Esa tarde de septiembre, cuando fue a reclamar unos
documentos al pueblo, al noreste de la capital, Eduardo encontró extraños a los
pájaros de fuego, revoloteando a cada paso que daba. A medida que llegaba la
noche y las persianas de las nubes empezaron a cerrarse y la luz del sol se
difuminó entre las montañas, entendió que lo mejor era emprender camino hacia
la ladrillera.
Abordó un taxi imaginando lo que iba a sucederle. Mientras
avanzaba hasta la casa, observaba por el espejo retrovisor un vehículo que lo seguía.
-Estos hijueputas ya vienen por mí- suspiró, y se guardó las
palabras para no alertar al taxista.
En el camino, pensaba en su hermana Lucrecia y en su cuñado José Luis, desaparecidos dos semanas atrás, en
agosto de 1996. Sabía que algunas personas querían que abandonara la alfarera,
porque los terrenos donde se asentaba eran ricos en una arcilla que haría más
próspera a la familia.
Cuando llegó a la ladrillera, bajó corriendo del taxi y fue
a buscar a su papá, don Facundo, antes de que
los pájaros de fuego lo mataran. El viejo estaba distraído, acompañado de Bam
Bam, un perro pitbull.
-¡Padre, padre, tenga los papeles! ¡Ya me llevó el
hijueputa, me van a matar, ya vienen por mí!
Quince hombres se acercaron apuntando con sus fusiles y don Facundo se lanzó al suelo y se aferró llorando de
los pantalones de su hijo.
-¡No me vas a matar el perro, hijueputa, no me lo vas a
matar!-, le dijo Eduardo a Carlos, un negro
fornido de mirada oscura.
Bam Bam mostraba sus dientes a Carlos,
y Eduardo y don Facundo
veían 15 monstruos vestidos de camuflado dirigiendo sus fusiles hacia ellos.
-Venga, que lo necesitamos es a usted-, gritó Carlos, exasperado ante los ladridos del perro.
Pam, pam, pam, se escucharon los tiros que dejaron moribundo
a Bam Bam. Los pájaros de fuego se dispersaron entre las tierras de la
ladrillera a reunir los 30 trabajadores que estaban terminando su jornada.
Dos hombres agarraron a Eduardo,
lo llevaron hasta su oficina y cerraron las puertas. Era un cuarto amplio de
paredes blancas con dos escritorios y varias sillas en su interior. Desde allí
se podía observar todo lo que sucedía afuera, desde la entrada de la ladrillera
hasta los arrumes de ladrillos. Miró por las ventanas y encontró a su papá
sentado en un butaco agarrando la cabeza con sus manos, previendo que su hijo
correría la misma suerte que Lucrecia, su hija
mayor.
-¿Dónde están las armas?-, preguntó Carlos,
con voz firme.
-¿Cuáles armas?-, respondió Eduardo
con un tono de resignación.
-Sabemos que aquí hay armas, las informaciones son muy
precisas-, resopló.
Eduardo recordó que en los últimos meses la policía, el ejército y
los pájaros de fuego visitaban constantemente la ladrillera. Se repartían en el
territorio y hacían sus ejercicios de polígono. Unos días llegaban unos, luego los
otros y así. Pam, pam, pum, se escuchaba el eco de los disparos a la distancia.
Un ganadero, propietario de un medio de comunicación de la
capital había invitado a comer meses atrás a Lucrecia,
a don Facundo y su esposa, doña María, a la hacienda La Gitana,
en el pueblo de Oropel. Allí, les propuso que
lo dejaran entrar al negocio. En esa finca, Lucrecia
dejó retumbando en el aire una respuesta que a Eduardo
y don Facundo les rondaba en la cabeza desde dos semanas atrás: “A mí no
me gustan las sociedades ni con la almohada”, respondió ella.
-Venga, yo les ayudo a buscar las armas-, respondió Eduardo, recobrando la razón.
Afuera de la oficina había un movimiento de personas, y poco
a poco fueron filando los empleados frente a la oficina. Entre las bodegas
encontraron a un niño de 10 años mezclado con los trabajadores. Era el hijo de
Eduardo. Al ver encerrado a su papá, rompió en llanto y se sentó a un lado de
don Facundo. El viejo le pidió que se callara y la noche guardó silencio ante
el diálogo de Carlos y Eduardo.
-Es que las informaciones son muy precisas-, volvió a
increpar el jefe.
-Si ustedes saben que aquí hay armas, venga yo voy y les
ayudo a buscarlas. Lo único que sé es que mi trabajo es esto aquí y bregar con
los trabajadores.
-¡Allá viene un carro!-, interrumpió alarmado con un grito
uno de los hombres.
Carlos guardó silencio y los pájaros se repartieron rápidamente
entre la ladrillera, esperando el vehículo que dejaba un rugido flotando entre
el frío de la noche.
-¡Ojo, que allá viene la mujer mía!-, respondió Eduardo, dirigiendo su mirada hacia la entrada de la
ladrillera.
Mientras tanto don Facundo tenía en sus manos un devocionario
católico. Abrió en una página cualquiera y se encontró con el Salmo 141 y
empezó a rezar, seguro de que en esas palabras estaba la salvación de su hijo:
‘Yo te invoco, Señor, ven pronto en mi ayuda/ escucha mi voz cuando te llamo/
que mi oración suba hasta ti como el incienso/y mis manos en alto, como la
ofrenda de la tarde/ Coloca, Señor, un guardián en mi boca/ y un centinela a la
puerta de mis labios’.
Los hombres se acercaron a un taxi vetusto con la piel
amarilla descascarada. Con sus fusiles apuntaron al vehículo y le preguntaron
el nombre a la mujer que iba a bordo. Era Graciela, de 32 años y piel trigueña.
Los pájaros de fuego le dieron la orden de que se bajara y que caminara hasta
la oficina. Eduardo guardó silencio y la siguió con la mirada. Ella, al cruzar
frente a uno de los ventanales, le lanzó una mirada de resignación y de sus
ojos brotaron un par de lágrimas.
Carlos volvió a dirigir su mirada hacia Eduardo,
recorriéndolo de arriba abajo una y otra vez. Estaba pensativo y fruncía el
seño, sin saber si lo mataba o lo dejaba vivir.
-Y entonces, ¿qué vamos a hacer con este hombre, pues? ¿Qué
hacemos con usted?- afirmó sereno Carlos.
En la oficina, los pájaros de fuego señalaban con sus
miradas a Eduardo, sentado en su escritorio,
como disminuido ante la presencia de los hombres que estaban de pie; afuera don Facundo, rodeado por su nieto y Graciela, dirigía
su cabeza hacia el salmo, mientras sus oídos estaban en el diálogo de la
oficina.
Eduardo guardó silencio, sin saber qué responder a esa pregunta
fulminante. ‘¿Qué hacemos con usted?’, rebotó un par de veces en su mente. Sin
tiempo para responder, sonó el teléfono. Turrurrurururunnn.
Asombrados, dirigieron la mirada hacia el aparato y luego se
volvieron hacia Eduardo, confiados que la
llamada era la prueba que necesitaban.
-A ver, a la orden-, contestó Carlos.
Rápidamente, miró confundido a Eduardo y le
preguntó:- ¿Usted es cura?
-Sí señor, yo soy cura.
Carlos le entregó la bocina, caminó hacia otro extremo de la
oficina y puso un oído sobre un teléfono para seguir la conversación.
-Aló, a la orden-, dijo Eduardo.
-Habla el padre Jesús Hernández, ¿cómo
está?
-Muy bien padre, cuénteme.
-Padre, yo sí me acuerdo que recogí hace ocho días a su papá
en Chirodó y me lo traje, pero no encuentro
los papeles que usted me dijo ayer que él dejó.
La oficina guardaba silencio y Carlos
miraba con recelo a Eduardo.
-Padre, -continuó Jesús Hernández-,
¿si se acuerda que necesito unos ladrillitos para la parroquia?
-Claro padre, bien pueda. A la hora que quiera viene que
aquí están sus ladrillitos.
-Bueno mijo, mi Dios les pague
-Hasta luego padre-, se despidió Eduardo
y colgó el teléfono. Se quedó en su lugar sin saber qué decir, mientras Carlos caminaba hacia él, moviendo sus ojos de
arriba abajo, sin tomar una decisión.
-¿Es que usted es cura?-, volvió a preguntar Carlos con duda.
-Sí, señor, yo soy el cura,- afirmó Eduardo.
Carlos agarró un teléfono satelital e hizo una llamada. Lo único
que se le escuchó fue cuando levantó la voz.
-¡Hombre!, el hombre que usted dice que está aquí, ese no
es. El que está aquí no coincide con lo que usted me está diciendo, aquí está
es otro, ¡es un cura!
Eduardo aguardó sentado en el escritorio y Carlos
volvió a caminar hacia él. Lo miró unos segundos, tratando de hallar una
respuesta y levantó la voz dirigiéndose a sus hombres.
-¡Nos vamos!
-Y, ¿qué van a hacer conmigo?- respondió inmediatamente Eduardo, preocupado.
-No, no, no, quédense tranquilos, nosotros vamos a estar
pendientes de ustedes, pero nos tienen que entregar todo.
Todos salieron de la oficina y don Facundo
se acercó a Carlos.
-¿Qué es todo?
Carlos se quedó en silencio, dio la vuelta y se fue con sus
hombres. Eduardo y don Facundo entendieron que
lo mejor era marcharse lo más pronto posible de la ladrillera.
Los empleados se esfumaron temerosos entre la bruma de la
noche y Eduardo abrazó a su esposa, a su hijo
y a su papá. Guardaron silencio y se volvieron ante el cuerpo de Bam Bam,
vuelto un harapo ante los tiros de fusil.
-Como quería al perrito. Pero por lo menos fue él y no yo-
dijo desconsolado Eduardo.
Don Facundo afirmó con la
cabeza y le dijo:
-Mijo, donde a este se le zafe la pistola y diga que se
llama Eduardo Tuberquia
y le dicen el cura, no era más.

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