viernes, 30 de marzo de 2012

EL PATAS

Lo confieso: conocí al Patas. Ese al que ven en el televisor, con los lentes de las cámaras apuntándole a su cara sudorosa, de nariz chata, labios gruesos y cachetes rojizos e inflados, que en vez de llevar aire en su boca, parecen rellenos de  helio.

Llena la pantalla con sus piernas gruesas y los pectorales, que presionan la camiseta. Luce una larga sonrisa, los ojos le brillan. ¡Es famoso, el Patas es famoso!

Yo lo estoy viendo. ¡Ahí está, al frente, el mismo Patas! Corre detrás de un balón y sonríe como un chivo. Su cabeza aún parece un huevo, aunque parece no pesarle. ¡Ole! Con el balón en su pierna izquierda aún lo recuerdo de niño. Corre lentamente, levanta la mirada y lleva el balón entre las piernas de un compañero, antes de acariciar la pelota y enviarla a Ronaldinho. ¡Ole Patas, como en la escuela!

Lo veo mientras entrena. Todos ustedes lo observan en el televisor. Yo no, en este instante lo veo y lo recuerdo. No me ufano de ser amigo del Patas. En unos minutos cuando me acerque, su fama no le permitirá recordarme. Me mirará como uno de esos fans furibundos con una libreta y un lapicero pidiendo un autógrafo y vistiendo una camiseta amarilla aguardando que con un marcador negro me regale su firma.

Me resisto a creer que el Patas sea igual. Me niego a pensar que no me reconozca. Lo único que quiero es que me mire a los ojos y pronuncie mi nombre. ¡Qué importa que durante mi respuesta se vaya, si el Patas me reconoce!

Vuelve a recibir el balón, uno de esos amarillos con un chulo negro. Quiero uno. Al Patas le deben sobrar, me imagino. Cuando lo sigo por televisión y anota dos o tres goles, siempre lo veo besando la pelota y cargándola bajo un brazo para llevarla a casa. Yo, esperaría que él me regalara una para no tener que ir al almacén a comprarla y resignarme a pensar que el fútbol no se hizo para mí, se hizo para el Patas.

¡Ay Patas, cómo has crecido! ¡Cuánto talento se esconde en esos 160 centímetros tuyos! Eres pequeño. En la escuela, las niñas de tu edad no te miraban. Tenías que posar tus ojos en otras más pequeñas, así serías más alto. Y cuando pasaban los años, ellas ya te veían como el niño, porque mientras sus piernas se alargaban y se veían más lindas y te masturbabas en casa porque no podías conseguir novia para darle un beso, tú seguías con la misma estatura. No te percatabas que algún milímetro de más tenías, Patas.

No sé mucho de tu vida privada, aunque esos chismosos de los periodistas te vivan asediando, averiguando con quien sales, a quien agarras de la mano, qué vistes, cuál es tu último carro. No necesitas medir dos metros para que una modelo rubia de ojos claros salga contigo y acepte ser tu novia, así seas más pequeño. ¡Con tu talento basta, Patas!

Recibes el balón de nuevo y lo levantas del suelo con un tiro de veinte metros hasta el otro extremo de la cancha. Veo tus piernas, no quiero imaginar su valor. En la escuela eran tan bronceadas como ahora. Tus gemelos lucen con un poder particular. Pronunciados en tus piernas y las medias a la altura del tobillo. En la televisión deben verte gigante. Y no lo dudo Patas, lo eres, me imagino lo que vales con sólo vestir esa camiseta amarilla de tu Brasil y tocando la pelota al lado de Ronaldinho.

Ese depredador, de pelo desarreglado y dos dientes deformes que no caben en su boca es el ayer. Tú, Patas, eres el hoy, el presente, el talentoso. Y no porque te haya conocido, pero eres el mejor, sin duda Patas, lo eres, lo puedo firmar aquí, ahora mismo.

Noto que creciste un poco más. Te veo risueño y pidiendo el balón. Tu zurda es un pincel tan pulido como tu mano derecha pintando en clases de artes. Los movimientos los delineas con delicadeza, corres lento pero preciso. Lo que no alcanzan tus piernas, lo logras esos pases que llegan donde tus compañeros están, precisos, perfectos.

Me imagino que ya no debes aplicarte esas inyecciones dolorosas para crecer unos pocos milímetros. Eso ya es pasado. No necesitas más centímetros para ser vigoroso y escuchar halagos de mujeres hermosas, no como aquellas muecas y despelucadas que te despreciaron en el colegio.

Me acuerdo que cuidabas carros en frente de una iglesia para comprar tus inyecciones. Tu mamá, pobre ella, no tenía con qué darte las medicinas. Antes de que el sol alumbrara las calles de tu pueblo, ella ya estaba barriéndolas. Caminaba en el frío de las madrugadas con una pala, una escoba y una caneca. Siempre con el gorro y la camisa naranja.

Afortunadamente todo es pasado. Hoy vive en su casa y no se preocupa por la comida que comerán tus dos hermanos menores al almuerzo. En la nevera sobra. ¡Cómo cambian las cosas! Ayer ibas a mi casa y te quedabas toda la tarde para poder almorzar y tomar jugo a las tres. No nos abandonabas hasta que no llevaras el estómago lleno con la comida. Mucho que te gustaban las comidas de mi mamá, Patas. También mi hermana, no lo olvides.

Fuera de la cancha, las mujeres te gritan, te llaman por tu nombre. Yo te digo Patas, porque no me gustaba cómo en la escuela te llamaban Enano. Aunque debiste aceptarlo y no te incomodaba, prefiero decirte Patas. ¿Sabes por qué? El Patas te caricaturizaba, pero no te ofendía. Un compañero te llamó así porque tu cuerpo era pequeño y tus pies gigantes. Ni qué decir cuando calzabas esos zapatos negros con una platina en la punta y jugabas con ellos fútbol. Qué miedo una patada tuya, Patas.

Te detienes en la cancha y levantas tu mano derecha. Miras atrás de mí y saludas las chicas que corean tu nombre. ¿A cuántas les has hecho el amor? Cómo te envidio, Patas. Chicas voluptuosas, de cuerpos sexys, que se están quitando la ropa antes que tú decidas cuál será la de esta noche. Huy Patas, entiendo que no tienes que masturbarte. Ahora soy yo el que debe hacerlo, porque mi pierna izquierda no es esa brocha fina que tienes. Y si busco mi nombre en el computador, no existo. Tú sí, Patas, hasta te cansaste de leer lo que dicen de ti en los periódicos. Todo ya lo sabes, eres el mejor, el futuro de esa camiseta amarilla que vistes.

No sé si cuando me acerque me alcances a ver. Hay tanta gente que no habrá tiempo para que me digas un par de palabras. Lo primero son las mujeres, sí señor. Un amigo de la infancia que no ves hace una década ya no importa. Seguro te olvidaste de mí, aunque no quiera creerlo.

Bajo este sol canicular me siento desmayar, no podré saludar al Patas. Ya no estoy allá frente a ti, Patas, qué rabia. Cuando más cerca estuve de saludarte, perdí la razón y ahora despierto en un bus, camino  al trabajo y con un billete para pasar todo el día. Las personas van bajando y estiro mi mano para pagar.

-¡Hola Camilo!-, me dice el piloto.
-Hey Danny, ¿cómo vamos?-, le digo. Me da un par de monedas y bajo del bus. Miro hacia atrás y es el Patas, el mismísimo Patas con camisa blanca, pantalón azul oscuro y zapatos negros. ¡Pero ya no estás jugando! Estaba soñando lo que quisiste ser y tus pocos centímetros no te permitieron. ¡Qué impotencia, Patas! Eres el chófer de un bus y sigues siendo mi amigo.

Añoré que si vestías esa camiseta amarilla y tocado el balón con Ronaldinho, me hubieras llamado por mi nombre como lo hiciste esta mañana. ¡Sos grande Patas, sos el mejor!

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