Sábado, tarde ardiente en Santa
Marta. Serio sobre una esquina el tipo carga un cartón. Sus piernas en vez de
un estupendo bronceado caribeño lucen quemadas, maltratadas y tan delgadas,
como si nunca hubieran golpeado la pelota. El cabello rubio ensortijado le cae
a los hombros.
-¡Pibe, Pibe!-, le gritan los
turistas en la lejanía.
Él calla, esboza una sonrisa
deprimente que se pierde entre los vellos de un abultado bozo castaño. Casi que
servirían para sacar la carne de sus dientes.
-Ajá compadre, ¿todo bien? ¿y
tú qué? ¿Estás buscando hotel?-, dice el Pibe en El Rodadero.
El cabello ya no es tan rubio,
tiene pocas manillas en sus manos y la voz es tan gruesa como una suegra
malvada. No ha hecho mucho ejercicio, ni golpeado los suficientes balones, ni
anotado los goles necesarios para que su estatua esté fundida en bronce al lado
de un estadio carcomido por la maleza y las enredaderas.
Hace semanas el periódico Al
Día de Santa Marta estremeció a la ciudad. “Mataron la hermana del Pibe”. Hubo
conmoción, una y otra vez llamaron al Pibe a su casa, a su celular. Pobre
nuestro Pibe, él vendiendo papitas, recorriendo el país y desconociendo el
asesinato de su hermana.
El viento pitaba como siempre,
silbaba sobre los muelles, el run run en las esquinas se movía con la velocidad
de la brisa. “Compadre, mataron la hermana del Pibe”. Hasta en Taganga los
extranjeros hablaban del Pibe, recordaban una tibia imagen de televisión cuando
calibraban al rubio colombiano en su entrepierna, enganchado por la mano de un rival.
¡Mataron la hermana del Pibe!
¡Llora Pescaíto! Rezaba el diario con su portada sangrienta, la mujer en el
suelo con varios pepazos en su cuerpo y un titular a letras rojas de lado a
lado. En el interior hablaban del Pibe, pero no del que le daba besos a los
balones con su pierna derecha.
Resulta que en Santa Marta nació
un rubio, conocido a secas como el Pibe, que anotaba goles en Europa, corría
poco y pensaba rápido. Ese costeño desafiaba las tormentas y lo acompañaba un
ejército de personas con sus caras vestidas de sol, que le gritaban Pibe, Pibe,
Pibe, muy cerca de su Santa Marta. En la calurosa Barranquilla se escuchaba ese
Pibe, Pibe, Pibe, jalonado por el viento que corría hacia el Río Magdalena. Ese
famoso Pibe, transformaba los corazones sangrantes en luces que destellaban de
esperanza, de huir de la guerra y clasificar al Mundial.
Y en Santa Marta había Pibes en
las esquinas, en el estadio, en la playa, en los periódicos, en las paredes, en
los afiches. ¿De qué fábrica habrán salido? ¿De quién es el miembro tan
perfecto que está pintando Pibes en el paraíso femenino de Santa Marta?
******
A diez minutos de El Rodadero aparece el Pibe. Con guayabera, pantalones cortos, lentes oscuros y dos mujeres: una rubia y una morena. Fiel a las enseñanzas de su amigo el Tino Asprilla, esconde un pincel igual de pulido pero más caprichoso, que no distingue entre estadios y potreros.
Se acerca a la playa, de arenas
límpidas y ardientes, como la calentura que guarda bajo los mochos. Sobre el
yate blanco, con un reguetón que golpea los riscos, alza su mano derecha,
empuña los dedos y erige el pulgar como su miembro.
¡Pibe, Pibe! Gritan los
turistas. El Pibe baila en el yate y voltea de vez en vez hacia la playa y
envía un saludo. No desembarca porque se rompe su encanto. El cabello es castaño
y el dueño del yate no es él. Alguien montó a este Pibe para robar miradas de
los turistas que llegan a Santa Marta.
Éste no vende papitas, no tiene
manillas y seguro no llora por la muerte de su hermana. ¡Asesinos! Llorarían los
inadvertidos. Sobre un colchón inflable se acercan al yate unos seguidores que
quieren una foto. Él les dice que se arrimen. Se mezclan entre la rubia y la
morena, delinean con la mirada el culo de la una y las tetas de la otra. Se van
felices con haber conocido al Pibe.
Hace años, cuando el Pibe
conquistó a Colombia derrotando a la Argentina y clasificando a tres Mundiales
seguidos, él tumbó el mito de que su padre había impulsado la misión patriótica
de fecundar cuantos Pibes fueran necesarios en Santa Marta para atender los
compromisos sociales, los autógrafos y las fotos del Pibe original, el que
combinaba su cabello con la camiseta en los partidos calurosos de Barranquilla.
El mito quedó derrumbado con el
Pibe sentado en una sala, vendiendo papitas con una voz suave, sin eses, que
entraba por el micrófono de una grabadora. Su hermana no fue la víctima y no
había dejado de vender en la televisión. Nunca estuvo promocionando un hotel en
las calles y tampoco montó sobre un yate ajeno esa tarde de sábado. No aprendió
las enseñanzas del Tino Asprilla, pero desde sus tardes en Barranquilla impulsó
la misión invasora de que otros pinceles, que no fueran el suyo, es decir
brochas de ritmo brusco, decidieran pintar como fuera, otros Pibes para
recordar su imagen en las calles sonrientes de su Santa Marta.
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