viernes, 8 de julio de 2011

EL BIGOTÓN II


El Bigotón no soportó su secreto. ¡Claro, si estaba que se moría y no podía aguantar la mentira de 40 años! Acaso, ¿quien iba a solucionar un problema legal tan bravo si él no ajustaba bien la correa de sus pantalones para cantar de una vez?

El Bigotón quedó a solas con la abuela. Pidió que salieran todos del cuarto. Algo serio tenía que ocurrir, aunque en los chismes de pasillo ya susurraban eso que la vieja tenía que escuchar por fin. No vestía las camisas de seda, mucho menos el sombrero de siempre. Estaba delgado, los ojos le brillaban y la mujer de toda su vida escuchaba en frente.

El Bigotón se casó con una mujer pequeñita, tan diminuta que parecía una muñeca, y tan experta en la cocina, que todo le quedaba delicioso. Ahí la tenía a su lado, esperando el secreto guardado, en medio de lágrimas, en una situación tan íntima con el viejo, como los años mozos de matrimonio.

El Bigotón temblaba. Los labios formaban un surco de preocupación. ¿Recuerdas, vieja, la amiga que te acompañaba en la dieta cada vez que nacían nuestros hijos? ¿Te acuerdas de la amiga a la que enviabas algo de comer cuando se preparaba la cena para una ocasión especial? Vieja, ¿aún te preguntas por qué tu amiga nunca tuvo esposo? Mi amor, seguro no olvidas que siempre me preguntabas en la cama, quién era el papá de los hijos de tu amiga. Y ella que dijo que fue un hombre que la abandonó. No trabajaba y aún así, nunca le faltaba nada. Al menos el tipo respondía desde la lejanía, debías suponer, vieja.

Sí, vieja, sí. Ella, ella, tu amiga, la de siempre, la de toda tu vida, la que cuidaba los niños, la que siempre estuvo pendiente de la familia, ella, ella. Me escapaba a comprar repuestos a la ciudad, era eso lo que te decía. Y ya ves, aquí estoy tirado en esta cama, a punto de morir, buscando la forma de contarte esta historia que me embarga el pecho. Sí, vieja, el corazón ya no late igual. Esta preocupación tan grande, mi amor, no la puedo callar antes de morir… Me iba con ella a la casa donde empezó nuestro matrimonio. Esa de tapia en la vereda. Allá me escondía.

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