Esos lentes que aumentan tu
nublada vista, hoy parecen un pretexto para no volver a la escuela. Sólo te faltan
dos grados para terminarlo y ahora te sientes más cómodo recostado en tu cama,
viendo televisión y dejando que sobre tu ventana se pose el sol y alumbre la
luna en la noche, mientras pasan tus días.
Cuando naciste te calificaron
de “especial”, y no precisamente porque fueras el único hijo de ese matrimonio,
que llenaba de regocijo la unión de tus padres. Eras especial porque los
médicos afirmaron en tus primeros años de vida que tendrías problemas de
aprendizaje. ¿Acaso tu papá, tan bebedor él, abusó de la bebida una noche y en
ese estado embarazó a tu mamá? No sabemos Alex, ni tú, ni yo. Yo lo cuestiono,
seguramente no te harás esa pregunta.
Hoy eres tan alto, que pareces
fruto de otra familia. Mides 1.80, tu nariz es como una rampa de aterrizaje
para las avispas, tu labio inferior está enrollado hacia afuera, tu espalda
está encorvada y tus chistes parecen comentarios de infantes y no de adolescentes
como el que eres hoy.
Tu casa es como una cárcel
hacinada. En ella conviven dos familias, incluyendo a tu abuela, nonagenaria,
que todos los días pregunta cuántos años tiene.
Cuando llega una visita, dice
que no recuerda cuándo murió su esposo. Se repite una y otra vez si asistió al
entierro de ese hombre fallecido tres décadas atrás. ¿Quién es usted?, pregunta
de golpe a cada instante.
Ella en una cama, renunció a
levantarse de ella. De la cintura sensual de esa chaparrita, hoy quedan músculos
flácidos. Los problemas de la cadera le impiden salir a tomar el sol. La
ventana está cubierta por barrotes y la vieja dice no saber en dónde vive.
Cuenta que quiere volver a su casa; Alex le responde que está en ella.
Ay Alex. Sé bien que no lo
sabes, pero escuché hace poco que en tu casa no deben permitir que te estreses.
Pero, cómo, si sólo hay un televisor y quieres jugar en un computador. Y no
tienes, Alex, en tu casa no hay forma de comprarte uno. Sólo con mucho esfuerzo
tu papá lleva para el mercado y paga los servicios públicos. O, cuando por mala
suerte, el Ñato, como le dicen a tu papá y no porque sea narigón como tú, llega
borracho y se gasta el dinero con el que iban a comer en la semana, empieza
otro calvario para tu madre.
Hay otra razón por la cual
abandonaste la escuela: tus compañeros. Muchos se rehusaban a hacer las tareas
contigo, aunque con tu disciplina combatías ese calificativo de especial que te
impusieron desde niño, porque nunca dejabas de hacer tus tareas y seguías
avanzando año a año. Ese rechazo, tal vez asco de algunas niñas, te llenaban la
cabeza de cosas. ¡Cómo te desprecian, con lo buena persona que eres!
Ay Alex, te saliste de la
escuela, porque bien lo intuye el resto de tu familia, que en tu casa no hay
dinero para comprarte una cartulina, un lapicero, un cuaderno. Tú queriendo
estudiar y tantas personas desperdiciando esa oportunidad de hacerlo.
También te tildaron de
especial, porque en un ambiente tan machista como el de tu familia, todos saben
que cuando eras más pequeño debieron extraerte los testículos. Estaban
conviviendo al lado del ombligo y no en la caverna donde debían permanecer.
Tantas cosas te han pasado, que
tu mamá te fue a retirar de la escuela. Tantas cosas juntas. ¿Cómo no te vas a
estresar con estos días tristes? Llueve y llueve y no puedes salir de tu casa.
Muy clarito le dijeron a tu mamá, que tu corazón no es el más óptimo, que
volverás a sufrir ataques de epilepsia. Por eso no te puedes estresar, Alex,
entiéndelo bien.
Y tú desconociendo todo. Sabes
verdades a medias como el sueño que le dijiste a tu mamá hace poco, en tu
encierro, en tu casa, al lado de tu abuela.
-Mami, yo quiero tener hijos.
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