jueves, 22 de septiembre de 2011
JUVENCIO
La noche estaba oscura. Ya bajábamos con las bestias para la casa con mi primo Chechito.
Mijo, esto pasó hace setenta años. En el firmamento empecé a ver una luz que empezaba a subir. Pero no era una estrella, nada de eso, era un resplandor que iba creciendo y subiendo en el cielo.
-Primo, primo, mire esa luz que está subiendo-, le dije apurado.
-¿Cuál luz Juvencio?, yo no veo nada.
Volvió a aparecer la luz, mijito, y le volví a decir a mi primo. Yo era muy pequeño, tenía siete años y por eso creo que Chechito no me creía.
-Primo, mire esa luz, mire, mire-, le volví a decir.
Pero Chechito cuando vio, ahí mismo me cogió y nos tiramos al suelo, al lado del camino, soltamos las bestias y nos tapamos la cabeza.
-Juvencio, Juvencio, no vaya a mirar esa luz, quédese ahí, quietecito-, me decía.
Pero yo eran tan travieso que no le hice caso y volteé la cabeza. Esa luz estaba encima de nosotros, grande, inmensa. Pero de un momento a otro lo que ví era una calavera con un tabaco en la boca.
¡Ay mijo!, mi papá me tuvo que llevar como un año donde un médico a Rionegro. No crea que las carreteras eran como ahora. ¡Era un pedrerio tan verraco! Y eso lleno de huecos. Yo no sé cuanto nos demorábamos, pero bien lejos sí quedaba.
Eso fue en 1940. Recuerdo que mi papá me llevaba donde un tal doctor Ríos. Me acuerdo. Y yo me mantenía con mucho miedo, pero eso se me fue quitando.
Esa noche estaba tan asustado, que el primo tuvo que llevarme a la casa porque no era capaz de caminar. No movía los pies ni las manos.
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