miércoles, 6 de julio de 2011

CUANDO DESPERTÉ



Esta mañana, en medio del letargo y bajo el sol punzante, el niño me devolvió a mí. Tenía brazos delgados, una camisa blanca y el cabello, aún húmedo, peinado con precisión por su madre, que lo llevaba en brazos.
La tía –creo que lo era- caminaba dos pasos atrás, apresurada como si presintiera que iba a llegar tarde al hospital –supongo que iban hacia allá-.
Con la mano derecha, la tía trigueña y fornida, arrastraba un tanque de oxígeno verde. Una manguera transparente iba hasta la nariz del niño. Ojos oscuros, piel inmaculada, tristeza pronunciada.
Pendiendo de ese tanque, la vida del niño está al borde de la cornisa. Tiene cinco años. No puede caminar por sí solo, el aire abandona sus pasos. Sujeto contra el pecho de su madre avanzan rápido. Las miradas se agarran de esa imagen. Y yo, que creí despertar dos horas atrás, abro los ojos saludando el nuevo día.

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