martes, 10 de abril de 2012

HOMBRE ALEX

Hombre Alex, te saliste del colegio porque una sicóloga te dijo que era mejor que la abandonaras para que tus ojos no siguieran esforzándose por leer a un metro del tablero. Y eso que sobre la falda de esa extensa nariz, que no parece ni la de tu papá que es ñato, ni la de tu mamá que es chata y pequeña; cuelgan unas gafas que hacen ver tus ojos diminutos en el interior.


Esos lentes que aumentan tu nublada vista, hoy parecen un pretexto para no volver a la escuela. Sólo te faltan dos grados para terminarlo y ahora te sientes más cómodo recostado en tu cama, viendo televisión y dejando que sobre tu ventana se pose el sol y alumbre la luna en la noche, mientras pasan tus días.

Cuando naciste te calificaron de “especial”, y no precisamente porque fueras el único hijo de ese matrimonio, que llenaba de regocijo la unión de tus padres. Eras especial porque los médicos afirmaron en tus primeros años de vida que tendrías problemas de aprendizaje. ¿Acaso tu papá, tan bebedor él, abusó de la bebida una noche y en ese estado embarazó a tu mamá? No sabemos Alex, ni tú, ni yo. Yo lo cuestiono, seguramente no te harás esa pregunta.

Hoy eres tan alto, que pareces fruto de otra familia. Mides 1.80, tu nariz es como una rampa de aterrizaje para las avispas, tu labio inferior está enrollado hacia afuera, tu espalda está encorvada y tus chistes parecen comentarios de infantes y no de adolescentes como el que eres hoy.

Tu casa es como una cárcel hacinada. En ella conviven dos familias, incluyendo a tu abuela, nonagenaria, que todos los días pregunta cuántos años tiene.
Cuando llega una visita, dice que no recuerda cuándo murió su esposo. Se repite una y otra vez si asistió al entierro de ese hombre fallecido tres décadas atrás. ¿Quién es usted?, pregunta de golpe a cada instante.

Ella en una cama, renunció a levantarse de ella. De la cintura sensual de esa chaparrita, hoy quedan músculos flácidos. Los problemas de la cadera le impiden salir a tomar el sol. La ventana está cubierta por barrotes y la vieja dice no saber en dónde vive. Cuenta que quiere volver a su casa; Alex le responde que está en ella.

Ay Alex. Sé bien que no lo sabes, pero escuché hace poco que en tu casa no deben permitir que te estreses. Pero, cómo, si sólo hay un televisor y quieres jugar en un computador. Y no tienes, Alex, en tu casa no hay forma de comprarte uno. Sólo con mucho esfuerzo tu papá lleva para el mercado y paga los servicios públicos. O, cuando por mala suerte, el Ñato, como le dicen a tu papá y no porque sea narigón como tú, llega borracho y se gasta el dinero con el que iban a comer en la semana, empieza otro calvario para tu madre.

Hay otra razón por la cual abandonaste la escuela: tus compañeros. Muchos se rehusaban a hacer las tareas contigo, aunque con tu disciplina combatías ese calificativo de especial que te impusieron desde niño, porque nunca dejabas de hacer tus tareas y seguías avanzando año a año. Ese rechazo, tal vez asco de algunas niñas, te llenaban la cabeza de cosas. ¡Cómo te desprecian, con lo buena persona que eres!

Ay Alex, te saliste de la escuela, porque bien lo intuye el resto de tu familia, que en tu casa no hay dinero para comprarte una cartulina, un lapicero, un cuaderno. Tú queriendo estudiar y tantas personas desperdiciando esa oportunidad de hacerlo.

También te tildaron de especial, porque en un ambiente tan machista como el de tu familia, todos saben que cuando eras más pequeño debieron extraerte los testículos. Estaban conviviendo al lado del ombligo y no en la caverna donde debían permanecer.

Tantas cosas te han pasado, que tu mamá te fue a retirar de la escuela. Tantas cosas juntas. ¿Cómo no te vas a estresar con estos días tristes? Llueve y llueve y no puedes salir de tu casa. Muy clarito le dijeron a tu mamá, que tu corazón no es el más óptimo, que volverás a sufrir ataques de epilepsia. Por eso no te puedes estresar, Alex, entiéndelo bien.

Y tú desconociendo todo. Sabes verdades a medias como el sueño que le dijiste a tu mamá hace poco, en tu encierro, en tu casa, al lado de tu abuela.

-Mami, yo quiero tener hijos.



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