jueves, 7 de julio de 2011

EL BIGOTÓN I



El Bigotón tiene un pequeño parche de pelo bajo la nariz. Siempre viste un sombrero oscuro con una pluma incrustada en un costado. Los botones de las camisas claras, que plancha cada mañana su esposa –mi abuela-, gritan todos los días cuando los hilos los apretujan contra la seda suave que viste el viejo. Esos pantalones oscuros, siempre frágiles, los pasea de un lado a otro.

El Bigotón no para de caminar, no ha dejado de ser inquieto, ni siquiera cuando se acostaba con la mejor amiga de mi abuela. Siempre fue un tipo trabajador, de esos que creía que para hacer plata no se necesitaba estudiar. Al fin y al cabo, su fortuna empezó como campesino en las frías montañas del pueblo. Luego se aventuró en un negocio de construcción. Ahí creció su capital, la familia acumuló catorce niños bajo la estricta disciplina, y la exquisitez de la cocina de la abuela.

El Bigotón –aunque sea repetitivo- mantuvo su ley a la fuerza, con golpes y castigos duros. Sus padres murieron muy jóvenes, así que sus hijos no pudieron conocer al abuelo, un tipo de patillas extensas y aspecto duro cuando fruncía el ceño. Puedo asegurarlo por la fotografía a blanco y negro que cuelga aún de la pared beige de la vieja casa.

El Bigotón ha perdido la dureza de su carácter. Los años lo han hecho más laxo, las preocupaciones no lo han dejado tranquilo, los quebrantos de salud lo hicieron reflexionar.

El Bigotón estuvo a punto de morir. El corazón desfallecía, no se movía con la energía que lo hizo fuerte y trabajador, mientras caminaba de un lado a otro. Como hoy, se resiste a descansar, se ve obligado a seguir trabajando, o por lo menos a vigilar los negocios de la familia, observar a los obreros u obsequiarles una labor si los encuentra sentados y hablando.

El Bigotón, regresemos, vivió durante meses en un hospital. Mi abuela lloraba cada día al encontrar al viejo en esa cama. Los hijos turnaban su visita, rezaban el rosario –como ha sido todos los días, por años, lustros, décadas-. Uno y otro amigo, los pequeños nietos, los hijos que ya eran padres, y algunos trabajadores, visitaban a El Bigotón. Lo vieron muerto, pero ahí anda, dando pasos cada día. A las cinco de la mañana no quiere seguir roncando. Es hora de levantarse. Vio tan cerca la muerte, que no se le ocurre concederle minutos a la almohada.

El Bigotón se levanta y viste el pantalón suave, la seda y el sombrero con la pluma en el costado que deja sobre la mesa de noche. Claro que el pequeño bigote, como si fuera el parche de una herida, permanece bajo la nariz.

El Bigotón está en mi recuerdo desde hace 20 años. Y sigue igual: con la barriga pronunciada, el carácter firme y la necesidad de vigilar la fortuna que cosechó para sus hijos cuando dejó las frías montañas llenas de papa y fríjol.

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