Digo que intento montar en bicicleta para no abochornarme. Que aquello de pedalear es probarse a sufrir, a resistir, a no parar hasta que encuentre la cima. Digo que intento escribir para no abochornarme, porque el solo hecho de sumar verbos e intentar dejar una historia es un intento, una suma de intentos.
Escribo esto días después de leer De qué hablo cuando hablo de correr, del japonés Haruki Murakami. Ni los premios, ni los ejemplares vendidos le sirven para medir la calidad de su obra. “Lo más importante –dice- es si lo escrito alcanza o no los parámetros que uno mismo se ha fijado, y frente a eso no hay excusas”. Ante los demás es posible engañarse, señala, pero no ante uno mismo. En ese sentido es que compara su oficio de novelista con el corredor de maratón: correr y trazarse metas es una metáfora que le ha sido útil a la hora de escribir.
Murakami corre, otros montan bicicleta. En ese ejercicio solitario pedalear es negarse a pensar. Es salir a observar, a probar los sentidos: el viento, el canto de las aves, la pendiente de la montaña, la carretera serpenteante, el sol candente, la sed acechante.
Pero hablemos de escribir. Y de correr.
Tres atributos requiere un escritor, dice Murakami: el talento, la cualidad indispensable del que escribe; la capacidad de concentración, de juntar el talento y verterlo en un momento preciso; y la constancia. Las dos últimas se pueden adquirir, pero carecer de la primera es una verdadera prueba a contracorriente.
En ese caso pienso en los que tenemos poco talento, aquellos con la llama expuesta al soplo del viento. “Los escritores que no están dotados de tanto talento (o que no tienen más remedio que ir tirando con el justito que poseen) tienen que ir ganando fuerza muscular desde jóvenes”, advierte Murakami. Como los otros atributos se ganan con constancia, mientras se cava a pico y pala, como él dice, “a costa de mucho empeño y sudores, un agujero a sus pies, se topan por casualidad con esa veta de agua secreta que yacía dormida en lo más profundo del subsuelo”.
A lo mejor sería suerte encontrar el estilo, la forma, el sello personal, pero su posibilidad depende de la disciplina, de intentarlo todo el tiempo.
Si de correr se trata (o de montar en bicicleta), hacerlo constantemente ayuda a ganar consistencia, fuerza y a limar las limitaciones, reducirlas, empequeñecerlas. Asimismo sería escribiendo. No hay otro remedio que ganar constancia y capacidad de concentración hasta que de tanto picar y palear se halle la fuente. Por eso digo que lo intento, que intento montar en bicicleta, que intento escribir, porque adentro en la mina la oscuridad a veces tiene ojos de eternidad.

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