El día en el que la fuente se
secó, la amargura se quedó en mi mente como el pasado en Estambul. Noches y
noches quise llorar y no pude más que mirar la lluvia y escurrir mi mente en
lágrimas. Mi rostro empalideció y las venas saltaron a la superficie. El agua
de mi cuerpo se filtró en sudor; entendí que llorar era un privilegio del que
tendría que carecer.
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