Sé bien que tus cabellos negros están más finamente entrelazados que las pajas de un nido.
Apoyas la cabeza en la palma de tu mano izquierda y te recorro. Nunca te peines por favor. Me gustan esos hilos pintados de noche. No quiero desenredarlos, porque en ese laberinto me pierdo cada vez que te miro.
Los ojos oscuros brillan entre la piel límpida, tu frente está
despejada y una fina línea en un costado de tu cabeza separa las serpientes que
se envuelven, se tocan, se aparean, te respiran,
te sienten.
Hace un par de noches aparecieron tus cabellos. Me
sorprendiste cuando llegaste de improviso. Hoy te vuelvo a ver. Estaba seguro
que levantarías la mirada y me ibas a reflejar en tus pupilas. Me he sentado
frente a ti; te miro con cuidado.
Golpeo el suelo desesperado. ¿Qué he soñado?
No paro de mirarte, ¿qué respuesta busco? Me impaciento, escribo y vuelvo a
mirarte. Es inevitable.
Quisiera desenredarte para salir de este laberinto,
pero un peine no sería suficiente para destruir las líneas que me sumergen al
interior de tus cabellos.

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