El corazón sigue latiendo y los
ojos observando; los perros no ladran más, las luces se apagan, los carros se
detienen, los aviones se caen, el pueblo pierde vida y se sumerge en un
silencio sepulcral. Todo se detiene y escucho los gemidos del pecho y miro cómo
burbujea la camiseta presintiendo la despedida inevitable. Ya no se oyen las
garzas en bandada haciendo la música de la tarde melancólica, ni el sol ilumina
el valle en tinieblas. Respiro fuerte y las frases no tienen la puntada fina de
un buen tejedor. Salen y salen palabras mientras mi mundo se detiene: se ha
petrificado cuanto observo y mis latidos se hacen más fuertes y los ojos
humedecen el manto de las ilusiones, cuan inmaculada prenda que se le escapan
las esperanzas y sus hebras se manchan con la oscuridad del dolor y del adiós.
Es el adiós, una despedida que para el tiempo y destruye cuanto rodea; es el
adiós que desgañita el corazón y que destroza el mundo que había germinado.
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