarrarlos y
sacudirlos de un lado a otro.
Ya vivías en el pueblo, y al
pequeño depósito de materiales que decidiste crear, le habías dado el nombre
del barrio: San Vicente. Oíste Bigotón, hace tanto tiempo que pasó eso que las
calles estaban llenas de polvo y piedras. En la imagen cargas una niña, y un
camión te da sombra. ¡Qué digo camión, es una escalera!
Claro que no me olvido Bigotón.
¿Cuántos paseos nos dimos en esa chivita colorida? Muy temprano te dio por
vender el carro y nosotros, aún tan pequeños, nos lamentábamos de tan grande
pérdida.
Y luego vino un carro tras
otro. Me quedo observando la misma fotografía y me acuerdo cuando nos llevaste
a Río Claro. Cuando nos bañábamos, una de las tías decía que ese río de claro
no tenía nada. Recogía agua entre las palmas de sus manos y decía: ¡Qué agua
tan sucia!
En la sombra de los árboles nos
recogíamos y la comida que preparó la abuela y las tías en casa, eran el
banquete del mediodía. ¡Qué paseos, Bigotón! Hubo otros que no recuerdo,
seguramente los viví nadando al interior de mi mamá cuando acababa de casarse y
yo me balanceaba de un lado a otro dando brinquitos en la chivita.
Desde que tengo memoria eras un
hombre redondo. Abro bien los ojos para percatarme de lo que veo y encuentro
una fotografía a blanco y negro. Mi abuela vestida de negro y tú de camisa
blanca. Tu mano izquierda la rodea y no veo el montículo de la barriga. Eras un
joven longilíneo con una primera versión del bozo de pelos negros que no
conocí.
En la siguiente página hay una
volqueta de color rojo. Sobre ella, nos tomábamos todas las fotografías el día
de los brujitos. Jaime, Ferley, Óscar, el mono y yo estábamos disfrazados.
Sobre mi pecho había una ese y en mi espalda una capa roja. En cada ocasión,
nos acostumbramos a reunirnos en tu casa, Bigotón. Una fecha especial o una
cosecha de fríjol para desenvainar eran motivo para reunirnos y hablar, y
hablar.
Así nos juntamos cuando iban a
llegar las religiosas Sorana y Sorgabriela, como nos acostumbramos a llamarlas,
sin saber que Ana y Gabriela eran sus nombres. Arribaban al aeropuerto de
Rionegro y tus carros se llenaban de pequeños y grandes para ir a recibirlas. A
los mayores les emocionaba ver a sus tías después de cuatro años y a nosotros,
los niños, nos encantaban los regalos que ellas traían consigo. ¡Qué cosas,
Bigotón!
Como no era de extrañar,
siempre ese carro de largas bancas laterales, que hoy es una pequeña volqueta,
se varaba en el lugar menos apropiado. Te bajabas del carro apenado con las
monjas y llamabas a los hombres para empujarlo, a ver si a ese pedazo de chatarra
rojo le daba la gana de prender. No lo niego, así de niño, eso era parte del
paseo.
A tus hijos les enseñaste a
trabajar en casa. El depósito que en un inicio fue una pequeña calle, con los
años era la mitad de la cuadra. Los hombres manejaban los carros, hacían de
mecánicos o administraban el negocio. Las mujeres ayudaban en la cocina y la
abuela les enseñaba a preparar las comilonas que siempre nos encantaban.
Creo que todos soñábamos con
manejar algunos de tus carros. Yo, por mi parte, no me olvido de mis
juegos en una de las jaulitas. Me
escondía allí y movía la palanca de un lado a otro, mientras con mis labios
zumbando me hacía creer que el motor estaba encendido. No lo volví a hacer,
desde que presioné uno de los pedales y, ¡oh sorpresa!, ese armatoste empezó a
rodar y yo a gritar. Fueron pocos segundos, hasta que lo choqué contra un poste.
Fuimos creciendo y los nietos
ya trabajaban en el depósito. A los doce años también me aventuré. Cargar un
bloque era una tortura y zarandear un bulto de cemento toda una hazaña. Allí
nos hicimos fuertes o, como tal vez pensabas, nos hicimos hombres. “Si carga un
bulto de cemento, ya es capaz con una mujer”, decían.
Me detengo y cierro el álbum, y
agarro un sombrero negro que flota sobre la cama. Mientras lo acaricio, me
pregunto cómo sigue el aire soplando y el sol alumbrando si ya no te encuentras
caminando de arriba abajo recorriendo lo que construiste. El viento hace eco de
tus recuerdos y de entre mis labios florece un silbido, de esos que hacías. ‘Cepillo’
le decías a uno de tus trabajadores. Cuando no quisiste seguir pronunciando su
nombre, recurriste a la creatividad de tu boca para emitir una melodía que
convertía el ‘Cepillo’ en música. Y nunca dejaste de silbar de esa forma. Si un
trabajador escuchaba ese sonido, sabía que debía ir donde vos, Bigotón, o, para
evitarse esfuerzos, se escondía entre la madera o los bultos de cemento. Pero, ¡más
le valía que no lo encontraras!
Cuando te marchaste, Bigotón, dejaste
un vacío que aún intento definir. A cada instante te recuerdo y me pregunto si
lo que esperabas era que esas disputas en tu familia se acabaran. Mientras me
ajusto tu sombrero negro en mi cabeza y camino hacia el espejo, un silencio
recorre estas paredes. Eso me hace pensar que, mientras nos acompañaste,
hiciste mucho más por tu familia de lo que debías. Aunque en las noches, algunas
lágrimas rueden en silencio por este recuerdo que no se apaga, solo me queda
por decirte gracias Bigotón, gracias.

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