Llena la pantalla con sus piernas gruesas y los pectorales,
que presionan la camiseta. Luce una larga sonrisa, los ojos le brillan. ¡Es
famoso, el Patas es famoso!
Yo lo estoy viendo. ¡Ahí está, al frente, el mismo Patas!
Corre detrás de un balón y sonríe como un chivo. Su cabeza aún parece un huevo,
aunque parece no pesarle. ¡Ole! Con el balón en su pierna izquierda aún lo
recuerdo de niño. Corre lentamente, levanta la mirada y lleva el balón entre
las piernas de un compañero, antes de acariciar la pelota y enviarla a
Ronaldinho. ¡Ole Patas, como en la escuela!
Lo veo mientras entrena. Todos ustedes lo observan en el
televisor. Yo no, en este instante lo veo y lo recuerdo. No me ufano de ser
amigo del Patas. En unos minutos cuando me acerque, su fama no le permitirá recordarme.
Me mirará como uno de esos fans furibundos con una libreta y un lapicero
pidiendo un autógrafo y vistiendo una camiseta amarilla aguardando que con un
marcador negro me regale su firma.
Me resisto a creer que el Patas sea igual. Me niego a pensar
que no me reconozca. Lo único que quiero es que me mire a los ojos y pronuncie
mi nombre. ¡Qué importa que durante mi respuesta se vaya, si el Patas me
reconoce!
Vuelve a recibir el balón, uno de esos amarillos con un
chulo negro. Quiero uno. Al Patas le deben sobrar, me imagino. Cuando lo sigo
por televisión y anota dos o tres goles, siempre lo veo besando la pelota y
cargándola bajo un brazo para llevarla a casa. Yo, esperaría que él me regalara
una para no tener que ir al almacén a comprarla y resignarme a pensar que el
fútbol no se hizo para mí, se hizo para el Patas.
¡Ay Patas, cómo has
crecido! ¡Cuánto talento se esconde en esos 160 centímetros tuyos! Eres pequeño.
En la escuela, las niñas de tu edad no te miraban. Tenías que posar tus ojos en
otras más pequeñas, así serías más alto. Y cuando pasaban los años, ellas ya te
veían como el niño, porque mientras sus piernas se alargaban y se veían más
lindas y te masturbabas en casa porque no podías conseguir novia para darle un
beso, tú seguías con la misma estatura. No te percatabas que algún milímetro de
más tenías, Patas.
No sé mucho de tu vida privada, aunque esos chismosos de los
periodistas te vivan asediando, averiguando con quien sales, a quien agarras de
la mano, qué vistes, cuál es tu último carro. No necesitas medir dos metros
para que una modelo rubia de ojos claros salga contigo y acepte ser tu novia,
así seas más pequeño. ¡Con tu talento basta, Patas!
Recibes el balón de nuevo y lo levantas del suelo con un
tiro de veinte metros hasta el otro extremo de la cancha. Veo tus piernas, no
quiero imaginar su valor. En la escuela eran tan bronceadas como ahora. Tus
gemelos lucen con un poder particular. Pronunciados en tus piernas y las medias
a la altura del tobillo. En la televisión deben verte gigante. Y no lo dudo
Patas, lo eres, me imagino lo que vales con sólo vestir esa camiseta amarilla
de tu Brasil y tocando la pelota al lado de Ronaldinho.
Ese depredador, de pelo desarreglado y dos dientes deformes que
no caben en su boca es el ayer. Tú, Patas, eres el hoy, el presente, el
talentoso. Y no porque te haya conocido, pero eres el mejor, sin duda Patas, lo
eres, lo puedo firmar aquí, ahora mismo.
Noto que creciste un poco más. Te veo risueño y pidiendo el
balón. Tu zurda es un pincel tan pulido como tu mano derecha pintando en clases
de artes. Los movimientos los delineas con delicadeza, corres lento pero
preciso. Lo que no alcanzan tus piernas, lo logras esos pases que llegan donde
tus compañeros están, precisos, perfectos.
Me imagino que ya no debes aplicarte esas inyecciones
dolorosas para crecer unos pocos milímetros. Eso ya es pasado. No necesitas más
centímetros para ser vigoroso y escuchar halagos de mujeres hermosas, no como
aquellas muecas y despelucadas que te despreciaron en el colegio.
Me acuerdo que cuidabas carros en frente de una iglesia para
comprar tus inyecciones. Tu mamá, pobre ella, no tenía con qué darte las
medicinas. Antes de que el sol alumbrara las calles de tu pueblo, ella ya
estaba barriéndolas. Caminaba en el frío de las madrugadas con una pala, una
escoba y una caneca. Siempre con el gorro y la camisa naranja.
Afortunadamente todo es pasado. Hoy vive en su casa y no se
preocupa por la comida que comerán tus dos hermanos menores al almuerzo. En la
nevera sobra. ¡Cómo cambian las cosas! Ayer ibas a mi casa y te quedabas toda
la tarde para poder almorzar y tomar jugo a las tres. No nos abandonabas hasta
que no llevaras el estómago lleno con la comida. Mucho que te gustaban las
comidas de mi mamá, Patas. También mi hermana, no lo olvides.
Fuera de la cancha, las mujeres te gritan, te llaman por tu
nombre. Yo te digo Patas, porque no me gustaba cómo en la escuela te llamaban
Enano. Aunque debiste aceptarlo y no te incomodaba, prefiero decirte Patas.
¿Sabes por qué? El Patas te caricaturizaba, pero no te ofendía. Un compañero te
llamó así porque tu cuerpo era pequeño y tus pies gigantes. Ni qué decir cuando
calzabas esos zapatos negros con una platina en la punta y jugabas con ellos
fútbol. Qué miedo una patada tuya, Patas.
Te detienes en la cancha y levantas tu mano derecha. Miras atrás
de mí y saludas las chicas que corean tu nombre. ¿A cuántas les has hecho el
amor? Cómo te envidio, Patas. Chicas voluptuosas, de cuerpos sexys, que se
están quitando la ropa antes que tú decidas cuál será la de esta noche. Huy
Patas, entiendo que no tienes que masturbarte. Ahora soy yo el que debe
hacerlo, porque mi pierna izquierda no es esa brocha fina que tienes. Y si
busco mi nombre en el computador, no existo. Tú sí, Patas, hasta te cansaste de
leer lo que dicen de ti en los periódicos. Todo ya lo sabes, eres el mejor, el
futuro de esa camiseta amarilla que vistes.
No sé si cuando me acerque me alcances a ver. Hay tanta
gente que no habrá tiempo para que me digas un par de palabras. Lo primero son
las mujeres, sí señor. Un amigo de la infancia que no ves hace una década ya no
importa. Seguro te olvidaste de mí, aunque no quiera creerlo.
Bajo este sol canicular me siento desmayar, no podré saludar
al Patas. Ya no estoy allá frente a ti, Patas, qué rabia. Cuando más cerca
estuve de saludarte, perdí la razón y ahora despierto en un bus, camino al trabajo y con un billete para pasar todo el
día. Las personas van bajando y estiro mi mano para pagar.
-¡Hola Camilo!-, me dice el piloto.
-Hey Danny, ¿cómo vamos?-, le digo. Me da un par de monedas
y bajo del bus. Miro hacia atrás y es el Patas, el mismísimo Patas con camisa
blanca, pantalón azul oscuro y zapatos negros. ¡Pero ya no estás jugando!
Estaba soñando lo que quisiste ser y tus pocos centímetros no te permitieron.
¡Qué impotencia, Patas! Eres el chófer de un bus y sigues siendo mi amigo.
Añoré que si vestías esa camiseta amarilla y tocado el balón
con Ronaldinho, me hubieras llamado por mi nombre como lo hiciste esta mañana.
¡Sos grande Patas, sos el mejor!
No hay comentarios:
Publicar un comentario