En la mañana se rascó
los ojos y estiró los brazos como desperezándose. Había soñado que la vida lo
había partido en dos y que debía buscar ahora cómo unir esas dos realidades.
Una mujer de cabello
negro y voz firme dictaminó la arenga que lo dividió en dos. Le dijo que no lo
quería ni le era útil, que debería buscar otro trabajo. Le dio a entender que
era bueno que se marchara lo más pronto posible. Su presencia estorbaba en el
espacio.
Mientras abría bien
sus ojos, procrastinaba la decisión que le habían pedido. Reaccionó y entendió
que hasta las palabras que había escuchado en una fría oficina, con dardos
hirientes y sin justificación, se habían adueñado de las noches, en esas en las
que abrazaba con pasión la almohada.
Quiso entender cómo,
creyendo que era un buen trabajador, sus superiores habían dicho lo contrario.
Esa tarde, aún en su recuerdo, lo dividió en dos. Su parte que creía buena,
quería conquistar ahora la que decían que era mala. Desde entonces se ha
dedicado a ser el bueno y no preocuparse por lo demás.
Después de levantarse
volverá a estar cerca de la oficina fría de su recuerdo, intentando mostrar el
error que cometieron, tal vez así sus dos mitades lleguen algún día a unirse.

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