viernes, 23 de septiembre de 2011

JUVENCIO II

Juvencio está en la cama. Las manos le tiemblan y los ojos azules, esos que también tiene mi papá, cada vez están más pequeños. Pesa 40 kilos y lo único que mira es la luz que entra por la ventana.

Sobre la pared hay dos camándulas y un pequeño altar de madera, pegado contra la pared azul descolorida, con un Jesús que abre las manos y que pareciera abrazarlo, como si ya lo estuviera recibiendo, como si no quisiera esperar a que cumpla los 77 años para llevárselo.

Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, siempre, desde hace varios años, se escucha una máquina que le lleva por un conducto el aire a la nariz. Juvencio no respira por sí solo, el corazón desfallece cada día. Cuando deben llevarlo al hospital, los médicos no sueltan palabras alentadoras. De regreso a casa, cada uno de sus hijos le cuenta a su familia que el viejo no pasará de este año.

Han pasado dos desde que esas frases pasan por el oído. Algunos querrán que se muera, para disfrutar su dinero; otros saben que el viejo en cualquier momento no estará y el corazón le dirá ¡basta!, pero siguen rezando, con los ojos cerrados al borde de las lágrimas, que dure un poco más el viejo. Las comidas son pequeñas y la abuela no le prepara lo que le gusta. Una sopa de arroz recibe de poco en poco.

-El viejo quiere comer todos los días tamal, mijo, pero si valen 2.500 pesos. Sí, son muy buenos, pero ¿de dónde voy a sacar esa plata todos los días?-, dijo la abuela hace algunas semanas.

Esta tarde, Juvencio viste una pijama gris de rombos grises y líneas negras. El cabello blanco está a ras, casi imperceptible. No camina porque se ahoga al instante. Prefiere quedarse en su cama, bajo las cobijas, esperando que alguien llegue o rezando para que la muerte no lo visite mientras cuenta un día más de vida y la vieja está en la calle.

En el suelo hay un pato azul. En un rincón, al lado de la cama, un tanque de oxígeno verde, cubierto con una toalla, por si la energía se va y hay que conectarlo inmediatamente a ese otro aire que reposa en el frío cuarto, listo para ser absorbido por el viejo.

-También me acuerdo de otra historia de brujas, mijo-, me dice, mientras sus diminutos ojos captan mi atención. La abuela, que acaba de llegar de un entierro, toma asiento en una silla plástica blanca y guarda silencio.

-Una noche, un tío iba caminando solo en la vereda. También vio una luz que venía de frente y se detuvo en el camino. Volvió a mirar y era una calavera que se había detenido. El tío le dijo: ¿pasa o paso? No le respondió, pero mi tío siguió. Luego se detuvo y miró hacia atrás, pero ya no vio nada.

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