
La Flaca no tiene 40 kilos de salsa ni 30 kilos de hueso. Casi llega a ser trigueña pero se resiste un poco a serlo. Es menuda y sonríe con atracción. Un lunar negro se posa junto a su boca, y ¡ay como tienta cuando muestra los dientes!
No creo que haya visto una parecida y menos con esa cualidad que enfría la piel, tensa los músculos y cautiva los sentidos. Sólo se necesita escucharla, nada más. Ya de por sí su sonrisa es suficiente, pero la voz de la Flaca es avasallante.
El viento es un gárrulo cuando la escuchas cantar. Los ojos le brillan y sus delgadas manos coordinan el movimiento, como danzando con el dulce susurro. De a poco sus palabras hipnotizan. No hay forma de devolverse, esa ceguera auditiva se pronuncia con prontitud y los ojos no seguirán mirándola igual.
Con decirte que la Flaca cuando empieza a cantar, el cuerpo ya no es parte de mí. No lo coordino y quiero estar inmóvil descifrando cada letra que expulsa con cariño. Quiero mirarla, pero me veo obligado a no hacerlo, debo evitar la idiotez en mi cara.
La voz de la flaca es pasional. No imaginaría escuchar sus palabras una madrugada, muy cerca de mi oído. Creo que debo conformarme con la emoción que me llenó la única vez que la escuché diciendo “de tu querida presencia, comandante Che Guevara”.
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